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Sábado 10 de Diciembre de 2011

La Celac, un acontecimiento excepcional para la región

Roberto Follari / Si bien las prioridades de este organismo están ahora en lo económico y político, también es esperable su impacto en la educación.

Los tiempos que vivimos no son aptos para que sigamos siendo “patio de atrás”. La apertura de gobiernos con conciencia social lleva a que Latinoamérica y el Caribe se hayan sacudido una larga historia de dependencia diplomática, y hayan decidido tirar por la borda ese lastre cada vez más inútil que es la OEA (Organización de Estados Americanos). El surgimiento de la Celac (Comunidad de Estados de Latinoamérica y el Caribe), obviamente, no significa que esa primera organización automáticamente desaparezca, pero sí que pierda la ya escasa influencia que todavía podía mantener en las decisiones de nuestro subcontinente.

Es que la OEA fue parte de la organización que desde Estados Unidos se nos impuso durante la Guerra Fría, parte del embate del país del Norte contra el bloque soviético y, aunque no correspondiera, contra cualquier forma de lucha contra el capitalismo entre nosotros, la cual era abusivamente asociada a ese bloque “oriental”. Por tanto la OEA nunca nos representó sino representó al imperio entre nosotros, y lentamente inició su declive con el cada vez mayor desprestigio de dicho imperio en nuestros países.

Adelante con la Celac, entonces, un hallazgo renovador dentro de los nuevos vientos que soplan en el subcontinente. Por cierto que no sin rechazos de parte de la prensa ligada a los intereses del Norte: no han faltado los agoreros que indican groseramente que “la Celac tendrá los mismos problemas que la OEA”. Problemas tendrá seguramente, como toda institución que tenga presencia y efectividad. Pero es obvio que en ningún caso serían los mismos que los de la OEA, pues esta última es precisamente el modelo en contra del cual se ha producido la nueva institución.

Expectativas. En cuanto a qué efectos tenga la Celac en el plano de lo educativo, hay que admitir que no cabe guardar expectativas desmesuradas. La educación es una función estructural que en cada país implica a millones de agentes (docentes y estudiantes), cuyas prácticas no resultan fácil modificar a partir de determinados acuerdos asumidos desde la cúpula del sistema. Y es cierto que las prioridades de la Celac serán seguramente económicas y geopolíticas al inicio, y sólo luego irradiarán hacia el plano de lo educativo y de lo cultural.

Es importante, sin embargo, que estos últimos aspectos no dejen de estar presentes. Entre otras cosas, porque el plano de lo cultural es la figura de Latinoamérica y el Caribe ante el mundo; aún en nuestros peores tiempos económico-sociales (que no son los actuales, obviamente), nuestros países resultaron interesantes a las poblaciones del capitalismo avanzado por su patrimonio cultural. Desde las ruinas indígenas a la arquitectura colonial, desde las fiestas populares a los mercados callejeros, desde la simbiosis de nuestras ciudades al uso de una geografía imponente y diferenciada.

Plano educativo. Sí podemos esperar a mediano plazo algunos logros en el plano directamente educativo. Las realizaciones de los países mejor posicionados en este aspecto podrían irradiarse hacia los demás países por vía de una discusión general sobre políticas educativas. Hay diferencias grandes en la región, las cuales por supuesto no sólo dependen de decisiones políticas, sino también de factores económicos estructurales. Pero es verdad que decisiones políticas acertadas pueden coadyuvar a superar escollos y mejorar logros: habrá ahora un espacio institucional que puede favorecer estas acciones.

Aportes y logros. En ese sentido Cuba tiene mucho que aportar, si bien es cierto que su excepcionalidad en lo político hace que algunas de sus decisiones no puedan tomarse de manera similar en otros países. Argentina tiene logros importantes en niveles primario y medio, al margen de las evaluaciones internacionales que nos ponen en mal lugar en nuestros resultados (esas evaluaciones miden logros de aprendizaje de quienes llegan al final de los ciclos y niveles, y no miden la deserción; de tal manera, la distorsión en la medida es enorme, pues cuanto más expulsivo sea un sistema, mejor resultados obtienen los escasos miembros que quedan dentro del mismo); de modo que nuestra experiencia puede ser útil a otros países, así como —por supuesto— todos podremos aprender en parte de la experiencia de los demás. En educación superior nuestro país muestra inclusividad, pero las mejores condiciones de gestión del sistema corresponden sin dudas a México y Brasil: sus experiencias podrán resultar útiles para todos los otros.

También podrá aumentarse el intercambio, que ya ha comenzado a ser intenso en cuanto a docentes y estudiantes, sobre todo en el plano universitario. Es una actividad que enriquece a sus practicantes, y a la vez mejora la comprensión mutua y los lazos culturales perdurables. Y podemos iniciar el mejor reconocimiento de tramos y cursos —que en nuestro país rara vez se computan, pues tenemos planes de estudio rígidos y tradicionales—; esto podría permitir aprovechar estancias en otros países como parte del currículum de nuestras licenciaturas, profesorados y posgrados.

Además puede incrementarse lo iniciado en Mercosur en cuanto al reconocimiento de titulaciones, que debiera agilizarse; no siempre puede ser automático (pensemos, por ejemplo, en las evidentes diferencias entre naciones en el plano del Derecho), pero sin dudas podría ser más fluido, de modo que en todo nuestro subcontinente tuviese validez cuasi-inmediata un título obtenido en cualquiera de sus países.

Se abren posibilidades, sin dudas. La autonomía decisional en que se afirman hoy Latinoamérica y el Caribe promete medidas efectivas que incrementen nuestras posibilidades dentro del competitivo marco actual a nivel planetario.

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