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Domingo, 23 de septiembre de 2012  01:00 | La Ciudad

Se travistió, formó una familia, da clases en Arquitectura y se siente aceptada

Tiene tres hijos de 24, 26 y 28 años; como varón nació en el barrio de República de la Sexta, como varón jugó al fútbol en el club y como varón cursó arquitectura con los mejores promedios y dio clases.

“A muchos no les gustará mi cambio, pero no me lo hacen saber, me tratan bien, con respeto, y con eso me basta”, dice Canela Grandi, que tiene tres hijos de 24, 26 y 28 años.

Por Laura Vilche / La Capital

“...No soy un marica disfrazado de poeta/no necesito disfraz/aquí está mi cara/hablo por mi diferencia/y no soy tan raro/me apesta la injusticia...”. Cada una de estas palabras pertenecen a Manifiesto, el texto creado y leído en 1986 por el escritor chileno Pedro Lemebel en un acto de izquierda en Santiago de Chile. Cada una de ellas bien podrían haber sido escritas por Canela Grandi, de 55 años, arquitecta y profesora de la Universidad Nacional de Rosario (UNR), quien vivió una vida como varón hasta hace apenas cuatro años. Formó una familia, tiene tres hijos de 24, 26 y 28 años; como varón nació en el barrio de República de la Sexta, como varón jugó al fútbol en el club y como varón cursó arquitectura con los mejores promedios y dio clases. Ahora enseña, pero como mujer.

   “Soy jefa de trabajos prácticos por concurso en Análisis Proyectual II y Expresión Gráfica I. Hace 31 años que trabajo como docente y agradezco la comprensión a directivos, colegas y alumnos, porque de esto vivo y con mi sueldo ayudo a mis hijos lo que más puedo. A muchos no les gustará mi cambio, pero no me lo hacen saber, me tratan bien, con respeto y eso me basta”, aclara quien sigue dibujando sus proyectos a mano, admira la obra arquitectónica del estadounidense Frank Lloyd Wright y dice que no le gusta cómo se está construyendo en la ciudad. “Se gasta mucho en materiales por no pagar en mano de obra. Se abandonó el lenguaje del ladrillo y yo prefiero darle trabajo a un artesano u operario que plata a una multinacional”, disparó.

   Canela asegura que nunca en su infancia o adolescencia se cuestionó su identidad de género. Hizo terapia por años y sospecha que tal vez la represión fue tal que nunca habló de ello. Sin embargo, recordó hace poco que cuando tenía 12 años y estaba de veraneo familiar en Mar del Plata vio una foto de Coccinelle (la primera transexual mediática) y quedó impactada. Para ella “todo empezó” un día en que se despertó y se dio cuenta de que “no era lo que era”. Un vecino del barrio la alentó a travestirse de una vez por todas y era lo que necesitaba: decidió sacarse el disfraz, asumir su cara y su cuerpo como realmente siente, aunque le mermó el trabajo en su estudio y perdió amigos. Un cambio difícil, pero no “tan raro”, al decir de Lemebel.

Guerrero griego. Cuando nació lo bautizaron con el nombre de un guerrero griego: Ayax. El mismo nombre que figura en su título de arquitecto de 1981 que tiene colgado en su estudio con una foto a sus 25. Ese mismo nombre figura aún en su esquizofrénico documento de identidad con cara de mujer. Una amiga le dijo que era parecida a la periodista Canela (quien en realidad se llama Gigliola Zecchin), le gustó y adoptó el nombre. Quienes lo conocieron como varón sostienen que era apuesto y con el cambio no perdió. Canela es bella, femenina y tímida, tanto que se tapa la boca con ambas manos engalanadas de anillos y pulseras cuando bromea. Pide disculpas y dice “gracias” más de la cuenta. Abre las puertas y deja pasar primero a las damas, tal vez un resabio de una arcaica caballerosidad. Y tiene los ojos color agua de Rommy Schneider y unas piernas eternas y fibrosas con las que alguna vez jugó de defensor en los torneos internos del Jockey Club.

   Cuenta que se visibilizó totalmente luego de separarse y recién cuando sus tres hijos aceptaron su nueva identidad, aunque puertas adentro aún le sigan diciendo “pa”. Bajar 20 kilos y travestirse fueron para ella dos lentas metamorfosis. Y explica con algo de misericordia por qué. “Una es una persona mayor pero a los jóvenes, a los alumnos, les cuesta entender qué me pasó. También por ellos fui cambiando de a poco”.

   Primero se animaba con algún pantalón blanco o más ajustado, luego se comenzó a maquillar un poco y se depiló. Ahora directamente luce trajecitos y vestidos. “Porque te dan una completa ilusión si una no tiene cintura, ni cadera y una espalda así de ancha”, lamenta no sin antes remarcar que nada recuerda con vergüenza o culpa. “Porque todo lo que soy me costó mucho y actué siempre de buena fe. Soy afortunada: sobreviví a la dictadura, crié tres hijos que son mi vida, estudié y trabajo en lo que me gusta, tengo a mi madre de 83 años viva, a quien no le gustará mucho todo esto pero me banca, y un hermano que me acepta. Tengo dos amigas adorables: Valeria y Andrea y salí del closet. ¿Qué más puedo pedir?”.

   Confiesa que por su edad no tiene pensado hacerse una reconstrucción genital. “Sí encararé un tratamiento con hormonas porque si mejoro la piel y el cuerpo, no sólo me veré mejor, sino que seré también mejor arquitecta”, se ríe aunque también llora. Dice que desde que vive como mujer llora más fácilmente. No tiene pareja y cuenta que eso no le quita el sueño. “A mí edad es difícil enamorarse”.

   “Cómo cuesta encontrar el amor/en estas condiciones/usted no sabe/qué es cargar con esta lepra/la gente guarda las distancias/la gente comprende y dice: es marica pero escribe bien/es marica pero es buen amigo/súper-buena-onda/yo no soy buena onda/yo acepto el mundo...”, retrata Lemebel.

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