Opinión
Martes 20 de Septiembre de 2016

Juventud rebelde, que busca piso pero no tiene techo

Noche de los Lápices. Homenaje a los diez estudiantes que la dictadura secuestró, torturó e hizo desaparecer.

Hace 40 años, un 16 de septiembre, la dictadura cívico militar más cruel que conoció nuestro país, secuestró, torturó e hizo desaparecer a 10 jóvenes estudiantes de entre 16 y 18 años, en su mayoría militantes de la Unión Estudiantil Secundaria, que reclamaban en la ciudad de La Plata por el boleto escolar secundario. La operación fue denominada "La noche de los lápices". Sólo cuatro adolescentes sobrevivieron, Pablo Díaz, uno de ellos, declaró en el juicio a las ex Juntas: "Yo pertenecía a la Coordinadora de Estudiantes Secundarios de la Plata y con los chicos del colegio fuimos a presentar una nota al Ministerio de Obras Públicas".

Ese era el peligro, una juventud organizada reclamando sus derechos. Para quienes pretendían imponer el terror como medio para instalar violentamente medidas económicas -que se iban a transformar en el cultivo de profundas desigualdades sociales- se imponía hacer desaparecer cualquier obstáculo, aunque ese fuera una o un estudiante de 16 años.

Los "marcaron" en los colegios, armaron listas negras, los secuestraron y desaparecieron. Un sistema macabro de exterminio de jóvenes, de sus ideas, sus fuerzas, su conciencia social y sus proyectos para construir una sociedad más justa.

El Estado no sólo debe asumir su deber de reparar a través de la justicia y la memoria semejante herida, sino que debe fundamentalmente garantizar a través de la implementación de políticas públicas los derechos de nuestras juventudes, diversas, multiculturales, tan distintas y tan iguales. Juventudes que han redefinido sus maneras de habitar estos tiempos: desde el barrio y la escuela, las universidades y las fábricas, los emprendimientos, el arte y la cultura. Juventudes a las que debemos darles oportunidades, darles la palabra, y la acción.

Es deber del Estado hacer honor a esta democracia, que día a día fortalecemos, dando garantías a las y los jóvenes que hoy interpelan las injusticias sociales desde el protagonismo y la lucha, y con la esperanza puesta en la participación y la transformación. Pero también es obligación del Estado garantizar los derechos de aquellas y aquellos que aún tienen callada su voz, que aún son víctimas de la exclusión, de la desigualdad, y de la indiferencia que nos dejaron los años de dictadura y sus políticas económicas.

Queremos reivindicar las luchas de siempre. No ha habido proceso de ruptura y crecimiento en nuestro país que no haya tenido en las juventudes a un actor gravitante.

Hoy, a 40 años de aquella noche, el mayor homenaje que podemos hacer a aquellos jóvenes es resignificar las conquistas que aún quedan por alcanzar: construir una ciudadanía plena, robusta. Tan plena como universal. Tan igualitaria como diversa.

Estamos ante el desafío constante de construir una ciudad donde se reconozcan todos los territorios que la componen, donde valoremos la diversidad, donde de manera responsable abandonemos la estigmatización de las y los jóvenes, y en cambio les devolvamos su rol político protagónico, sumándolos a la lucha por un tiempo de iguales, dándoles la palabra y dándoles, sobre todo oportunidades concretas de llevar adelante sus proyectos de vida.

Porque de seguir caminando se trata. Esa es la tarea. Más allá de la noche, los lápices siguen escribiendo. Ahora y siempre.

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