Opinión
Martes 28 de Junio de 2016

La burbuja demoscópica

Mariano Rajoy volvió a salir primero e incluso creció, y si bien es la segunda minoría más débil que se constituye en democracia, le sirve para revalidar su posición dentro del partido y evitar dar un paso atrás.

"La vida es resistir" escribió en un mensaje de texto el presidente Mariano Rajoy a Rosalía Iglesias Villar, mujer de Luis Bárcenas, ex tesorero del Partido Popular. Bárcenas estaba preso, acusado por múltiples delitos económicos perpetrados en el partido, y sigue en la cárcel años después de que Rajoy intentara consolar a su cónyuge. Atendiendo a su propia máxima, el candidato popular resistió estoicamente en la anterior investidura a la imposibilidad de formar gobierno e impulsó una táctica que a muchos parecía suicida: ir a otras elecciones.

El nuevo escenario traía un problema añadido: la confluencia de Podemos con Izquierda Unida y el aparente fortalecimiento de Ciudadanos que había roto una lanza por los socialistas y se habían mostrado dispuestos a impulsar la investidura de Pedro Sánchez. El fracaso de este propósito se distribuyó equitativamente con una merma de apoyo ciudadano al Psoe y de Podemos por ser un aparente obstáculo en ese proceso.

Es en este escenario en el que Pablo Iglesias y Alberto Garzón, los líderes de la formación morada y de Izquierda Unida respectivamente, alcanzan el acuerdo que no había conseguido cerrarse de cara a las elecciones del 20 de diciembre pasado.

Con Iglesias a la baja y Garzón en alza surge una posibilidad de la izquierda que les lleva a creer, encuestas mediante, en lo que se llamó el "sorpasso": el avance de Unidos Podemos -nombre de la nueva coalición- a una segunda posición por delante del Psoe e incluso, a ganar las elecciones.

No solo todas las encuestas privadas daban esta foto fija; el CIS (Centro de Investigaciones Sociológica), observatorio demoscópico oficial, dio una primera minoría con menos votos con respecto a la elección anterior al Partido Popular, la segunda plaza, cómoda, para Unidos Podemos; el tercer puesto para un Psoe en caída y, finalmente, la repetición de la cuarta posición a Ciudadanos pero con menos escaños.

No solo se llega con esta creencia al día de la elección; a las 20 de anteayer pasado al cierre del colegio electoral, la encuesta a pie de urna la confirma. Pero según avanza la noche y el escrutinio, los números se desbaratan y el partido de Mariano Rajoy pasa de los 123 escaños obtenidos en diciembre a ostentar ahora 137; el socialismo pierde 5 de los 90 que tenía pero retiene, sorpresivamente, la segunda posición y, finalmente, Unidos Podemos se queda con los mismos escaños que había ganado: 71 (69 de Podemos más los 2 de Izquierda Unida). Ciudadanos, por su parte, perdió 8 en el camino pero nadie se detuvo ayer en esta cuestión aunque tampoco es menor.

¿Qué ocurrió? ¿Brexit? ¿Colapso demoscópico? La salida del Reino Unido de Europa no es un tema anecdótico pero estalló el jueves, a tres días de la elección y, además, en ningún momento de la campaña los candidatos abordaron el tema. Sencillamente no estuvo en la agenda y pasó de soslayo en el cierre. Por lo tanto las razones de estos resultados no están fuera sino dentro. Y aquí cobra valor la pericia de Rajoy y la distracción de Podemos, más que la de Izquierda Unida dado que lo que explotó el Partido Popular fue el cúmulo de contradicciones de Pablo Iglesias.

Los conservadores polarizaron la elección: "O nosotros o el caos". O el orden o los extremistas (no hubo ahorro de adjetivos descalificativos). Como prueba de su acusación se señalaba al lobo con piel de cordero cada vez que Iglesias se autodefinía como socialdemócrata desafiando al Psoe o señalando a José Luis Rodríguez Zapatero como mejor presidente de la democracia. No se dejó un solo momento de propalar por los medios afines al gobierno los vínculos que los politólogos y sociólogos de Podemos mantuvieron en su día con el gobierno de Venezuela -por cierto, parte de la campaña se hizo desde ese escenario e incluso el líder de Ciudadanos viajó a Caracas-. Entre tanto, Pedro Sánchez no dejaba de pedir el voto comunista "sensato" para quebrar a aquellos simpatizantes de Izquierda Unida que veían con temor la opción populista. Ante este escenario, ¿qué rol jugaron las encuestas? Por una parte, sin duda, marcaron la hoja de ruta de Unidos Podemos: sus dirigentes se centraron en el "sorpasso", asumiéndolo como un hecho e invitando al Psoe, en todos los actos de campaña, a sumarse a una gran coalición de izquierdas. Y por otro, tal vez el más importante, permitiendo al Partido Popular exhibir estas contradicciones y señalar, encuestas en mano, que el apocalipsis estaba a muy pocos votos de la Moncloa.

La estrategia funcionó por la sencilla razón de que los afectados directamente por ella han sido los conservadores ganando y la izquierda retrocediendo.

Mariano Rajoy ha crecido y si bien es la segunda minoría más débil que se constituye en democracia -la primera también fue suya y la consiguió en la elección anterior-, le sirve para revalidar su posición dentro del partido y evitar dar un paso atrás. Pedro Sánchez ha cedido votos pero ha conseguido algo más importante: el segundo puesto que daba por perdido; desde allí vuelve a ocupar una centralidad poco útil pero, al igual que Rajoy, sigue compitiendo como opción moderada. Unidos Podemos debe revisar sus cuentas de manera perversa. La perversión estriba que no es una mala cifra para la izquierda no socialista, es la mejor que se ha obtenido en la democracia pero la brecha entre la realidad y el deseo la convierte en una posición envenenada tanto de cara a la futura negociación como ante las internas de los dos partidos de la confluencia. Ciudadanos, con menos escaños, sigue teniendo una cantidad interesante para negociar.

Rajoy retuvo el voto de derecha, el piso que le garantiza la tercera edad, y lo mejoró convirtiendo en sufragio útil parte del que en la elección anterior fue a Ciudadanos. Algunos votos de Unidos Podemos se esfumaron en busca del Psoe, muy pocos -por eso la sangría socialista no fue a más- y la mayoría de papeletas perdidas se quedaron en casa: la abstención alcanzó un 30,1 por ciento frente al 26,8 por ciento del 20 de diciembre, es decir, casi cuatro puntos que representan alrededor de 1.400.000 votos. En buena parte, son progresistas. En caso de ir a las urnas la burbuja demoscópica no habría sido tal y se hubiera producido el tan promocionado cambio.

El domingo por la noche los simpatizantes del Partido Popular saludaron desde la calle a su líder, asomado a la ventana del comité central, al grito de «¡Sí, se puede!». En España esta es la consigna de Podemos que esa noche, los populares, la tomaron prestada para hacer una broma a la izquierda. Es la misma que usa Cambiemos en Argentina, elegida en su día por Jaime Durán Barba como grito de guerra de ese frente conservador. De momento, en España, habrá que ver si Rajoy puede o no puede ser investido presidente. No es sencillo. Si no lo consigue, habrá tercera elección en Navidad.

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