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Domingo 28 de Diciembre de 2014

La ciudad donde las etiquetas se despegan con facilidad

Son rótulos que quedan bien hacia el exterior, pero en realidad se terminan deshaciendo.

En la ciudad de la convivencia, la que desempolvó el rótulo de tener códigos tras la peor tragedia de su historia y que se vanagloria de ser la urbe que más festeja la amistad, a la que le rinde culto y llena todos los bares en su nombre, esas etiquetas suelen despegarse con facilidad.

Los rótulos quedan lindos para exhibirlos hacia el exterior, pero en las entrañas mismas de la rosarinidad se deshacen. Inexplicablemente, esta semana muchos se rasgaron las vestiduras protestando contra la Municipalidad porque los contenedores de residuos estaban desbordados. Durante días el municipio había advertido que el 25 no habría recolección y el 24 se cortaría a las 13. A muchos no le importó. Sacaron la basura hasta desbordar los volquetes y ni tuvieron prurito en dejarla a un lado cuando rebalsaron.

Después la crítica cayó fácil, simple, hipócrita. Se protesta porque Rosario está sucia y quienes deben cuidarla, sus propios vecinos, no lo hacen.

Es un doble discurso permanente. El tristemente famoso "haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago". Como en el Concejo Municipal, donde los mismos ediles que aprobaron una ordenanza que exige concursar cargos de jueces de Faltas habían intentado meses antes pasar a planta permanente a más de 20 asesores políticos, sin ningún tipo de concurso obviamente.

O el de aquellos que fustigan sin miramientos un aumento del boleto y desconocen que forman parte de un proyecto que disparó un espiral inflacionario que no hace más que aumentar los costos del sistema.

Entre tanta hipocresía, el fin de año trajo algunas señales que vale la pena rescatar. La labor mancomunada de los tres niveles del Estado derivó en una paz social que aventó todo tipo de fantasmas que suelen pasearse a gusto por estas fechas. Ese trabajo plasmó postales que invitan a creer en un futuro mejor. En Las Flores, reducto donde el narcotráfico montó su feudo, la semana pasada la Policía Comunitaria y los vecinos recuperaron juntos una plaza como lugar de encuentro y recreación.

Hace no más de un año hubiese sido impensado llevar adelante esa actividad. Fue necesario el desembarco de gendarmes para pacificar los barrios y luego la puesta en marcha de un plan social inclusivo como el Abre, que lentamente empieza a mostrar sus resultados.

Cientos de pibes que antes custodiaban búnkers de drogas o simplemente pasaban sus días tirados en una esquina fueron identificados por los equipos de profesionales y llevados a talleres donde aprendieron un oficio y pudieron jugar, eso que muchos ni siquiera conocían.

"Hoy hasta puedo hablar con mi mamá", le dijo uno de ellos, de apenas 14 años, a una cronista de La Capital esta semana. Esa sola frase sirve para remarcar que el esfuerzo estatal no fue en vano. Imagine lector la ciudad que tendría si sus vecinos la cuidaran un poco más. Si las etiquetas no fuesen sólo para los de afuera. Por lo pronto, este año algo empezó a cambiar y esos rótulos, en algún punto, empiezan a tener sentido.

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