Opinión
Sábado 28 de Mayo de 2016

La Argentina de ficción

En foco. El deseo de los gobiernos de todas las épocas de desviar la atención de los problemas de la sociedad hacia la frivolidad encuentra en distintos estamentos campo muy fértil. Hasta los asesores del gobierno contribuyen. Ni qué hablar de los mediáticos, sean ex jueces o modelos.

Al mejor estilo del circo romano de principios de la era cristiana, el entretenimiento popular como efecto narcotizante de las masas sigue más vigente que nunca. Cuanto más alejadas de la información rigurosa, del conocimiento y de la cultura y con el sentimiento nacional estimulado, mejor para quienes ambicionan poder.

La Argentina ha sido una gran escuela de especialistas, a través de toda su historia, que han utilizado el sentimiento nacional, siempre rayano al chauvinismo, como un elemento movilizador que oculte fenómenos "indeseables". Tal vez uno de los ejemplos más notorios fue cuando la última dictadura ideó la campaña de "Somos Derechos y Humanos" antes y durante el Mundial de Fútbol de 1978.

Mientras se gritaban los goles de la selección nacional en el estadio de River Plate, a metros de ese lugar se ubicaba el principal centro clandestino de detención y muerte del país, la Escuela de Mecánica de la Armada. Gracias a una política de cerrojo mediático, que hoy resultaría imposible de lograr por la diversidad de plataformas comunicacionales, la mayoría de la población sostenía por entonces que, efectivamente, la peor represión y perversión inimaginables en estas latitudes era una fantasía producto de una campaña antiargentina diseñada desde el exterior.

Palabras vacías. Con la recuperación de la democracia, distintos dirigentes del país continuaron con la utilización del sentimiento nacional y también apareció con fuerza lo banal y desprovisto de contenido para generar el mismo efecto disciplinador de los temas de debate a instalar en la sociedad. Así, las verdaderas carencias y dificultades pasan a un segundo plano. Esto no es un invento argentino, como a muchos les gustaría creer, sino que como se ha dicho viene de la antigüedad y se ha desarrollado durante todos los períodos históricos y en todas partes del planeta.

En lo que respecta a la Argentina, no es casual que el programa de televisión más visto del país esté plagado de frivolidad y tonterías en un marco donde aparentemente las parejas solo compiten en un simple baile. En realidad, esa demostración de habilidades artísticas es un mero disparador para todo un entorno de ficción, de un mundo irreal al que es ajeno la absoluta mayoría de los televidentes, pero que sin embargo siguen atrapados y fieles a través de los años.

En la política ocurren cosas parecidas. Desde el "síganme, no los voy a defraudar" de Menem, al "qué lindo es dar buenas noticias" de De la Rúa, pasando por "A la Argentina que viene la hacemos entre todos", de Cristina y finalmente al "Cambiemos, sí se puede" de Macri, hay puntos coincidentes. Todas son frases vacías, utópicas, con promesas electorales que luego no se pueden cumplir y que necesitan con el tiempo de elementos distractivos masivos para que la realidad sea digerida sin tanta angustia.

El diseñador de esas políticas para el actual gobierno es un académico ecuatoriano, Jaime Durán Barba, que se presenta como ajeno al marketing político y más cercano al análisis de los factores sociales y conductas de la población. No hay dudas que en el caso de Macri ha hecho un buen trabajo porque, por ejemplo, pese al llamado desesperado de los antikirchneristas para que Macri y Massa fueran juntos en las elecciones, consideró que esa alianza no era conducente al triunfo electoral.

Ahora, a casi seis meses de la asunción de Macri, Durán Barba tiene llamativamente más presencia en los medios de comunicación que antes, pero sus análisis de la realidad y discurso político no parecen ya tan certeros. Es que se terminaron las frases hechas y las promesas tienen que hacerse realidad, en un país mucho más complejo de lo que se imaginaba. Sus últimas apariciones han motivado incluso enfrentamientos dentro del mismo partido gobernante, lejos de la calma y la no confrontación que postuló siempre para el PRO. Se equivocó al minimizar el hambre y la pobreza en un país cuyos indicadores sociales han sido siempre malos e inexplicables.

Incluso, Durán Barba lanzó una serie de agravios y chistes fáciles ("ha sido un gran estadista, tuvo poca inflación en su período") contra el senador Federico Pinedo, uno de los políticos más moderados que presenta el oficialismo y a quien le tocó hacerse cargo por doce horas del Poder Ejecutivo en el papelón internacional del cambio de gobierno de diciembre pasado.

El propio Durán Barba confesó que lo llaman de otros países para "inventar, urgente, un Macri", una definición poco feliz y hasta arrogante que denota atribuirse la "creación" de un líder político que llegó a la presidencia. Pinedo dice que el ecuatoriano no representa al PRO ni a Macri. ¿Será verdad? Hay muchas dudas y tal vez sea el comienzo visible de la interna en el oficialismo.

El PRO siempre ha tenido sensibilidad para lo creativo y hasta mágico. Tal vez por eso hoy se recuerde cuando en 2012 Macri y todo sus seguidores, en el gobierno de la ciudad de Buenos Aires, recibieron al gurú Sri Sri Ravi Shankar, un hindú que apela a lo espiritual y enseña técnicas de respiración para acabar con todos los males que azotan a la humanidad. Parece que en la Argentina todavía no ha tenido éxito.

La Justicia. La Argentina ficcional también comprende a algunos magistrados federales que lejos de interpretar lo relevante de su posición hacen todo lo posible para que su exposición mediática trivialice su función y les comprendan las generales de la ley de la degradación del país. Designado durante el menemismo, a Norberto Oyarbide se lo conoció como integrante de la famosa "servilleta" donde el ex ministro Carlos Corach, se asegura, escribió los nombres de los jueces que manejaba el gobierno de ese entonces. Envuelto en casos resonantes que lo involucraron personalmente, recibió varios pedidos de juicio político que nunca prosperaron pero que probablemente influyeron en sus decisiones, algunas más polémicas que otras, sobre casos de una gran importancia nacional.

Pero Oyarbide no ha sido el único culpable en menoscabar la imagen de un poder del Estado que debería ser insospechado de presiones y de exhibicionismo. Esta semana, un programa de entretenimientos de la TV porteña, llamado "Desgenerados", lo invitó al canal para una entrevista periodística. Aprovechando el histrionismo de Oyarbide, retirado hace muy poco de la Justicia antes de que lo enjuicen, la charla giró mayormente sobre su vida personal y no acerca de su actuación como juez de la Nación. Fue así que lo hicieron llorar al recordarle a su madre ("fue la rectora de mi vida", dijo) y terminaron haciendo que baile y muestre sus dotes para la danza. De sus fallos, juicios políticos, sospechas de parcialidad para los poderes de turno, ni una sola pregunta.

Cuestión de altura. Para sumar más ruido a un ambiente de por sí ya turbio y anestesiado, ciertos personajes de la farándula tienen que ir a fondo y apelar a sus habilidades creativas para mantenerse vigentes y aportarles a los medios masivos "combustible" para sus audiencias, que seguramente leen y escuchan más sobre el corto romance de Vicky Xipolitakis y el diputado José Ottavis que la tragedia de los migrantes africanos que naufragan y mueren en el Mediterráneo.

El sainete de estos dos personajes los llevó incluso a una mesa televisiva, sobrevalorada políticamente, donde transitan lo que son parte del problema de los argentinos y no de la solución. Son almuerzos donde el narcisismo es llamativo y se mezclan la biblia y el calefón para aportar más a la confusión general.

Del amor profundo, sólido y puro de hace unas semanas, a la ruptura misteriosa, secreta y cargada de sospechas de Vicky y Ottavis transcurrió un solo acto de la comedia. Ahora vendrán los restantes.

La ahora ex pareja de la modelo voluptuosa y el legislador peronista representan, tal vez, una parte de los símbolos de la Argentina: relaciones pocos durables, valores endebles, mentiras, confabulaciones y frases emotivas con exceso de gestualidad vacua. En síntesis, toda una ficción, como este país.

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