La ciudad
Martes 15 de Noviembre de 2016

La Capital celebra 149 años de vida siempre junto a los rosarinos

En el 149 aniversario de "La Capital", la historiadora Carolina Cerrano cuenta las causas que impidieron a Rosario ser capital de la Argentina.

"El Rosario debe ser la Capital de la Nación, porque es el hijo adúltero de este matrimonio desunido; y no nos dejará vivir en paz mientras no le demos un patrimonio que satisfaga sus necesidades en el porvenir".
Dicho de Domingo F. Sarmiento según Joaquín Granel

Desde el nacimiento de la República Argentina, el problema de la ubicación de la capital fue un tema áspero y problemático cuya solución definitiva se impuso por la fuerza en 1880, al finalizar el periodo presidencial de Nicolás Avellaneda. En el año 1853 se dictó la constitución nacional sin la participación de Buenos Aires, la cual estuvo separada del resto de las provincias hermanas por diez años. Una vez reunificado violentamente el país después de la batalla de Pavón, la capital fue establecida de forma provisoria en la ciudad de Buenos Aires, por la imposibilidad de llegar a un consenso sobre dónde situarla de manera permanente. Se dejó a cargo del Congreso de la Nación la misión de elegir y sancionar la ley de residencia de las autoridades nacionales. Mientras tanto, éstas fueron huéspedes del gobierno provincial bonaerense.

Entre 1867 y 1875, el proyecto de Rosario como capital de la nación se presentó sistemáticamente en el Congreso Nacional y fue aprobado en tres oportunidades, en los años 1868, 1869 y 1873, pero fue vetado por quienes ocupaban en esos momentos el Poder Ejecutivo; la primera vez lo hizo el presidente Bartolomé Mitre y las otras dos veces el presidente Domingo F. Sarmiento.

Dadas estas posibilidades legislativas el proyecto de capitalización de Rosario parecía, para sus paladines, una alternativa posible. Sin embargo, la mayor parte eligiese otra localidad para la capital. Fueron fuertes las presiones y el poder político que tuvieron quienes se opusieron a zanjar este problema de discordia tanto entre el "interior" y Buenos Aires como en el seno de esta última provincia. Para los contemporáneos, la "cuestión capital" –así la llamaban- ocupó un lugar relativamente eminente en los debates y conflictos del período, como se puede apreciar en las sesiones del Congreso y en la prensa.

El problema de la capital generó un acalorado debate sobre la historia de la novísima nación, y en esa discusión lo que estaba en juego eran diferentes proyectos o alternativas para la construcción de un espacio político de dimensión nacional. En el presente trabajo se busca mostrar cómo el diario La Capital fue construyendo su discurso a favor de la capital en Rosario y cómo al polemizar con los diarios porteños reflexionó sobre el pasado, el presente y el futuro de la naciente nación. Un debate histórico centrado en un pasado reciente, un pasado en el que la memoria de las guerras civiles estaba todavía vivo y que no era sólo recuerdo, ya que se seguían produciendo levantamientos y protestas frente al avance inexorable del Estado nacional. Y por ello, la prensa es una fuente sumamente rica para el abordaje de los discursos de los hombres que combatían pasional y violentamente a través de su pluma por sus ideales y proyectos. La cuestión ca pital desde la perspectiva del diario La Capital El 15 de noviembre de 1867, Ovidio Lagos lanzó en las calles el diario La Capital, con un mensaje claro hacia las provincias argentinas: promover a la ciudad de Rosario como capital del país. Su director participaba sin reservas del pensamiento federal; creía, al igual que muchos otros, que una de las formas de federalismo posible era establecer la sede institucional en una ciudad del interior; a modo de oponerse al centralismo de de la opinión pública bonaerense y sus principales dirigentes políticos, no sólo se negaron a ceder su ciudad al gobierno nacional, sino que se resistieron a que se eligiese otra localidad para la capital. Fueron fuertes las presiones y el poder político que tuvieron quienes se opusieron a zanjar este problema de discordia tanto entre el "interior" y Buenos Aires como en el seno de esta última provincia. Para los contemporáneos, la "cuestión capital" –así la llamaban- ocupó un lugar relativamente eminente en los debates y conflictos del período, como se puede apreciar en las sesiones del Congreso y en la prensa.

El problema de la capital generó un acalorado debate sobre la historia de la novísima nación, y en esa discusión lo que estaba en juego eran diferentes proyectos o alternativas para la construcción de un espacio político de dimensión nacional.

En el presente trabajo se busca mostrar cómo el diario La Capital fue construyendo su discurso a favor de la capital en Rosario y cómo al polemizar con los diarios porteños reflexionó sobre el pasado, el presente y el futuro de la naciente nación. Un debate histórico centrado en un pasado reciente, un pasado en el que la memoria de las guerras civiles estaba todavía vivo y que no era sólo recuerdo, ya que se seguían produciendo levantamientos y protestas frente al avance inexorable del Estado nacional. Y por ello, la prensa es una fuente sumamente rica para el abordaje de los discursos de los hombres que combatían pasional y violentamente a través de su pluma por sus ideales y proyectos.

La cuestión capital desde la perspectiva del diario La Capital

El 15 de noviembre de 1867, Ovidio Lagos lanzó en las calles el diario La Capital, con un mensaje claro hacia las provincias argentinas: promover a la ciudad de Rosario como capital del país. Su director participaba sin reservas del pensamiento
federal; creía, al igual que muchos otros, que una de las formas de federalismo posible era establecer la sede institucional en una ciudad del interior; a modo de oponerse al centralismo de Buenos Aires y a la posibilidad de capitalización permanente de aquélla. La historia del diario estuvo vinculada a su nombre a manera de un programa de pensamiento y de lucha. Pero, por sobre todo, defendió el orden, el progreso y la paz para garantizar la unidad de la asociación política.

La Capital consideró que después de la batalla de Pavón nuestra organización política había caído en un estado embrionario, por la falta de una capital permanente, cuya promulgación exigían todos los estados federales. El diario señaló constantemente los peligros de la desunión política si se continuaba con una capital provisional y con la coexistencia del gobierno nacional con el provincial en la ciudad de Buenos Aires, porque aquél estaba bajo la tutela, la voluntad y el capricho del dueño de casa.

El diario sostenía que la capital fuera de Buenos Aires pondría término en la familia argentina a las discordias entre porteños y provincianos. Y especulaba que si las autoridades nacionales hubiesen tenido desde 1862 otro asiento, el gobierno nacional hubiese contado con mayor legitimidad y hubiese contrabalanceado el predomino de Buenos Aires llevando la civilización, la influencia moral y material a todos los pueblos de la República. Es decir, se habrían acabado las rebeliones, el atraso y el odio a los porteños.

El gobierno nacional era presentado como carente de moral y de sujeción a la ley, éste había utilizado el poderío material que disponía en Buenos Aires para hacerse obedecer por la fuerza. Muchas veces el diario sostenía que la solución de la cuestión capital sería la salvación de todos los males que acechaban a la República.

Los hombres que estaban a favor de resolver la cuestión capital, y más los que apostaban por Rosario, eran patriotas, cuerdos y sanos de corazón a diferencia de la perversión, mezquindad, demencia y enfermedad de los que boicoteaban la solución del problema. La Capital creía fervientemente que el final del camino estaba marcado por el triunfo de la razón y, al mismo tiempo, de la Providencia, y ese final feliz era la capital en la ciudad que estaba destinada a ser, paradójicamente, la "segunda Buenos Aires".

La mayoría de los artículos contrastaban un pasado y un presente ensangrentado por la guerra fratricida con una imagen del futuro en la que un orden nuevo de paz y de justicia se construiría con la capital en la ciudad de Rosario. Éste era el punto salvador para administrar con equidad los intereses de la República, esos intereses aparecían como nacionales, verdaderos, legítimos y generales, contraponiéndolos a los localistas, falsos, egoístas y minoritarios que habían manejado la República hasta el momento.

Desde la mirada del diario eran múltiples los responsables de la ausencia de una sede política permanente para la nación. Entre ellos ocupaban un importante lugar los congresistas; las críticas a éstos eran un tema recurrente, ya que
ellos tenían la sagrada obligación de resolver la cuestión capital y así salvar al país de la desunión. Se les reprochaba su inactividad, el no haber hecho nada que valiese la pena en los años que llevaban reuniéndose en sesiones y se les
exigía que en nombre de los pueblos se dignasen a cumplir con sus deberes. El periódico incluso sostuvo que muchos representantes enviados por las provincias se habían mimetizado con el círculo que dominaba en Buenos Aires y habían dejado
de levantar su voz para salvaguardar los intereses de los pueblos, acordándose de las provincias hermanas sólo cuando se necesitaban recursos, hombres o votos. Aunque siempre había una minoría de legisladores a rescatar, y ésos eran los
que verdaderamente representaban los intereses legítimos de la nación, como ser la defensa de la capital en Rosario. Para el diario, esa minoría la conformaban hombres independientes y con conciencia del mandato que les fue delegado.

Mitre y Sarmiento con sus vetos a las leyes de capitalización de la ciudad de Rosario merecieron las más violentas críticas. Los vetos, que fueron férreamente repudiados en la prensa local, mostraban la incomprensión del gobierno nacional hacia las necesidades del país y eran una demostración de que se continuaba engañando o burlando a los pueblos. Así apelaba a éstos para que no permaneciesen callados; por lo tanto, debían expresarse, aunque no violentamente, -ese era su derecho y deber- para poner término a la farsa y a los escándalos.

Para La Capital, los congresistas y los presidentes no eran hombres aislados sino que formaban parte de un pequeño círculo que desde Buenos Aires hacía todo lo posible para que las autoridades nacionales no fueran a Rosario ni a otra localidad; lo que resultaba incomprensible era que supuestamente tampoco querían la capital en Buenos Aires. En ese círculo el diario incluía a la prensa porteña, cuyo objetivo era la defensa de los intereses localistas de Buenos Aires.

La Capital construía su propia legitimidad y se definía a sí misma en contraposición a su adversaria. En aquel contexto político las discusiones en la prensa se caracterizaban por la combatividad y el apasionamiento en la defensa de sus posturas.

La Capital acusaba a los diarios porteños de engañar a la opinión y de calumniar a los habitantes de las provincias como salvajes e ignorantes. Sostenía que esa prensa enemiga era anti-argentina, ya que en sus páginas ocupaban mayor lugar las notas referidas a los países europeos que las informaciones de los disturbios o problemas de las provincias. La Capital se jactaba de la independencia de su opinión, y se atribuía a sí misma la misión de ser representante de los intereses legítimos y verdaderos de los pueblos, diferenciándose de los diarios porteños, a los cuales tildaba de montoneros de la pluma, más peligrosos que los de lanza y cuchillo. Desde su perspectiva, la prensa porteña era imparcial y faltaba a la verdad con el único fin de desprestigiar la capitalización de Rosario. Por ejemplo cuando argumentaba que allí no había seguridad para la vida ni para la propiedad.

Un tema que La Capital denunciaba que aparecía constantemente en la prensa oligárquica eran los temores al engrandecimiento de Rosario, porque se convertiría en una plaza rival, que amenazaría con arrebatar a Buenos Aires la gloria y el exclusivismo
que venía ejerciendo desde la colonia. Al periódico rosarino esta postura le parecía insensata e inimaginable, por el contrario Buenos Aires tenía mucho que ganar con la capital en Rosario: "Buenos Aires tiene vida propia, nada tiene que ganar ni política, ni económicamente [...] al contrario perdería mucho manteniendo viva las rivalidades interprovinciales [...] la capital en el Rosario trae grandes beneficios para Buenos Aires: la seguridad inmediata de sus fronteras, el alejamiento del huésped incomodo que se entromete en sus negocios políticos".
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Los méritos de Rosario para ser capital desde la mirada de sus defensores

Durante la presidencia de Justo José de Urquiza, las políticas a favor de Rosario fueron consideradas por sus contemporáneos como puntales de los progresos materiales que había experimentado el municipio y que contribuyeron a desarrollar los dones que la misma naturaleza o voluntad divina le habían asignado para ser un gran centro de población, riqueza y comercio. A pesar de este tono providencialista, en alguna oportunidad el diario local reconoció los beneficios económicos de ser la capital. En 1868, informó sobre la especulación de compras de propiedades e inversiones en Rosario asociadas a la posibilidad de que ella sea cabeza de la nación.

La derrota de Urquiza en la batalla de Pavón no generó el eclipse de la prosperidad comercial que la ciudad había alcanzado en los años la Confederación. Un acontecimiento que mostró la relevancia de Rosario fue la guerra del Paraguay, durante la cual el río Paraná funcionó como la arteria abastecedora de hombres, pertrechos e insumos. Y un dato significativo de su crecimiento político y económico es que la ciudad, a fines de la década de 1860 y comienzos de la de 1870, pudo ser proyectada como futura capital de la nación. Las ventajas de la ciudad de Rosario para residencia de las autoridades nacionales de la asociación política argentina eran principalmente sus condiciones de progreso. Su ubicación geográfica garantizaba tanto la comunicación terrestre con las provincias mediterráneas, facilitada por la construcción del Ferrocarril Central Argentino, como la comunicación fluvial con las provincias del Litoral y, en definitiva, una apertura con el resto del mundo.

Esta posición geográfica, no era sólo apreciada en lo económico, sino también en lo político, porque el gobierno nacional tendría mayores facilidades para intervenir con rapidez en los conflictos que se generasen en las provincias y así atendería a los intereses generales de la nación. Aquél ejercería, en la segunda plaza mercantil de la República, una acción moralizadora y civilizadora que le daría el prestigio que carecía en Buenos Aires (o se la negaban). Además, las autoridades nacionales contarían en Rosario con un importante centro de opinión y de apoyo. Para los contemporáneos, la prensa política aparecía como un distintivo de modernidad y de progreso.

Los defensores de la capitalización de Rosario reivindicaban como distintivo del pueblo rosarino su identidad apolítica, no militante y sin hábitos guerreros, porque al igual que Buenos Aires era un pueblo eminentemente comercial y cosmopolita, cuyo principal interés era el trabajo, el orden, la paz y el progreso; siendo estos atributos una garantía importante para el porvenir del país. En definitiva, la reivindicación de su identidad "apolítica" funcionaba como argumento para oponerse a las viejas ciudades donde se hallaba arraigada la política militante y facciosa.

Según su principal auspiciador, si bien Rosario no había sido una destacada sede colonial, contaba con importantes antecedentes históricos para aspirar a capital de la nación. Por empezar, durante las guerras de la independencia, Manuel Belgrano había enarbolado en ella por primera vez el pabellón azul y blanco. Y en el período de la organización nacional la ciudad había descollado por su colaboración material y humana en la batalla de Caseros y de Pavón. Su participación en estos acontecimientos fundantes de la unidad nacional, era rescatada para oponerse a quienes preguntaban irónicamente qué méritos tenía la ciudad para ser capital.

Buenos Aires "no quería ser capital"

Los protagonistas de los debates en el Congreso y en la prensa, no creyeron que la capital de la nación fuese necesaria Buenos Aires fue el final de la historia de esta intensa polémica que cruzó los años de la organización nacional y que se remontaba a un tiempo mucho más antiguo.

En aquellos años existió relativo consenso en las opiniones de que la provincia de Buenos Aires no estaba dispuesta a entregar su capital a la jurisdicción nacional, era un soberano absurdo imaginar que lo haría. Es por ello que en esos años nunca se presentó como proyecto de ley la capitalización de Buenos Aires. Los congresistas eran conscientes de que era un sueño imposible. Sin embargo, no se resignaron a manifestar sus anhelos de ver coronada como sede definitiva de las autoridades nacionales a la capital histórica de la República. En efecto, persistía cierta obstinación en mantener la capital donde estaba, esto es evidente cuando se decía que en ninguna otra parte el gobierno nacional contaría con los elementos que disponía en Buenos Aires como ser el crédito, la fuerza y un centro de opinión. Hubo legisladores que insistieron en los progresos que tuvo el conjunto de la nación con la capital en Buenos Aires.

Este tipo de argumento encolerizaba a sus oponentes, entre ellos a La Capital que recordaba que en la República existía un gran desequilibrio económico, cultural y político por culpa de Buenos Aires. La capital allí sólo sería acorde con un sistema de gobierno unitario, en el cual la sede de los poderes públicos se localiza en el mayor centro de poder, población e ilustración.
A medida que pasaban los años y esta cuestión seguía sin resolverse los actores sociales y políticos eran conscientes de que cada vez se haría más complicado colocar en otra localidad la capital nacional. En Buenos Aires se iban arraigando intereses de familia difíciles de erradicar, ya que iban creciendo los amigos y parientes que ocupaban empleos en el gobierno nacional, quienes se opondrían a un traslado de la capital.

Al respecto La Capital reprodujo en sus páginas unas entrevistas realizadas, por un periódico porteño a las señoras de congresistas y de empleados públicos, en las que se les preguntaba sobre sus opiniones respecto a la capitalización de Rosario. Todas manifestaron estar en desacuerdo; los motivos eran variados desde que hacía poco que habían pintado y empapelado sus casas, o que ellas tenían en Buenos Aires sus relaciones sociales y que allí podían estar al tanto de las últimas modas europeas. En conclusión, no acompañarían a sus maridos a Rosario, porque carecía de la ilustración que poseía Buenos Aires.

Quienes participaron en los debates hacían notar que la cuestión capital ventilaba fuertes intereses económicos que se asociaban a los beneficios que reportaba tener el privilegio de ser sede de las autoridades nacionales. Algunos políticos conjuntamente con la prensa porteña, pusieron de relieve sus temores a que Rosario se convirtiese en una rival si se la designase por capital; o que lo único que buscaba al presentarse como candidata eran sus beneficios particulares. El diario y los paladines de su bandera en el Congreso, respondieron encolerizados a esos ataques y resaltaron que Rosario estaba llamada a ser un gran centro de población, de riqueza y de comercio, sin necesidad de medios artificiales, como ser la capital.

Lo económico se cruzaba en el debate cuando se sostenía que el traslado de la capital reportaría un gran gasto de dinero que el gobierno nacional no se hallaba en condiciones de asumir; o cuando se postulaba que sólo en Buenos Aires aquél contaría con los recursos necesarios. Y más aún, en la sesión del once de agosto de 1868, el Ministro de Justicia, Culto e Instrucción Pública dio a conocer una amenaza: si "el Congreso vota la ley mandando salir las autoridades nacionales de Buenos Aires el Banco de esta provincia le negaría los recursos con que el gobierno nacional cuenta para hacer frente a los compromisos actuales y no abriría más créditos al gobierno nacional". Y finalmente, es posible entrever cierta resistencia y oposición de las élites políticas santafesinas por el intento de capitalizar a su departamento más próspero. Una prédica recurrente del diario era hacerle notar a Santa Fe que no se perjudicaría con el ofrecimiento de la ciudad de Rosario para capital, por el contrario: "la haría más rica, más fuerte y más grande por la ilustración que se derramaría en todos los ángulos de esta tierra. Sabemos que esto no quieren entenderlo ciertos santafesinos retrógrados y localistas que miran en este pedazo de tierra la única riqueza de Santa Fe. [...] sostendremos la necesidad de la capital de la república en esta ciudad para la grandeza misma de Santa Fe, para que salga de esa vida de siesta perpetua en que se encuentra...".

Curiosamente, a fines de diciembre de 1872, otro periódico rosarino, El Mercurio, realizó una propuesta propagandística que apoyaba la idea de hacer a la ciudad de Rosario capital de la provincia. Todo lo opuesto a lo que podríamos suponer, La Capital reaccionó violentamente, calificó el proyecto de inviable, utópico e inoportuno que lo único que generaría era un conflicto con Santa Fe. Según el matutino, ésta jamás cedería tal prenda y desde sus columnas sostuvo que a Rosario le esperaba un destino más grande que era coronarse en capital nacional.
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Las interpretaciones del diario sobre la historia de la cuestión capital

La imposibilidad de resolver un tema tan importante para una nación como es poseer una capital llevó a muchos de los participantes en los debates a reflexionar sobre la historia de este problema nacional. La cuestión capital era la cuestión no resuelta desde la independencia y esta se hallaba entrelazada inevitablemente con las guerras civiles que entristecieron el pasado, y que seguían latentes o en curso. Es decir, la memoria de aquel pasado era un recuerdo vivo. Las palabras del diputado Achaval Rodríguez son sugerentes:

"... está cuestión significa algo más de lo que en ella se ve, es necesario saber porque es tan resistida, es necesario buscar las causas de esta resistencia, y para hacerlo es necesario remontarnos a nuestra historia ... para saber cómo se eslabona en ella la cuestión capital".

El diario La Capital en varias ocasiones analizó el presente del paisaje político nacional reflexionando sobre el pasado, para poder explicar por qué la nación se hallaba decapitada desde hacía décadas. Generalmente sus razonamientos arrancaban en el pasado más cercano. La historia de la nación sólo tuvo un tiempo memorable y ese era el de la primera década revolucionaria en la que se ubicaba a los padres fundadores de la patria, hombres heroicos que ya no existían. Es por esto, que en varias oportunidades cuando el diario reprochó la actuación de los congresistas, los contraponía, en una comparación "ejemplificadora", a los legisladores de 1816 quienes tuvieron patriotismo, civismo y coraje para proclamar la emancipación de la corona española, y por ello consiguieron el honor de ser reconocidos tanto ayer como hoy. Finalmente, invitaba a los representantes de los pueblos a dictar la ley de capital, la cual los coronaría de gloria.

El tiempo heroico de la independencia fue entristecido por las luchas fratricidas a raíz del enfrentamiento de dos principios opuestos: la descentralización y el centralismo. Estas luchas habían llevado a la desunión de la familia argentina, peligros que perduraban, porque la capital no se descentralizaba. La tendencia a favor de la descentralización la representaban los federales y la que abogaba por la centralización: los unitarios y los traidores a la causa federal como Rosas, quien no había dictado una constitución federal, y Mitre, quien había actuado en contra del espíritu y de la letra federal de la Constitución.

En esta crónica trazada por La Capital, a partir de la década de 1820 se inició el naufragio de la nación, con la imposibilidad de arribar a la organización política. Sus principales obstáculos fueron los unitarios y la tiranía de Rosas. La consecuencia de esta
triste historia fue la hegemonía de Buenos Aires sobre el resto de las provincias de la Confederación. Pero esa dominación se remontaba a un tiempo anterior a la vida independiente, era una herencia de las reformas borbónicas, cuando Buenos Aires se convirtió en la sede capitalina del virreinato del Río de la Plata.

La victoria de Urquiza en la batalla de Caseros fue el punto de partida de la regeneración política, bajo el sistema federal proclamado en la tan esperada constitución, que instalaba como capital de la nación a Buenos Aires. El diario significativamente guardó silencio sobre este hecho y se inhibió de cuestionar a Urquiza. Ese porvenir grandioso que se abrió, una vez derrocado Rosas, fue enturbiado por la revolución del once de septiembre de 1852, cuando Buenos Aires estorbó la organización constitucional de la República, y no relegó a favor de la nación los poderes que usurpaba (renta, comercio, facultades exteriores, etc.). Tal actitud fue el germen de la separación de las provincias hermanas, llegándose a la tragedia de la batalla de Pavón que llevó a la restauración de la centralización metropolitana, disfrazada del bautismo federal.

En este cuadro Urquiza aparecía como un héroe, el gran caudillo argentino, al que la nación le debía la organización y la libertad. Si bien el pasado del vencedor de Caseros era legítimo y reivindicado, no sucedía lo mismo con su posicionamiento político en el presente. El diario, en concordancia con los federales, le reprochaba su derrota en Pavón y su pasividad o "apoyo" a la gran política de Mitre en el exterior -la guerra de la Triple Alianza-, y en el interior -las intervenciones federales-. Aunque le reconocían que "sacrificó su amor propio en aras de la concordia", le cuestionaban que esto lo hubiese llevado a entregarse al partido unitarista, exclusivista y oligárquico, en definitiva, a la dominación de las provincias en beneficio de Buenos Aires.

Durante el año 1868 la cuestión capital estuvo fuertemente vinculada a la cuestión presidencia. La Capital, a pesar de las críticas a Urquiza, proclamó su candidatura -por ser el representante del partido federal y del espíritu nacional- como la única que podía salvar a la nación del caos, porque él era la garantía de la paz internacional y de la unión de la familia argentina, él solucionaría patrióticamente la cuestión capital. El diario consideraba que la elección de Urquiza como presidente era la voluntad y la opinión libre de los pueblos, a diferencia de los otros candidatos, que utilizarían la fuerza material para imponerse.

Es de destacar que en los meses previos al triunfo de Sarmiento no se confió en que éste daría una capital permanente, se lo presentó como el candidato del partido unitario, como el continuador de la política del círculo separatista de Buenos Aires, que no se había querido subordinar a la ley suprema del interés general. El combate a su candidatura fue feroz lo acusaron de necio, loco, payaso, falto de cerebro y de sentido.

A fines de 1868, tal como afirma Tulio Halperin Donghi, se aceleró la decadencia del federalismo; éste perdió a la única figura, que pese a las crecientes resistencias que despertaba en sus correligionarios, tenía entre ellos gravitación más que provincial. El asesinato de Urquiza hizo posible un avance decisivo en la afirmación de la supremacía del estado central.

A medida que pasaban los años, el diario empezó a comprender que el contexto económico y político estaba modificándose. Y más allá de las críticas apasionadas y elocuentes a las políticas de los gobiernos constitucionales desde 1862, el matutino defendió a ese estado nacional en formación, el cual iba a adquirir la fuerza moral que aún le faltaba, una vez que la República tuviera una casa propia fuera de Buenos Aires. Ese estado debería hacer efectiva la letra indeleble de la constitución nacional, y así respetar las autonomías provinciales y los principios republicanos en ella estatuidos. Con el transcurso del tiempo el espíritu combativo de La Capital se fue apaciguando, comenzó lentamente a entrever que las épocas de paz no estaban tan lejanas en el tiempo, y optó por alinearse con el modelo de integración económica y política que conducía la provincia hegemónica. El diario apoyó las políticas de construcción de ferrocarriles y de caminos. Se opuso enérgicamente a la resistencia armada que presentaron los gobiernos provinciales al avance del Estado nacional y luchó con todas sus fuerzas por la creación de un Banco Nacional para finalizar con la anarquía monetaria.

Era consciente que la experiencia de la Confederación Argentina había demostrado el fracaso de un proyecto alternativo con las restantes provincias sin Buenos Aires. Los planteos del diario, en ningún momento fueron separatistas, por el contrario, trataba de buscar la forma de contrabalancear las terribles diferencias sociales, económicas y culturales entre Buenos Aires y las demás provincias; por ello su prédica a favor de una capital fuera de Buenos Aires era funcional con un proyecto de país más equilibrado en la distribución de las riquezas materiales y culturales.

Reflexiones finales

Entre 1867 y 1875, en las sesiones de ambas cámaras del Poder Legislativo nacional, se evidencian opiniones encontradas entre quienes pusieron todo su empeño para que se dictase una ley de capital, y quienes se opusieron. Las disputas giraron generalmente sobre la conveniencia o no de dictar la ley, en la designación del lugar para capital del país y en las interpretaciones sobre el pasado nacional.

En aquellos años existió un fuerte debate en torno al pasado reciente porque evidentemente el mismo no se hallaba cerrado. Las élites del proceso de construcción del Estado nacional, seguían disputando los sentidos y significados de su historia en función de las luchas políticas e ideológicas del presente. Lo que se constata es la ausencia de una memoria única sobre lo acontecido en la historia cercana, más bien existían múltiples memorias y las mismas se hallaban en lucha.

Los contemporáneos que estuvieron posicionados a favor de resolver este tema, compartieron la preocupación de que era necesario que el gobierno nacional tuviese una capital definitiva, cumpliéndose el mandato constitucional, y así, finalizar con la coexistencia de dos gobiernos en la misma ciudad. Para estos protagonistas dar a la nación una sede política propia era la garantía de clausurar el pasado, de la finalización de la guerra civil presente o potencial, en tanto creían que se afianzaría definitivamente la paz y el gobierno nacional se hallaría más seguro, lejos de la influencia de otro Estado que se entrometiese en sus asuntos.

Por el contrario, los legisladores quedefendieron mociones de aplazamiento consideraron que era un tema que generaba pasiones, que podría llevar a reavivar la guerra civil si se resolvía definitivamente el asiento de los poderes públicos. Por ende, prefirieron esquivar los debates sobre el pasado, para evitar que las divisiones y los odios reaparecieran; entonces, creían que era mejor esperar el paso del tiempo para discutir y decidir un asiento definitivo para la capital. Además argumentaron que la residencia del gobierno nacional en Buenos Aires había sido un gran aporte para la consolidación de la organización nacional. Pareciera ser que los objetivos que éstos perseguían era lograr que la capital fuese Buenos Aires, aunque fueron conscientes de la imposibilidad de conseguirlo en aquellos años.

Según La Capital, existía una fuerte relación entre pasado y presente, ésta consideraba que todavía permanecían vivas las mismas tendencias que habían retardado la organización de la República, es decir, las centralistas, que seguían oponiéndose a proclamar una capital definitiva fuera de Buenos Aires, que garantizaría que el sistema federal fuese una realidad, y dejase de ser una farsa, una comedia o una mentira. A pesar del desarrollo de la organización nacional aún perduraban huellas de un pasado que debía cerrarse y que ni siquiera las dos revoluciones fundantes de la regeneración política de la nacionalidad, habían podido extirpar. La primera de las revoluciones fue la de mayo de 1810, la cual trajo la independencia y la libertad, que tan sólo se había convertido en una realidad en relación a la dominación exterior: la de la metrópoli española; pero no se había acabado con la opresión interior: la de la metrópoli del Plata. Y la segunda fue la revolución que derrocó a la tiranía rosista. Aquella fue pasajera, porque los perversos políticos porteños, no se resignaron a perder el papel de tutelaje sobre las provincias hermanas y se resistieron a colaborar con la naciente organización nacional que se fundó con el pacto constitucional. El día de esa resistencia quedó simbolizado el once de septiembre de 1852.

Para el periódico rosarino, las batallas del pasado como las del presente se resumieron en las luchas entre la centralización y la descentralización, la primera fue interpretada como una traición al modo de ser, al espíritu del pueblo argentino. El proyecto político del diario era funcional a un proyecto de transformación del presente, en vistas a un futuro, que garantizase el triunfo final de la descentralización y se destruyese ese unitarismo camuflado pero vivo, que representaba el partido centralista, localista, exclusivista, anarquista, explotador o separatista que desde Buenos Aires manejaba la República.

Es decir, para La Capital sólo podría clausurarse el recuerdo del pasado, si el sistema de gobierno que se juró en la constitución de 1853, y que Buenos Aires aceptó, con sus consiguientes reformas, en 1860, fuese una verdad. Uno de los pasos necesarios para lograrlo, era acabar con la anormalidad de la falta de una capital permanente y en una localidad diferente a la de la antigua capital unitaria. Por lo tanto, ese día simbolizaría el definitivo triunfo de la tendencia que pugnaba por la descentralización, es decir, la federal, y además, sería una revolución que complementaría a la de mayo, que no había acabado con la dominación que sobre el interior ejercía Buenos Aires.

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Fuentes hemerográficas
La Capital, (1867-1873).
El Nacional de la Semana (octubre de 1868-1869).

Fuentes éditas
Cámara de Senadores de la Nación (1867-1875).
Cámara de Diputados de la Nación (1867-1875).
"La Capital". Un siglo al servicio de la patria chica. Martes 14/11/1967, Rosario.
"La Capital". Un siglo al servicio de la patria chica. Miércoles 15/11/1967, Rosario

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