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Sábado 05 de Abril de 2014

"La ciencia sin amor puede ser destructiva"

El presidente de la Asociación Mundial de Educación Especial, Orlando Terré Camacho, analiza qué significa hoy la inclusión educativa

Orlando Terré Camacho es el presidente de la Asociación Mundial de Educación Especial (Amee). El educador cubano es reconocido como un referente internacional respecto de la inclusión educativa y la atención a la diversidad. Estuvo esta semana en Rosario, habló sobre los alcances de estos términos, y transmitió que sólo son posibles si se ejercita la filosofía del amor: "No podemos practicar el desamor, tenemos que practicar el amor como sabiduría, el amor como un ejercicio eficiente para la construcción de los saberes" y dice más: "La ciencia sin amor puede ser destructiva".

Invitado por la Fundación para los Estudios Internacionales (Funpei) y el Instituto de Cooperación Latinoamericana (Icla) con sede en la Universidad Nacional de Rosario (UNR), Terré Camacho compartió un encuentro académico con profesores sobre inclusión en el ámbito superior.

En una extenso diálogo con LaCapital, confirmó que aún son muy pocos los jóvenes con distintas discapacidades que llegan al nivel superior, un panorama que se repite en los distintos países. "Recién están teniendo voz los grupos de personas con discapacidad", expresó.

Nueva visita. Quien es también el presidente de la Organización Mundial de Educación, Estimulación y Desarrollo Infantil (Omedi) estuvo además en Casilda, ofreciendo una conferencia para docentes. En septiembre repetirá la visita a la provincia, será para acompañar los 50 años de fundación del Instituto Superior del Profesorado Nº 5 de Cañada de Gómez.

Vive en la ciudad de La Habana. Visitó y trabajó varias veces en el país. Aseguró que la experiencia educativa argentina ha dejado un "legado educativo muy grande a la educación latinoamericana", algo que consideró no siempre los argentinos reconocen.

—La estadística es oficial y tiene 5 años, sostiene que en la Argentina sólo el 1 por ciento de los jóvenes con alguna discapacidad llega a la universidad. ¿Se mantiene esta tendencia?

—Así es. Sigue todavía, es igual para todos los países. Hay algún que otro esfuerzo, pero no es todavía un proceso global. Yo creo que hoy estamos dándoles voz a los grupos de discapacitados. Pero cuando hablamos de diversidad presupone no solamente a la discapacidad, sino también a los grupos étnicos, de los pueblos originarios, a las problemáticas de género. Es un planteo mayor.

—¿Cuál es entonces hoy el alcance de lo términos inclusión y diversidad?

—Hoy estamos llamados a entender la atención a la diversidad no solamente desde la discapacidad, sino a los distintos grupos y comunidades como las antes mencionadas. Se cree que cuando hablamos de inclusión se trata de incluir discapacitados a la escuela en general o aceptarlos desde la universidad. No es sólo eso. Un niño en condición de calle también necesita una atención especial en la escuela.

—O bien como ocurre en la actualidad con la escuela secundaria obligatoria argentina, a la que están ingresando sectores históricamente marginados, y donde hay profesores formados en otro paradigma. ¿Cómo se resuelve este problema?

—Hay que focalizarse en la formación de formadores. Es una necesidad provocar una formación integral del docente que asume la escuela y la diversidad por la educación. Es una educación que desafía hoy no sólo por el potencial humano sino por el potencial tecnológico. Ahora bien, cuando hablamos de la aceptación de las diferencias, de la inclusión, es porque en primer término hemos excluido. Tenemos por tanto que construir espacios inclusivos y la escuela es uno de ellos.

—El sentido común diría que la educación no puede ser sin inclusión...

—Un término que me planteo en mi discurso es el de educación inclusiva. Creo que la educación inclusiva es por derecho y que lo incluyente lo hace justamente el principio de la educación. Esto es algo esencial a entender, también que lo que aparece en el escenario como inclusión educativa es una modalidad que toma la escuela para, de alguna manera, trabajar con los ritmos diferentes del aprendizaje de nuestros niños y niñas. Una idea que hay que elevarla también al marco social. ¿Cómo? En primer lugar interpretar el concepto de diferencia para construir lo diverso. Y en la medida que una sociedad soporte o abra sus puertas de manera accesible podremos ser por derecho partícipes. Se nos propone un discurso pensado en la diversidad, que lleva implícito abrir escenarios diversos y que acepte las diferencias. Históricamente se nos había promulgado que éramos iguales. Sí, lo somos por derecho, pero somos diferentes por distintas circunstancias. Entonces habría que repensar esto.

—¿En qué hacer hincapié cuando se piensa en un docente que debe hacer frente al desafío de la inclusión?

—El docente de hoy quiere participar en el modelo inclusivo, pero hace resistencia porque nota y sabe que no está preparado para asumir esa competencia. Por ejemplo, hay voluntad, buenas actitudes y prácticas exitosas, pero son mínimas, muy pocas si se las piensa en un sentido macro. Es fundamental entonces la formación integral del docente. Porque, por ejemplo, no es lo mismo cuando la escuela incluye a un niño con ceguera que a un niño con retardo mental. Para esto se presupone un cambio. Se necesita un formador más integral que conozca y reconozca las capacidades diferentes que puedan tener los alumnos en el proceso educativo. En ese sentido, también tiene que cambiar la evaluación: no vamos a evaluar por el resultado y el rendimiento sino el proceso del desarrollo del niño, del aprendizaje. Y el maestro no está acostumbrado a esto.

—Pensando en la idea global de inclusión, además de la formación docente, ¿qué hay que observar para que el chico ingrese a la escuela pero también permanezca y aprenda?

—Creo que hay cuatro problemas que resolver: 1) el currículum de la escuela que educa; tiene que darse una reforma; 2) hay que fortalecer la escuela: una escuela en solitario no puede seguir asumiendo el rol participativo social, tiene que articularse con la familia y la sociedad; 3) esta cuestión tiene que ver con la equidad, con el derecho de participación que no es de oportunidad, y 4) las formas de enseñar; el formador, el maestro tienen que tomar otra actitud respecto de las prácticas, asumir las tecnologías e incorporarlas al sistema educativo. Estas cuatro observaciones para mí son fundamentales para que se dé el proceso de inclusión. Y aquí, esto de formar formadores es una tarea pendiente.

—En muchos reconocimientos que le han hecho, incluso de parte de Fidel Castro, resaltan tres palabras de su tarea de educador: el sueño, el amor y la esperanza ¿Serían otras cuestiones a no pasar por alto?

—Yo creo que sí. Hay que empezar a soñar. Creo que todos los sueños se hacen realidad. Por eso es que me parece que la esperanza se construye desde ahí, desde el sueño que podamos tener. Además, hay que mirar al amor no sólo como una práctica de la emoción sino para devolverle a la ciencia el amor porque la ciencia sin amor puede ser destructiva. Debe darse aquí un replanteo. Cuando hablamos de amor hay un respeto a la humanidad, que es ese marco profundo que deben tener la escuela y las políticas de hoy, y que tienen que estar relacionadas con la interpretación de lo humano. Silvio Rodríguez dice "que el amor engendra la maravilla y convierte en milagro el barro". Esa puede ser una misión. Y desde el sentido esperanzador hay que creer en la infancia, en la familia, en la sociedad, porque en la medida que lo crees, lo sueñas, lo piensas, lo resignificas y le das connotación.

—¿Habla entonces de utopías?

—Es verdad que me mueven las utopías, porque las utopías nos permiten avanzar, movilizarnos. En el discurso de la diversidad se trata de unir sueños, amores y esperanzas. El discurso de la diversidad es el discurso del amor, de la poesía que no se puede separar. El amor es lo que nos mueve al amor, es lo que nos motiva, nos proporciona espacios, Para hablar hoy de inclusión, de diversidad tenemos que olvidarnos de todo lo contrario. No podemos practicar el desamor, tenemos que practicar el amor como sabiduría, el amor como un ejercicio eficiente para la construcción de los saberes. Les decía a los profesores de Casilda: tenemos que crear un perchero imaginario y colgar todos los problemas que tenemos. Los otros no son responsables. Vamos a enseñar desde el principio que tenemos: el amor que los puede unir. Cuando miras así no te enfrentas a nadie, todo lo contrario; se traduce esto en mirar a los demás desde las condiciones y problemas. Siempre miro a mis alumnos en sus capacidades y limitaciones. Todo niño es potencial, pero tiene límites y el maestro tiene que recocerlos. Y cuando miro al docente lo hago desde la vocación pero también miro sus problemáticas personales. Si yo no logro vivenciarlos, reconocerlos, poco puedo hacer para que el proceso de trabajo en la escuela se dé de manera eficiente.

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