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Domingo 24 de Julio de 2011

La absurda política argentina

La debilidad de las potencias industriales parece, por ahora, circunscribirse a Estados Unidos y a la Unión Europea y todavía no se ha expandido ni afectado el precio de los commodities, una de las explicaciones en la que se sustenta el alto crecimiento económico del país en los últimos años.  

La Argentina transcurre por un momento histórico para poder despegar definitivamente del subdesarrollo estructural y crónico. La debilidad de las potencias industriales parece, por ahora, circunscribirse a Estados Unidos y a la Unión Europea y todavía no se ha expandido ni afectado el precio de los commodities, una de las explicaciones en la que se sustenta el alto crecimiento económico del país en los últimos años.

La renombrada aserción de que cuando en el norte estornudan aquí en el hemisferio sur nos resfriamos, no parece cumplirse desde la última gran crisis financiera internacional que comenzó en Estados Unidos en 2008 con el escándalo de las hipotecas subprime y la timba de Wall Street, que arrastró también a Europa y puso a su unidad monetaria en serio riesgo. Pero nada fue producto de la casualidad: en Estados Unidos la voracidad de rentabilidad, a través de la ingeniería financiera, fue capaz de transformar carteras incobrables para presentarlas como de máxima seguridad. Hubo complicidad de las calificadoras de riesgo que aseguraban que todo era maravilloso. Y en algunos casos existió el fenómeno conocido como "revolving door", es decir, estar de los dos lados del mostrador. Las calificadoras de riesgo tenían que evaluar el comportamiento de sus propios clientes y perdieron independencia de criterio.

Wall Street, por su parte, demostró ser un colador incapaz de advertir durante años cómo un operador del mercado financiero montó una estafa millonaria por unos 50 mil millones de dólares, la mayor de la historia atribuida a una sola persona. Le dieron 150 años de cárcel y el asunto parece haber terminado ahí, sin que, a pesar de las reformas financieras impulsadas por Obama, ningún funcionario responsable de los controles en el mercado haya sido responsabilizado.

Los helenos. En Grecia, la crisis de su economía tampoco es casual o atribuible a algún mal consejo de un oráculo de la antigüedad.

Grecia se endeudó muy fuerte para comprar armamentos en una insólita carrera con sus vecinos pocos amigos. Los bancos europeos y el mercado de capitales internacionales les prestaron sin miramientos y ahora les exigen que pague a costa de brutales ajustes en la economía del país. El rearme griego no estuvo exento de falta de controles y corrupción. Consorcios industriales alemanes como Ferrostaal están acusados de sobornar a funcionarios griegos para obtener contratos de compra de submarinos.

En la Argentina. El crecimiento sostenido del Producto Bruto Interno (PBI) nacional durante los últimos ocho años disminuyó dramáticamente el índice de desocupación, elevó los niveles de consumo interno pero no logró aún penetrar en amplios bolsones de pobreza y marginalidad que están contenidos con subsidios del Estado. Los temores que asoman en este modelo son dos: la inflación y si el alto precio internacional de la soja, entre otras materias primas, se mantendrá en los niveles actuales.

Sin embargo, como en los casos de Estados Unidos o Grecia, las políticas de los gobiernos no son obra de la casualidad. Con más dinero en las arcas, el gobierno nacional pudo distribuir mejor y dio origen a un fuerte enfrentamiento interno que tuvo su punto máximo de expresión con las protestas del campo por las retenciones a las exportaciones.

La política del gobierno de confrontar, avanzar y reducir al adversario hasta su eliminación política es la misma herramienta que utiliza la oposición, expresada en los sectores más acomodados de la sociedad que no están acostumbrados a un poder estatal tan desafiante ni a resignar nada. El verdadero enfrentamiento parece ser la puja distributiva de la riqueza y qué sector de la sociedad será más beneficiado si siguen los años de bonanza económica. No hay duda que debería recaer en los más postergados de la población.

Pero en un país donde la corrupción estructural cruza todos los ámbitos del sector público y también privado. En un país donde la Justicia es sospechosa de ser, en algunos casos, lábil a distintos intereses, las posibilidades de aprovechar un contexto internacional favorable para terminar con el subdesarrollo es dudoso.

Enfrentamientos. La política, necesaria para generar los cambios que beneficien a la sociedad, se ha convertido en el país en un instrumento que obstruye el progreso. Un progreso que cada sector lo interpreta como propiedad privada y que se camufla en declamaciones políticas o ideológicas cuando en realidad lo que se protege es el interés económico sectorial.

Cómo se explica, por ejemplo, que en la provincia de Santa Fe el agro y la industria, nacional o multinacional, estén exentos del impuesto a los ingresos brutos cuando cualquier pequeño comerciante de barrio tiene que pagarlo. Un proyecto de ley de reforma tributaria provincial para terminar con ese privilegio fue rechazado por el justicialismo, el mismo partido que a nivel nacional sí votó por más impuestos para el campo. Ese rechazo legislativo siempre generó muchas suspicacias.

Cómo se explica que los jueces de la Nación no paguen impuesto a las ganancias como cualquier ciudadano. No se ha visto ningún colegio de abogados o asociación de magistrados reclamar para que se termine con esa amoralidad, tal vez poco significativa en términos monetarios para el Tesoro Nacional, pero de indudable manifestación de igualdad ante la ley. Lo mismo con la renta financiera que no se grava o con los impuestos que reducen los sueldos de los asalariados que increíblemente deben pagar "ganancias".

Final abierto. Una sociedad dividida por los intereses particulares de cada sector es inviable para un proyecto colectivo de progreso sostenido y de equidad distributiva. Cada sector percibe al otro como un enemigo, se defiende, ataca y actúa en consecuencia. El absurdo de esta Argentina es la imposibilidad de mantener a raya el instinto destructivo que va de la mano de la interminable pelea política.

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