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Domingo 01 de Noviembre de 2015

Jota R

A María Laura. Sus 200 kilómetros ida y vuelta pronto se harían 400 para llevarla hasta su pueblo, una isla verde en el mar de trigo de la pampa, sur de Córdoba, Camilo Aldao, “Estancia Laiseca” decía un cartel y la espiga rubia, como un faro, era ella.

A María Laura
Sus 200 kilómetros ida y vuelta pronto se harían 400 para llevarla hasta su pueblo, una isla verde en el mar de trigo de la pampa, sur de Córdoba, Camilo Aldao, “Estancia Laiseca” decía un cartel y la espiga rubia, como un faro, era ella.

Y luego otros 200 kilómetros. A Rosario, volver, jueves a la tarde, taller literario, la música callada de la fatiga amorosa. Hay algo cuadrado en la felicidad, en la infancia, su primera calesita quedaba a cuatro cuadras, ahora eran 400 kilómetros. ¿Quién dice que es anacrónico Poe hablando de inspiración, hablando con un pájaro de vivir apenas levemente…? Y Poe iba por la ruta 6, de Córdoba, como quien va a Corral de Bustos con un ave María por un montecito de Venus en Godeken. Lo menos que merecían cuatro horas de sexo, sin pausa ni drogas. Y ella era tan blanca. Una mujer tan blanca. Esa clase de ternura sin pedir devoción en la mirada y no sabiendo para qué,  estar con él hasta el fin.

Un pebete tostado, mixto, dos cafés con leche, un hotel solitario, una sola mucama. “JR”, el nombre del motel, nombre de fantasía del amor. El kitsch de Hollywood (el JR de Dallas en la pampa húmeda) no podía banalizar ese deseo puro, nuevo. Y era primavera: la primavera sagrada de Rilke: ¿a qué huele el origen, el campo, el surco (de ella), eL aura? Un cruce de rutas,  peligroso. Se amaron.

Ella dijo que estaba separada, aunque para verse había que ir a 100 kilómetros de las casas. 100 para cada uno, “JR” equidistante, aunque sólo él viviera en Rosario. Se encontraban en la terminal como dos fugitivos. La terminal de Firmat, un eufemismo. Y ella era tan blanca. Descorazonaba su pila de carpetas, el simulacro para escaparle al mar de trigo.

De entrada, él tuvo miedo  de no quererla bastante.  Los hombres son más lerdos, por la madre y todo eso. Pero ella lo fue ayudando y él le decía en broma que ojalá hubiera sido de Mugueta, como la tía Antonia, porque serían nada más que 50 kilómetros de ausencia. Y tanto viaje pide música, que al final fueron de menor a mayor: Ismael Serrano, Cuarteto de Nos,  Ana Prada, Brad Mehldau y en esa curva interminable de Los Surgentes, él le mostró el lugar donde fusilaron a Liniers y la masacre de los siete militantes, el 17 de octubre de 1977.

Ella lo escuchaba como si no supiera, y después de dos o tres silencios decía: Liniers, primer patriota argentino nacido en Francia. ¿No era ambiguo Liniers —refutaba él—, no era medio cipayo…? Y ella decía, bueno, eso, un argentino… Se hacía un silencio hasta el peaje de Cruz Alta y por el relente del mate, dos curvas, un molino, reaparecía la voz de ella: siete militantes de izquierda, los últimos patriotas en ser fusilados o exiliarse en Francia.

Él la ayudó a separarse  y venirse a Rosario, pero extrañaba ser un fugitivo por el mar de la pampa y de tanto pasar por Surgentes, acabó teniendo la tristeza  inevitable del sobreviviente y su fantasma, el reverso, el asesinado. Compensaba los domingos, cuando ella volvía a sus simulacros y él salía a las rutas del campo, por un olor mezcla de alquitrán y azahares: el olor de ella, un perfume de la derrota, la parestesia de una ensoñación del rocío en el pasto. Perderla para buscarla.

El olor de ella como el mar. Ella lo sabe y lo segrega sólo para él, sin esfuerzo una mujer que nada teatraliza, porque no suda artificio. Teje, sí, Penélope, pero de un aroma sin perfume y ese no oler es lo que huele un ser, una pureza: el mar. Un estar inquebrantable no sabiendo para qué irse de él: Ulises cansado. Como si se pudiera oler un alma, unos ojos, un deseo que huele, que llama a estarse ahí. Ahíto en el olor fresco, difuso del alba. De un alba sin tiempo, un ascua, el origen de una primavera sagrada: ¿a qué huele eL aura?

Lo que no huele, huele blanco (y ella era tan blanca…), aliento, piel, nacimiento del cabello, las manos. El acercarse, huele. El alejarse, hiede.
Un extracto de bien, una esencia de belleza. El perfume de un ser, un ontos puro, un arquetipo Platón la idea de mujer, el olor de la verdad, la flor del paraíso, una esencia inmarcesible, como un olor inferido por Macedonio:
el olor de ella, la sombra del mar de trigo.

Entonces supo que así sería estar juntos: la mirada más dulce sin pedir nada, y no sabiendo para qué, estar con ella hasta el fin.

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