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Domingo 12 de Abril de 2015

La boca del tigre

Las dos historias del porqué de su nombre me las contó el día que llegó a casa una invitación para un almuerzo de reapertura.

Las dos historias del porqué de su nombre me las contó el día que llegó a casa una invitación para un almuerzo de reapertura. El nuevo dueño, quién sabe cómo, había conseguido el nombre y los datos de casi todos los muchachos que se juntaban en ese bar en los ’50 y ’60. Un hombre que merecía al menos la atención, por atentar contra el olvido. Mi viejo estaba en el hospital, le habían sacado las cuerdas vocales por un tumor en la laringe, y con señas, ansioso y dolorido, comenzó a narrar; a veces resignándose a escribir, cosa que odiaba, como si así confirmara el deceso de su voz. Él, que cantaba tangos, que gritaba los goles de Gramajo. Él, quedarse sin voz.
Estaba en la esquina sudeste de Vera Mujica y Salta, creo que ahora hay un restaurante de comidas mexicanas. Por lo menos no era tan grande el terreno como para que clavaran un templo evangelista o un edificio. La primera versión trata de una mañana de sábado, con los rayos tajeando las mesas y los paños. Los muchachos jugaban casín, otros tragaban el vermut con el diario en la falda, discutiendo las formaciones para el domingo, o los recuerdos tironeados de la milonga pasada, que se repetiría por la noche. El gringo Tannone estaba cubriendo al encargado, que se había escapado con una mina a la Schlau. Cuando sonó el teléfono de atrás del mostrador, el gringo atendió y sin titubear dijo: “La boca del tigre, buenos días”.
Nunca vamos a saber de dónde sacó eso, porque mi viejo no pudo ir al reencuentro; murió dos días después de recibir de mis manos la invitación, pasaje triste para cruzar un Aqueronte marrón; el barquero un pescador con la camiseta ajada de Central. El gringo, Victorio, Cavagnaro y los más íntimos del viejo habían muerto unos años antes. La última vez que se juntaron fue cuando murió Olmedo, y no fueron todos. Olmedo no era de la barra, él se juntaba en el Luchador, el de Francia y Salta. Pero lo querían, y cuando lo recordaban confirmaban todos sus mitos, que había meado desde el trampolín de la pileta de Ñubel, o que en el bar, a la mañana, se sentaba frente a las viejas y les hacía muecas para que escupieran el café con leche.
La otra versión parece inverosímil. Ese mismo sábado, misma mañana y sol, y calor apretando entre las mesas, sintieron algo extraño. Y cuando digo sentir, no se trata de audición, ni de olores, sino un ánimo que venía desde de adentro de cada uno, un vacío que compartían sin saberlo, y que asieron cuando pudieron mirarse, tan sólo segundos antes de ver la sombra que aparecía por la puerta abierta, visión onírica de un dios perdido en el tiempo, una epifanía de Blake. Primero fue una mancha que opacó la claridad y después, cuando atendieron a esa variación de la luz, alcanzaron a ver el lomo que se balanceaba entre los hombros, avanzando por los senderos que dejaban las sillas con la cautela y la seguridad del que se adueña. El rugido no les dejó dudas. Algunos corrieron al patio de atrás y se encerraron en el baño. Otros saltaron el mostrador o se subieron a las mesas de billar, desparramando vasos y ceniceros. El viejo quedó inmóvil, mirándolo de frente, parado frente a la bestia como si supiera qué hacer, como si hubiera esperado que lo confundiera con un mueble, la fiera suelta en un museo de cera de los barrios de antaño. Le dijeron que eso le había salvado la vida, no haberle dado la espalda. El tigre lo miró con indiferencia, y luego de un bostezo giró sobre sí mismo y salió; se oyeron los gritos de las comadres y los que, desde el tranvía, soltaron los pasajeros. Victorio sorprendido, le preguntó: ¿Qué te quedaste mirando, boludo? La boca del tigre. ¿Le viste los dientes?
En la morgue del hospital me dieron en una bolsa de consorcio, sus ropas y las pocas cosas que habían quedado en la habitación. Allí estaban su dentadura, la invitación y los garabatos en birome con los que había apoyado su relato. Rodeado de tubos oxidados y paredes grises, ornamentos de las exequias pobres, recordé aquel poema de Enrique Banchs que compara a la fiera con su odio: “Tornasolado el flanco a su sinuoso paso/ va el tigre suave como un verso…”.
Bien podría también hablar del tiempo; bien podría hablar de nuestra muerte.

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