Escenario
Domingo 18 de Septiembre de 2016

Julio Chávez: "Uno cuenta cuentos para la tribu"

El actor elogió el viaje que hace el espectador en el unipersonal "Yo soy mi propia mujer", que hoy se presenta en la comedia.

Hablar mano a mano con Chávez es una experiencia luminosa. Es como si después de atravesar el desierto del Sahara, con 45 grados de temperatura, soportando el sol ardiente, empapado en sudor y con los labios cuarteados, llega alguien y te dice "tomá, che, acá tengo un vaso de agua helada para vos". Ese tipo es Julio Chávez.

La comparación parece básica pero es la más aproximada a la sensación que se siente al entrevistar al mejor actor argentino de la actualidad. En medio de tanta chatura artística de aquí y de allá, Chávez pone la vara alta con "Yo soy mi propia mujer", el unipersonal dirigido por Agustín Alezzo que repuso ayer en la ciudad y hoy tendrá una segunda función, a las 20, en el teatro La Comedia (Mitre y Ricardone).

Chávez jerarquiza el oficio de actor, pero desde el amor hacia su oficio, desde la pasión más genuina, sin ponerse en el podio de los elegidos sino, todo lo contrario, desde el lugar más terrenal. Y, sobre todo, agradeciendo ese otro que viene a verlo a sus funciones, ya que sin esa presencia el hecho teatral no tendría sentido, pero aclarará en esta nota que, específicamente, esta obra no tendría razón de ser.

Con sentido del humor, con sensibilidad, Julio Chávez interpela y se interpela a través de este travesti de Berlín, con sus contradicciones políticas y su profunda humanidad. Así como muta en varios personajes en "Yo soy mi propia mujer", Chávez se transforma en este diálogo con este diario, se sube a las tablas y baja, se pone una bata con tacos altos y al rato estará en camisa y zapatillas para dar otra magistral clase de teatro. Se sube el telón, de frente, frente a ustedes, Julio Chávez.

—¿Cómo es esto de poder componer varios personajes sobre el escenario, qué te genera como actor?

—"Yo soy mi propia mujer" me ha dado en la cocina de mi oficio enormes atributos, enormes regalos no solamente porque el espectáculo funcionó como funciona ahora muy bien, sino que me ha enseñado, me ha aleccionado, me ha dado herramientas nuevas, me ha ayudado a pensar acerca del oficio de relator, me ha hecho entender con mucha más hondura, o con la hondura a la cual yo puedo acceder, este tema de que uno es un relator de la tribu, que cuenta cuentos y relatos, y que la tribu es parte de la que colabora para este fenómeno.

—¿Por qué decís que la tribu colabora?

—Porque hay algo muy importante en "Yo soy mi propia mujer" como en todo espectáculo. Pero en "Yo soy mi propia mujer" yo lo experimento de una manera muy particular y es la ceremonia que se produce con la colaboración de la atención del espectador. Para que se produzca un relato, el espectador en principio viene al teatro en un acto de fe, en el mejor de los casos, a participar de un cuento. Un ser humano se va a subir al escenario a contarle un cuento, a contarle algo que, sin lugar a dudas, tiene que ver con la humanidad. Ese acto de fe tiene que ver con una sala que se oscurece y con algo que empieza a relatar, llamale actor o elenco. En ese momento el espectador hace silencio porque supuestamente va a participar de un viaje, él también va a hacer que eso pase, de nada sirve el acto de magia del mago si no hay una persona que está mirando cómo saca una paloma. De esa misma manera se produce en "Yo soy mi propia mujer" un acto muy hermoso, en el que el espectador colabora para que se haga presente el relato. Así el relato no solamente se hace presente porque el actor lo cuenta sino porque él espectador aporta su imaginación para que eso aparezca en escena.

—¿De qué manera se concreta esa complicidad?

—En esta obra es un trabajo muy hermoso, muy arduo, muy generoso, ya que se pone en escena el relato de dos experiencias muy fuertes, una es la experiencia del autor que va a compartir con el espectador el encuentro fenomenal que ha tenido con este objeto, que se llama Charlotte von Mahlsdorf, que es este travesti; y por otro lado aparece en escena otro relato que es el relato del travesti, y esto se va fundiendo en el interior de esta obra y produce para mí un viaje muy hermoso que es el que hace el espectador con estas dos experiencias que a veces se funden en una sola y otras se dividen en dos experiencias diferentes, que son las del autor y la del travesti. Yo siento, cuando termina el espectáculo, uno de los silencios más hermosos que puede recibir un intérprete como regalo, que es un silencio de una atención orgánica, vital, que es la atención y el silencio que el espectador hace para que la ceremonia concluya y el avión aterrice de una manera respetuosa, silenciosa, activa, interesante. Eso para mí es un hermoso regalo que el espectáculo da, no solamente a mí, sino también al espectador, porque hoy día hacer silencio para que algo de la humanidad se haga presente y que eso no esté en el interior del barullo sino que una simple humanidad pueda hacerse presente mientras, suponete, unas 800 personas hagan silencio, es un acto que en la contemporaneidad, yo te podría llegar a decir que es un acto de arrojo.

—¿Cómo se hace para lograr pasar la línea de un personaje a otro con apenas un gesto?

—Te voy a decir algo que va a derrumbar un poco tu expectativa: esto se hace porque soy un ser humano, y la humanidad, como parte de nuestro atributo, es de poder ser relatores para otro ser humano. La madre cuando cuenta un cuento al chiquito, le cuenta el avestruz, le cuenta el perro, le cuenta el camino, le cuenta la lluvia, y el chico está extasiado escuchando a la madre cómo lo va transitando por un cuento increíble. Ahí pasan dos cosas: primero la voz de la madre, los primeros movimientos que ella hace y colabora el chico que tiene ganas de imaginar. Con esa cuestión tan infantil y tan primaria como la de una madre que le cuenta a un hijo, con esos mismos elementos, yo los tomo y los expando en el interior de un oficio, en el cual la materia prima con la cual se hace es la misma materia prima con la que vos le contás a un amigo un quilombo que tenés con tu compañero, cuando decís "y el flaco me dijo vos qué te creés" y el me dijo "cómo me hablás a mí así". Y en ese "vos qué te creés" le comunicás a tu compañero toda una experiencia, de manera que debo desmitificar el trabajo del actor y decir que en todo caso el actor es un atorrante que hace de lo humano un kiosco.

—¿Cómo es representar a un personaje contradictorio, que pasó el régimen de los nazis y de los comunistas, pero hacerlo en un país agrietado y plagado de contradicciones?

—Mirá, Charlotte dice "yo he seguido siempre mi propio camino que tiene generalmente a derecha y a izquierda un abismo", y ese "a derecha y a izquierda" no lo está diciendo ingenuamente, lo está diciendo muy claramente, y que ella ha intentado ver cómo se puede sobrevivir en el propio camino en esa situación. Por otro lado hay quienes dicen que supo sobrevivir porque eligió delatar a compañeros en medio de un régimen dictatorial, o sea que en esa situación que se manifiesta como inocente algunos la reclaman como culpable, como que colaboró. La pregunta es quién no está colaborando con un régimen que en definitiva no está de acuerdo, quién es la persona que puede decir "yo soy autónomo y no colaboro en ningún aspecto con ningún régimen o ninguna institución", bueno, me gustaría conocer a esa persona. Entonces, el espectáculo esta poniendo a este autor que tiene que decidir si cree o no cree en ella, y tiene que tomar una postura, y decide creerle o por lo menos decide ser piadoso en relación con las necesidades de sobrevivir. A pesar de eso, él termina diciendo que la última imagen que ha recibido de ella es la de un animal feroz que en cualquier momento puede arañar o puede matar, y yo creo que hace alusión a lo que el ser humano es capaz de hacer.

—Esa ambigüedad es permanente, porque Charlotte es hombre y a la vez mujer.

—Mirá, hay un momento en que Charlotte dice "yo soy mi propia mujer", no dice "yo soy una mujer". Esto produce algo extraño porque cuando la madre le pregunta por qué no te casás él responde "yo soy mi propia mujer" y alguien que dice eso está hablando desde un lugar masculino porque si no diría "yo me casé conmigo mismo". Es una situación muy particular y también es atractivo algo que sigo percibiendo, que es el respeto frente a las personas que tienen dificultad con este tema.

—¿En qué sentido lo decís?

—Es que estamos en un momento de enormes avances y extraordinarias conquistas, pero también hay muchos a quienes les cuesta adaptarse a esta contemporaneidad. Entonces yo festejo los avances, que la cabeza esté más abierta, que haya más tolerancia, la multiplicidad, festejo el derrumbe de lo único, pero también comprendo a quienes les cuesta articular orgánicamente esos fenómenos,. De golpe hay quienes les cuesta advertir que un hombre se afemina o feminiza, y comprendo que hay espectadores que sienten que la contemporaneidad los está obligando a caminar muy rápido. Lo bueno es que el tema ya está sobre la mesa, pero que el otro quiera comer de eso, bueno, hay que ser también tolerante y comprender que el ser humano construye el mundo de una manera determinada y que le cuesta mucho cuando alguien le dice que el mundo es de otra manera. En esto yo elijo no hacerme el canchero, porque también soy cerrado en algunos aspectos y me cuesta comprender el mundo de otra manera. Entonces, a veces hay vandalismos que no son solamente de los retrógrados, sino de los que de golpe dicen que "hay que cambiar". No, pará, pará, hay personas que les cuesta (risas).

—Y encima, o a través de todo esto, hay una historia de amor en "Yo soy mi propia mujer".

—Es una historia de amor porque este autor descubre que ha quedado absolutamente enamorado de este ser y estableció una unión y un agradecimiento porque le despertó el entendimiento de muchos aspectos que ignoraba. Entones no es un amor genital sino espiritual y humano, que le permitió al autor expandir sus entendimiento de lo que es la humanidad. En definitiva, tengo la intuición, tal vez, que algunos se vayan del teatro más humanos. Bueno, es lo que nos produce un viaje, que nos saca un poco de creernos que somos el centro del mundo y de pronto aparecés en China y decís "a la mierda, hay mucho más que yo" (risas).

—¿Cómo es que el espectador se puede enganchar con el drama de un travesti de Berlín o, en la tele, con "Moisés y los diez mandamientos", por ejemplo? ¿Es fácil acercarse a una historia tan lejana?

—"Yo soy mi propia mujer" es un espectáculo que pide y entiende que puede albergar determinada cantidad de espectadores, que son los que caen en la tentación de acercarse, de manera que ya ahí tenés un punto a favor. Yo no saldría a vender "Yo soy mi propia mujer" en medio de la cancha de Ferro, porque voy a terminar hecho un perrito salchicha pulgoso (risas). Es cierto que hay gente que se acerca porque tiene una actitud cariñosa hacia mi oficio. Imaginate vos el flaco que compra la entrada porque vio "El puntero" y de golpe me ve con una bata y tacos altos. Sin ninguna duda esa persona termina cambiando la figurita y acepta entrar en un viaje diferente, y eso es en parte lo que el espectador aplaude, no mi capacidad de desplegarme y expandirme, sino su capacidad de correrse y entrar en esa historia. Yo creo que el espectador no solo aplaude al que está en escena, aplaude el fenómeno y se aplaude a sí mismo.

—¿Además de esta obra estás bocetando algún otro proyecto en cine o tevé?

—Sí, estoy en dos proyectos: uno es una película que producirá (Adrián) Suar, que es una historia que le acerqué y tiene que ver con una madre y un hijo. Y voy a hacer también un unitario, una miniserie, que tiene que ver con un viejo maestro de danza, que se llama "El maestro" y la comenzaremos a grabar en abril de 2017. Me estoy entrenando mucho, ya que será una historia entre la danza y el amor, porque este hombre va a entrar en vínculo con una bailarina muy jovencita, a la que va a intentar salvar de una situación. Es como una historia de ninjas, pero con zapatillas de danza.

—Como cualquiera de tus personajes, seguís mutando siempre, no tenés tiempo ni de aburrirte.

—Mirá, por suerte el aburrimiento es una palabra que no existe en mi experiencia y la verdad que no se la deseo a nadie. Tengo mucho de qué ocuparme. La verdad que el rol que más me ha aburrido hacer es el rol de la vida social, ése es el que menos me interesa, es un embole (risas).

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