El Mundo
Sábado 04 de Junio de 2016

La campaña electoral peruana, un plebiscito sobre el fujimorismo

Desde prisión, el ex presidente condenado por asesinatos y corrupción se mantiene como el político más importante del país

En 1989, el ingeniero agrónomo y matemático de 51 años Alberto Fujimori, rector de La Molina, una universidad estatal especializada en carreras agropecuarias, tuvo el sueño de que podría ser senador del Perú y creó para ello un partido de ideología difusa, Cambio 90. Como sólo era conocido entre la comunidad de La Molina, entre pocos campesinos que veían un programa de televisión con consejos de cultivos y entre descendientes de japoneses, Fujimori se inscribió además para la Presidencia, posibilidad que existía entonces. Así, creyó, lograría más votos para el Senado.

Una serie de circunstancias extrañas llevaron a que en 1990 se diera una de las mayores sorpresas electorales en la historia de América latina: El novel "Chino", que prometía "honradez, tecnología y trabajo", ganó la Presidencia tras derrotar al más prestigioso intelectual del país: el escritor Mario Vargas Llosa.

Ventiséis años después y tras una década de gobierno tormentoso basado en una ideología de derecha radical, Fujimori lleva nueve años preso y en teoría debe pasar así 16 años más, pues la Justicia lo condenó como autor mediato de 25 asesinatos y dos secuestros. Además, ha sido condenado por siete casos de corrupción, pero en el Perú las penas no se acumulan.

Desde la prisión, sin embargo, el matemático que consulta con brujas se mantiene como el político más importante de los últimos tiempos en el Perú y prueba de ello es que la segunda vuelta presidencial de mañana, entre su hija Keiko y el ex ministro de Economía Pedro Pablo Kuczynski, es virtualmente un plebiscito sobre su nombre.

Méritos. A Keiko le reprochan los críticos que no tiene méritos propios y que su arraigo popular, fuerte sobre todo en los sectores más humildes, es heredado de su padre, a quien se le reconoce haber dado certeros golpes al terrorismo y haber reencaminado la economía tras el desastre causado por Alan García (1985-1990).

Pero si el padre es el gran mentor de Keiko, también es su mayor obstáculo. El decenio fujimorista, que incluyó un período de abierta dictadura y una "re-reelección" irregular, fue un festín de corrupción (unos 6.000 millones de dólares perdidos, según estudios internacionales), de atropellos a los derechos humanos y de acaparamiento de poder por fuerzas subterráneos.

El lado claro de Fujimori, que según sus críticos incluye mucho mito, hace que, 16 años después de que huyera y pretendiera renunciar por fax desde Japón, cuente con el apoyo de sectores que, o lo creen inocente, o lo justifican con la definición del "ladrón que hace obra".

Pero el lado oscuro permite aglutinar a prácticamente todas las fuerzas que van desde la izquierda hasta la derecha moderada, listas para cerrarle el paso a lo que consideran un modelo fascistoide y aliado con el crimen organizado, en particular con el narcotráfico.

La alternativa. Kuczynski, un liberal ortodoxo en la economía que siempre se peleó con la izquierda y fue visto como la encarnación del gran capital y sus lobbies, es ahora el candidato de todos aquellos que no solo odian al fujimorismo por razones ideológicas, sino le temen por las cosas de las que ha demostrado ser capaz. Es posible que si no hubiera sido Kuczynski el que pasara a segunda vuelta, sino la izquierdista Verónika Mendoza, el socialdemócrata Alfredo Barnechea, el liberal Julio Guzmán (a quien no se le permitió inscribirse por supuestos errores formales) o algún otro, habrían sido ellos quienes captaran el sentimiento antifujimorista. De hecho, hace cinco años lo captó el hoy presidente Ollanta Humala, quien le ganó a Keiko en segunda vuelta pese a ser percibido como un potencial izquierdista de la línea del entonces presidente venezolano Hugo Chávez.

¿Actores de reparto? Esta vez, tras un paciente trabajo que la llevó a recorrer todo el país durante cinco años para tejer alianzas y ganar simpatías con argumentos válidos o con prácticas clientelistas, Keiko se ha reforzado y tiene más opciones, pero sin nada ganado. En medio de todo, Keiko y Kuczynski son actores de reparto.

El gran orquestador, el protagonista que casi no se ve, es Fujimori padre, quien a los 77 años sigue la campaña presidencial desde su cómoda celda en un cuartel de la policía peruana, aquejado de una hipertensión, una depresión y un riesgo de cáncer de boca que parecen desaparecer por encanto cuando las circunstancias lo exigen.

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