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Domingo 05 de Julio de 2015

La calle de los tesoros sin fin

Muchos viajeros conocen a las ciudades por sus museos, sus monumentos, sus parques, sus restaurantes, sus shoppings. Yo las conozco por sus bares y sus librerías (algunos de mis amigos insisten en que también lo hago por sus mujeres, pero no conviene dar crédito a tan malintencionadas versiones).

Muchos viajeros conocen a las ciudades por sus museos, sus monumentos, sus parques, sus restaurantes, sus shoppings. Yo las conozco por sus bares y sus librerías (algunos de mis amigos insisten en que también lo hago por sus mujeres, pero no conviene dar crédito a tan malintencionadas versiones).
El DF no es una ciudad: es un mundo. El que quiera andarla, que no tenga miedo: el miedo paraliza, y para conocer hay que soltarse en el viento. Hay que preparar un bolso con una botella de agua y una petaca con cualquier líquido de contenido alcohólico alto (en el DF, elija mezcal antes que tequila), un libro por si se cansa y quiere sentarse a reposar en alguna plaza (las hay muchas y maravillosas), algún elemento sólido para ingerir en caso de emergencia y listo, a caminar. Sólo caminando se entra en contacto con el paisaje.
El DF es fatal para el adicto a los libros. Digamos, por ejemplo, que uno se largó a recorrer Coyoacán y que tras haber quedado sometido a la trágica belleza de Frida Kahlo en la Casa Azul se largó a vagabundear sin rumbo fijo. Entonces puede ocurrir, por ejemplo (como me ocurrió a mí), que se tope con una librería de nombre certero e inolvidable: El Tomo Suelto —qué preciso, ¿no? Cuántas veces habremos salido a buscar esa auténtica aguja en un pajar que constituye el ejemplar faltante de una colección incompleta—.
El Tomo Suelto está en la avenida Miguel Ángel de Quevedo al 776 y yo no podía creer lo que veían mis ojos: largos, infinitos estantes y un gato manso y gordo deambulando entre ellos, maullándome cuando sacaba algún volumen de su descanso silencioso. La cosecha fue importante: un extrañísimo Chéjov que buscaba desde hace décadas, un M. I. Finley (el gran historiador británico especializado en la antigua Grecia) que había perdido en un divorcio, un Efraín Huerta —Poemas prohibidos y de amor— que no podía dejar atrás.Etcétera. ¡Etcétera, socorro! La consecuencia de semejante profusión de hallazgos fue una importante sobrecarga en la mochila para los próximos kilómetros de caminata. Pero calavera no chilla, bibliófilo tampoco.
Sin embargo, el paraíso de los libros de viejo en el DF no está en Coyoacán, sino en el Zócalo (centro histórico de la ciudad). Más específicamente, la piedra filosofal, la flor azul, se oculta en la calle Donceles. Allí, una tras otra, se abren decenas de librerías. Algunas parecen túneles donde acecha el Minotauro; otras se abren gentiles, como manos de mujer en la noche. Hacen falta días, paciencia, juventud para recorrerlas a fondo. Son tres virtudes que ya no poseo. Pese a ello, coseché un Rilke en edición chilena que bien vale su peso en oro. O en whisky.
Otras andanzas incluyeron las librerías del Fondo de Cultura Económica (la Rosario Castellanos merece un capítulo aparte), Gandhi, Porrúa. Todo para sentarse finalmente en la mesa de un bar, pedir una cerveza helada, abrir el tesoro recién adquirido y sonreír.
Frente a nosotros, con los ojos brillantes, ella devuelve la sonrisa.

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