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Domingo 14 de Agosto de 2016

La ciudad recibe a la música popular argentina

Es un auténtico fenómeno cultural, que tiene raíces en el emblemático festival de Cosquín en los años 60. Destacados compositores, instrumentistas e intérpretes se reúnen durante una semana a compartir, tocar y enseñar

Desde hace trece años Rosario cuenta con un encuentro anual que concentra la atención de los músicos populares argentinos. Así como en los años sesenta el centro de peregrinaje anual de los creadores fue el Festival de Folclore de Cosquín, desde la primera década de este siglo los músicos, compositores e intérpretes buscan canales de formación y exposición como el que entrega esta cita anual, que crece en convocatoria y prestigia a quienes participan en ella.

Resulta llamativo, además, que este auténtico fenómeno cultural que arranca mañana se haya originado por iniciativa de algunos músicos rosarinos que lograron su cometido y otra meta curiosa: el patrocinio de los gobiernos municipal, provincial y nacional por encima de épocas y colores políticos. Las perceptivas miradas de los administradores culturales se posaron en la creciente dimensión y validez de un encuentro que ofrece talleres a cargo de los mejores formadores en distintas especialidades, que incluyen técnicas de ejecución de diferentes instrumentos, entrenamiento vocal, expresión corporal y capacitación tecnológica. La organización consiguió que la cita se agregue al calendario cultural rosarino y ocupe, durante sus ediciones, las principales salas de la ciudad, como la del Parque de España, la Plataforma Lavardén y El Galpón de la Música, y ofrezca sus talleres en el Centro Cultural Roberto Fontanarrosa, su domicilio de nacimiento.

El encuentro se convirtió, a lo largo de los años, en un hecho palpable que confirma la presunción de que Rosario es cuna de músicos, ya que nació y se mantiene gracias al trabajo de creadores que militan por una causa artística común, y porque convoca a maestros provenientes de distintas escuelas musicales a los que les impone un solo requisito para participar: difundir técnicas que aplican en sus propias obras.


Las raíces


Todos los géneros musicales populares que lograron trascendencia tienen en común temáticas que refieren a lugares, ausencias, evocaciones y distancias. El folclore argentino no se apartó de esta característica y, en sus orígenes, les cantó a los paisajes y a la gente de diferentes regiones. Esa huella de identidad emocionó a muchos criollos que debieron dejar su terruño para convertirse en una especie de aves migratorias del trabajo eventual. El nacimiento del concepto "peón golondrina" —con toda la carga dramática que implica el desarraigo para garantizar el sustento familiar— también incluía un sentimiento de desgarro emocional que se conjuraba a medias en las noches de fogones con algún guitarrero improvisando versos que hablaban, justamente, de lejanos pagos natales, de mujeres ausentes, de recuerdos y olvidos, en fin; de la distancia. El mismo fenómeno —y quizá por las mismas razones— capturó la atención de los "gringos", segunda y tercera generación descendientes de la ola inmigratoria que se produjo en la Argentina sobre finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX.

Cuando despuntaba la década del 60, en una pequeña localidad serrana del valle de Punilla, un grupo de vecinos decidió cambiar la fama del lugar como "destino para tuberculosos" y resolvió desafiar una lógica hasta entonces inconmovible cortando la ruta que atravesaba el pueblo de Cosquín con la construcción de un escenario donde nació el primer festival de folclore de la Argentina. Allí convergieron músicos y poetas que serían los pioneros del mayor festival de música popular de América Latina.

Aquellos pioneros organizaron el canto al país. Cada región tuvo sus representantes y comenzó a funcionar una especie de congreso cultural del hombre argentino, donde se debatía y cimentaba un costado de la cultura popular al que nadie había llegado a profundizar en tales dimensiones sociales.

Luego de diez años de festivales se produjo una explosión de popularidad que llenó de guitarras a buena parte de las casas argentinas y esparció el entusiasmo de las nueve lunas de enero en los cuatro puntos cardinales del país. A esa nueva meca de los músicos criollos comenzaron a llegar también los rebeldes. Los poetas y los creadores consideraban que había llegado la hora de cantarles, también, al hombre del porvenir y a sus esperanzas de cambio. Un movimiento liderado por el mendocino Armando Tejada Gómez y alimentado por los aportes de artistas como Oscar Matus, Carlos Alonso, Mercedes Sosa y Tito Francia, entre otros, propuso un proyecto para sumar contenidos al género musical que hablaría del hombre actual y del futuro. De ese fermento surgió la música predominante durante los primeros tres o cuatro años de la década del 70 y fue la base de lo que sería el folclore de la década de los 80, que acompañó el amanecer democrático tras siete años de silencio impuesto por una dictadura militar. Y así como en aquella primavera de los 70 se conocieron duplas creadoras como las de Leguizamón y Castilla, Falú y Dávalos, Isella y Tejada Gómez y Ramírez y Luna, por citar algunas, luego del silencio brotarían como flores los nombres de Peteco Carabajal, Teresa Parodi, Antonio Tarragó Ros, Omar Moreno Palacios, Juan Falú y muchos más. El folclore volvió a "decir" y los jóvenes de entonces descubrieron otro carril expresivo junto al rock criollo que había prologado el nuevo capítulo democrático con recitales que se convertían en verdaderas asambleas del sentimiento popular libertario.


La nueva era


Como una nueva vertiente, emergente de aquella fuerza cultural buscadora de cauces, surgió en Rosario en 2003 el Encuentro Nacional de Músicos Populares. Heredero de aquel viejo congreso espontáneo del hombre argentino emergente del Cosquín de los 60, nació así un nuevo movimiento gestado y protagonizado por músicos, dando origen a una convocatoria que cumplirá 13 años de fructífera vida en constante crecimiento.

El paralelo con la génesis y la búsqueda del Festival de Cosquín resulta tentador si se salta por sobre las enormes distancias que separan a una propuesta de la otra. Sin embargo, para los artistas populares, el encuentro rosarino parece ser la nueva meca a la que ansían llegar para sumarse a sus talleres, a la convivencia de una intensa semana que también incluye espectáculos para un público que ya lo espera, año tras año, porque en cierta medida se apropió del fenómeno musical popular.

Una de las destacables iniciativas de los gestores de la idea fue la de conservar —y en algunos casos rescatar— el valor de los referentes de la música popular argentina. Aquel grupo fundacional integrado por Juancho Perone, Irene Rodríguez, Martín Neri, Myriam Cubelos y Raúl Rey que se reunieron en el, por entonces, Centro Cultural Bernardino Rivadavia para proponer una iniciativa tan novedosa como interesante, apostaba al futuro sin olvidar el pasado ni desconocer el presente. La confirmación de esa perspectiva se concretaría en forma paulatina, con las participaciones de autores, compositores e intérpretes clásicos como Ramón Ayala, Omar Moreno Palacios, Mercedes Sosa, Oscar Alem, Ramón Navarro, Suma Paz, Jaime Torres, Raúl Barboza, José Luis Castiñeira de Dios, Damián Sánchez, el Chango Farías Gómez, Hilda Herrera, Manolo Juárez, Carlos Pino, Víctor Heredia, Julio Lacarra, Pocho Sosa, Antonio Tarragó Ros y muchos que se sumaron en la década del 80 como Juan Falú, Raúl Carnota (padrino de los encuentros), Teresa Parodi, Peteco Carabajal y Jorge Fandermole, entre tantos otros.


La voz de los referentes


El guitarrista, compositor y docente tucumano Juan Falú, uno de los creadores y difusores de la música popular argentina de gravitante influencia por su obra y por su ascendiente entre los jóvenes músicos argentinos, opinó sobre el fenómeno: "El de Rosario es uno de los encuentros más importantes del país, por atender a la demanda incesante de maestros, de información, por parte de los músicos que transitan el lenguaje folclórico", juzgó el creador, que cree en la perdurabilidad de la esencia folclórica en las manifestaciones regionales de la música popular, aunque advirtió: "No tanto en algunos intérpretes de éxito nacional, que suelen tomar prestadas fórmulas de éxito que muchas veces se alejan de aquellas esencias".

Falú protagonizó, en 2007, una de las más impresionantes presentaciones de las que tenga memoria el Festival de Cosquín en los últimos tiempos. Fue en ocasión de un homenaje que le brindó, junto a Jairo, a Atahualpa Yupanqui. En esa inolvidable noche, Falú asumió el rol exacto de quien tributa a un maestro con amor y absoluto respeto ante una plaza que se sumió en un silencio reverencial ante su guitarra. Sobre el festival cordobés, el artista consideró: "Creo que no tiene el mismo prestigio, pero al mismo tiempo sigue siendo un encuentro fundamental por las expectativas que sigue generando. Habría que sacarlo de esa urgencia taquillera para que vuelva a priorizarse lo artístico", reflexionó.

Otro compositor e intérprete insoslayable en la música popular argentina es Jorge Fandermole, entusiasta animador de varias ediciones del encuentro rosarino. El músico nacido en Andino que se convirtió en uno de los ejes de la "trova rosarina" surgida en los años 80, también ofreció su visión sobre el más importante festival folclórico de la Argentina en el que se recuerda aún su notable presentación junto a Víctor Heredia y Pedro Aznar. "Creo que, lamentablemente, el festival está en una etapa muy decadente, con un futuro incierto y que su corrupción ha sido largamente abonada por múltiples y egoístas intereses de mercados y medios y una letal mezcla con la política —sentenció—. Nunca han prevalecido las visiones artísticas o las genuinas tensiones que se pueden dar dentro de una gran diversidad estética, diversidad que nunca logró su lugar en el festival a lo largo de medio siglo, sino apenas como tímidas concesiones en programaciones con un fuerte contenido central", estimó el autor de clásicos como Río marrón y Oración del remanso.

Otro de los aportes a esta búsqueda de conclusiones en las vísperas de un nuevo encuentro de músicos en Rosario lo proporcionó la gran pianista cordobesa Hilda Herrera, nacida en Capilla del Monte, hija de padre rosarino, formada en Córdoba y radicada en la década del 60 en Rosario. La compositora cuenta con una rica obra propia que incluye temas como la Zamba del chaguanco, la chacarera La huesuda, la zamba La diablera, la huella La flor de sapo y el tango Señales luminosas, entre otras composiciones. La creadora participó en el primer encuentro rosarino y luego con sus discípulos del Cimap (Creadores e Intérpretes de la Música Argentina en Piano) en la séptima edición y ofreció su opinión sobre el emprendimiento de los músicos de Rosario. "Pienso que todo evento que promueva y permita mostrar el trabajo de los jóvenes es importante e interesante, y es bueno ver qué están haciendo —señaló—. Discrepo muchas veces cuando se mezclan las cosas, porque uno se encuentra con valores serios y otros que no lo son tanto. Todo depende de cómo y con qué criterio se elige a la gente. Siempre he bregado por seguir luchando para que se defienda la música argentina y ése es mi trabajo con el Cimap y los que están conmigo lo han detectado así. A veces se cree que estar en un encuentro supone que es bueno y puedo hablar de Cosquín, donde hay cosas que sólo interesan comercialmente", juzgó.

Acerca de las posibilidades que ofrecen las nuevas convocatorias Herrera consideró: "Son fantásticas. Tanto es así que los que ya no están estudiando conmigo siguen haciendo lo mismo, peleando por revalorizar la música nuestra. Tengo camadas nuevas y veo cómo avanzan las cosas con dos discos que se grabaron. Tenemos un ensamble instrumental desde el año pasado. Es una orquesta de cámara con vuelo. Mientras tengamos el apoyo oficial vamos a seguir. Siempre tengo un pedazo de mi corazón en Rosario: mi padre era rosarino y también está mi relación con Tucho Spinassi. Siempre atesoro todo ese recuerdo" confesó quien compartió vida y obra con el recordado pianista rosarino y también fue amiga de Chacho Muller, con quien compartía plenamente la visión sobre el respeto a las fuentes a la hora de componer. "Lo que pasa generalmente con la gente joven es que no conocen la mayoría del repertorio escondido de los grandes creadores", afirmó. "Lo que hago desde mi lugar es crearles la inquietud. Pasa lo mismo con el tango. Yo hago lo mismo tango y folclore, pero lo que más sufro es por el repertorio de los serios que quedaron ahí por equis razones. Lo que hice con Antonio Nella Castro fue a la lista negra durante el Proceso. Ahora los jóvenes lo están mirando, aunque parezca una cosa vieja. Nella Castro estuvo genial con aquello de "Para vivir como viven/ mejor no morir de viejo...", evocó citando los versos de la Zamba del chaguanco aportados por el poeta salteño.

Sobre el cuidado necesario que Muller exigía para no mezclar géneros y perder la identidad a la hora de componer, Herrera afirmó. "Tengo exactamente la misma posición de Chacho, porque acá se ha hecho tabla rasa con todo y se tocan chacareras todas iguales. Los cuyanos tienen la tonada y la cueca, y la música pampeana el triste, la huella y el triunfo, pero es como que ya no los conoce ni la gente del lugar, van desapareciendo. Lo mismo que la admiración por Atahualpa: todos lo nombran y no lo leen", agregó quien fue y es una rendida admiradora y difusora del patriarca de la música popular argentina.

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