Amia
Sábado 13 de Agosto de 2016

La banalidad del discurso

En foco. Promesas electorales incumplidas, vaticinios que jamás se concretan y definiciones insólitas han sido desde siempre parte de una Argentina que a veces se la puede reconocer por las frases de su dirigencia. Algunas, como las del ex secretario de Comercio Interior Guillermo Moreno, le agregan una cuota de agresividad explícita. .

No hace falta contar con la capacidad mental del personaje de Jorge Luis Borges en el magnífico cuento "Funes el memorioso" para retener partes de insólitas frases o discursos de los últimos años que pintan de cuerpo entero a la Argentina. La verba fácil, la promesa liviana e incumplible o la acusación más indecorosa es la característica de parte de la clase dirigente de todos los tiempos.

Tampoco hace falta remontarse muy atrás para hallar frases que quedaron marcadas a fuego y todavía hoy resuenan los interrogantes de para qué fueron formuladas.

Hace pocas semanas se cumplió el vigésimo segundo aniversario del atentado a la Amia, donde murieron 85 personas y otras cientos resultaron heridas. A los pocos días del ataque, el juez federal Juan José Galeano pronunció una frase inolvidable: "Se van a caer de espaldas", dijo en relación a que pronto esclarecería el atentado y se sabría quiénes lo ejecutaron.

La historia culminó con Galeano destituido por mal desempeño y por sobornar a un testigo con fondos reservados de la Side para que acuse falsamente a policías bonaerenses. Actualmente se lo juzga como imputado por encubrimiento de la masacre.

Diego Maradona, ícono de la Argentina en todo el mundo, inmortalizó al país con una frase creativa para minimizar una trampa, un engaño deportivo. "Fue la mano de Dios", reconoció como la "ayuda" que recibió para convertir un gol a los ingleses en el Mundial de 1986. Maradona, sin dudas uno de los mejores jugadores de fútbol que se haya visto, no es precisamente un ejemplo para nadie en su vida personal y sus intervenciones fuera del deporte siempre han sido nada felices. Poco antes de la final de la última Copa América disputada en junio pasado en Estados Unidos, donde se volvieron a enfrentar chilenos y argentinos, dijo que "si no ganan, (por los jugadores de la selección nacional) que no vuelvan". Perdieron, regresaron, la vida continúa y esa frase quedó registrada como una más en el archivo de la estupidez humana.

Más recientemente y desde las antípodas de Maradona en cuanto a formación académica y cultural, el ex presidente del Banco Central durante el gobierno de Carlos Menem, Javier González Fraga, disparó una frase de colección: "Cristina Kirchner le hizo creer a un empleado medio que su sueldo servía para comprar celulares, plasmas, autos, motos e irse al exterior. Eso era una ilusión. Eso no era normal". González Fraga estudió en Harvard y en la London School of Economics.

Los presidentes. Ni siquiera ocupar el más alto cargo del país exime a sus protagonistas de la frase fácil, formulada casi sin detenerse a pensar sus alcance y oportunidad.

Cristina Kirchner, a lo largo de ocho años de gobierno, tuvo una colección de intervenciones insólitas que mantiene después de terminar su mandato cuando aparece en público sin capacidad alguna de autocrítica. Cuando era presidenta y se refería a algún acontecimiento histórico que no manejaba, pero pretendía dar cátedra, quedaba muy expuesta. "¿Saben por qué llegó Hitler? Porque habían humillado a Alemania y entonces se montaron en un discurso xenófobo ultranacionalista, y así surgió el nazismo. No producto de la inflación, el nazismo fue la consecuencia de las condiciones que los aliados le impusieron a la Alemania vencida en la Primera Guerra Mundial a través del Tratado de Versalles", había explicado Cristina durante un acto en la Casa Rosada con directivos alemanes y argentinos de la Mercedes Benz.

Pretender resumir en un párrafo y dar sentencia con superficialidad absoluta sobre uno de los períodos de la historia más estudiados por historiadores de todo el mundo sonó casi a una falta de respeto.

Pero no es la única. El actual presidente también tiene lo suyo a pesar de los pocos meses en el gobierno. "El Estado no tiene que quedarse con el fruto de tu trabajo. En mi gobierno los trabajadores no van a pagar impuesto a las ganancias. Ese es mi compromiso", decía Mauricio Macri en uno de los videos de la campaña electoral. Cuando asumió no cumplió con esa promesa y anunció que recién en 2017 se modificaría parcialmente el gravamen.

Además de inefables opiniones sobre la trágica historia argentina durante la última dictadura, otra frase presidencial reciente también causó sorpresa: "Lo que les tengo que pedir es que por favor entendamos que la Argentina necesita que cada uno de nosotros sea responsable y consuma la mínima energía posible. Si están en sus casas en remera y en patas, es porque están consumiendo energía de más".

Hasta su socia política Elisa Carrió cuestionó esa aserción por inapropiada. En la Argentina hay muchos chicos descalzos no en casas calefaccionada sino caminando por las calles, como el reciente caso de la nena santafesina que sin calzado y en pleno invierno fue a buscar a su hermana al colegio.

El peor de todos. Durante la función pública de siete años como secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno fue una especie de monje negro temido por los empresarios (que no lo pudieron sobornar ni comprar como a otros) nunca dispuesto a enfrentar un reportaje periodístico no concesivo. Según él mismo explicó esa fue la estrategia de su agrupación política en el poder, la de no hablar con la prensa, como si un cargo público se pudiese desarrollar sin dar explicaciones.

Una vez que dejó la función pública, después de dos años de premio en la embajada de Roma, una de las ciudades más bellas de Europa, Moreno reapareció en la escena política como una suerte de bufón de palacio con incontinencia verbal. Los productores de programas políticos de TV lo invitan porque saben que les asegura transgresión permanente, agresión verbal, matonismo e histrionismo para subir el rating. Lo único que le falta para completar su circo mediático es bailar en uno de los programas más decadentes de la televisión nacional.

Para denostar la actual política económica del gobierno, Moreno perdió su libreto y banalizó la tragedia argentina durante la última dictadura. "Videla tiró compañeros al mar, pero no se metió con el precio de la comida", repitió en varios de esos envíos televisivos donde los panelistas lo alientan a decir barbaridades, como las que preguntan con frecuencia. La semana pasada, incluso, amenazó pegarle a un periodista especializado en economía al que trató de idiota porque le cuestionó los índices de inflación mentirosos del Indec durante el gobierno kirchnerista, que todos sabían, incluso los funcionarios, que eran truchos. Moreno se levantó de su sillón, amenazó con no continuar si el periodista se quedaba en el estudio y lo invitó a "arreglar" las cosas afuera, en una típica actitud de matón de feria. "Si vos pensás que podés decir que un invitado miente, porque se te ocurre decir que miente, en realidad sos un idiota, con idiotas no hablo", le dijo Moreno al periodista, casi paralizado por la situación.

Días después de este show, Moreno sufrió un robo en sus oficinas y de inmediato, sin más trámite ni información, responsabilizó al gobierno al calificar el episodio como un hecho político y "propio de un gobierno oligarca". Pero esa bravuconada no fue lo peor, sino la frase que le siguió: "Ya le dije a la ministra Bullrich que tiene tiempo para investigar, si no las organizaciones libres del pueblo sabemos lo que tenemos que hacer". ¿Qué quiso decir?

Lengua y filosofía. En 2015, el año anterior a su muerte, el escritor y filósofo Umberto Eco presentó su última novela "Número cero", un manual de las deformaciones profesionales del periodismo para obtener prebendas y dinero del poder político a través de la extorsión y la manipulación informativa.

En una excelente entrevista de la periodista Mariana Artusa, publicada en la revista Ñ del diario Clarín, Eco se refirió a estos temas que trascienden la linealidad.

Cuando le preguntaron si decir algo falso es mentir, respondió: "Pueden ser dos cosas distintas. Mentir es decir aquello que yo sé que es falso. En cambio decir una falsedad puede ser simplemente un error. Por ejemplo, Ptolomeo no mentía. El creía en serio que el Sol giraba en torno a la Tierra. Como estudioso de semiótica, siempre he sostenido que lo que caracteriza a los signos, a los lenguajes, no es tanto que sirvan para nombrar lo que existe delante de nuestros ojos sino que sirvan para referirse a lo que no está. De este modo también sirven para mentir. El problema de la mentira y de lo falso siempre ha sido, desde el punto de vista teórico, muy importante para mí. Está ligado al problema que interesa a todo filósofo y que es el problema de la verdad. Establecer qué es verdadero es muy difícil. A veces es más sencillo establecer qué es falso".

Toda una definición del lúcido Umberto Eco para repensar la realidad argentina.

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