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Sábado 21 de Marzo de 2015

Juventudes maravillosas

San Martín, Belgrano o Moreno abrazaron las ideas revolucionarias cuando apenas rondaban sus primeras dos décadas de vida. Los treinta y chirola los encontró a los tres encumbrados representantes de esa generación, en plena defensa de sus sueños de independencia, en todos los campos de batalla: el militar, el político y el simbólico.

La pasión con que lucharon por aquel proyecto libertario nacional y sudamericano esos jóvenes se repitió en diferentes momentos de la historia argentina, en otros de edades similares que vinieron después a levantar los mismos estandartes.

Es que las juventudes no "son el futuro" como repiten algunos conservadores —que de esa manera pretenden sacarse de encima los reclamos incómodos de las nuevas generaciones y resguardar el estatus quo, prometiendo que llegará ese momento en que sí tendrán un lugar allí donde se cocinan los estofados de la historia—, sino que constituyen un poderoso motor constructor del mañana, pero en el presente.

En los años sesenta y setenta, millones de jóvenes lo entendieron así. Eran delegados fabriles, estudiantes universitarios y secundarios, quienes nutrieron las organizaciones gremiales, políticas y sociales que se multiplicaron como nunca a lo largo y ancho de la Argentina, bajo el proyecto general de construir una patria para todos, peronista o socialista como se la llamó en ese entonces, según el espacio donde se militase. Las víctimas del genocidio con que respondió el poder real (el de los grandes grupos económicos) de nuestro país a ese proceso de cambios que amenazó con terminar con sus privilegios —con las fuerzas armadas como mano de obra asesina— es por demás elocuente. Los secuestrados en los centros clandestinos de detención, torturados, desaparecidos o exiliados fueron en su amplísima mayoría jóvenes trabajadores o estudiantes.

Los juicios a los represores de la última dictadura cívico militar, conquistados gracias a la lucha de los organismos de derechos humanos e impulsados por las políticas de Memoria, Verdad y Justicia —sostenidas, debe reconocerse, desde las gestiones de Néstor y Cristina Kirchner—, son un documento incontrastable de esa realidad. Hoy miles de esos pibes y pibas que militaron en los setenta, que en la actualidad promedian los sesenta años, son los testigos en las audiencias orales donde se ventilan los hechos que los tuvieron como protagonistas cuando tenían 30, 25, 20 o hasta 14 años.

Una vez escuché a una madre de Plaza de Mayo decir orgullosa que "el renacer de las nuevas generaciones de militantes se debe, en buena medida, a que los represores de la dictadura están siendo juzgados", "que al poder ahora se le marcó la cancha", "que los crímenes contra el pueblo ya no tienen perdón", y que "por eso los pibes perdieron el miedo y se animan a militar en el barrio, la fábrica, el colegio o la universidad". Como no sólo con jóvenes se cambia la historia, sino que también con memoria, me guardé para compartir esa reflexión, como una enseñanza para entender estos tiempos en que celebramos la multiplicación de las nuevas, y siempre maravillosas, juventudes militantes.

 

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