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Miércoles 29 de Agosto de 2012

Israel, 30 años después

Siempre he sostenido que los textos periodísticos no deberían ser escritos en primera persona del singular. Pero esta vez haré una excepción porque lo que sigue no es un análisis político ni nada parecido, sino tan sólo algunas experiencias personales.

Siempre he sostenido que los textos periodísticos no deberían ser escritos en primera persona del singular. Pero esta vez haré una excepción porque lo que sigue no es un análisis político ni nada parecido, sino tan sólo algunas experiencias personales.

Regresé a Israel después de más de tres décadas. En realidad, es como si nunca hubiera pisado antes este país, irreconocible desde donde se lo mire. Llegué de madrugada al aeropuerto Ben Gurión, en Tel Aviv, y ya tenía organizado de antemano un apretado itinerario de pocos días. La primera sorpresa fue que el tren que tenía que tomar en el mismo aeropuerto con destino hacia el norte de Israel había sido cancelado imprevistamente por una semana. Pensé: "Empezamos mal, esto se parece a la Argentina". Claro, venía de unos días de trabajo en Alemania, donde todo siempre funcionó como un reloj, sean miserias del pasado o virtudes del presente.

Superada la anécdota del tren comencé en vano a intentar reconocer lugares, caminos y paisajes en un viaje con destino cercano a la portuaria ciudad de Haifa. Fue imposible. Rutas y autopistas perfectas se abrían por todas partes y una obra pública que no se detiene y sorprende a los propios israelíes se desarrolla por toda la geografía de un pequeño país no más grande que la provincia de Tucumán. "Israel es una obra en construcción permanente", fue el comentario de un profesional argentino que vive aquí desde hace 20 años. Pero esto no sólo ocurre en el sector público, sino que el desarrollo privado de urbanizaciones, nuevos edificios y reciclados de los viejos es notable en todas partes.

Cordialidad.
Mi primera impresión fue un cambio en la actitud de la gente respecto de mi anterior y lejana visita al país. Encontré más cordialidad en el colectivero, en el ciudadano común o en el soldado. Todos dispuestos a ayudar e incluso en otro idioma. Sé que no es la sensación de muchos que viven aquí y probablemente mi visión esté recortada, como todo el relato de este artículo, por lo breve de la visita. Pero así lo experimenté, aunque también escuché duras discusiones y gente muy atenta a responder con enojo.

Me llamó la atención no descubrir señales notorias de tensión en un país que vive en permanente alerta. La vida transcurre, al menos en la zona central y norte de Israel, como si no hubiera habido varias guerras, atentados suicidas con bombas o lluvias de misiles desde la franja de Gaza. Es más, la presencia de controles policiales o militares en las rutas y ciudades (al menos la que se ve) es similar o menor a cualquier otro país. La diferencia la marcan los lugares de gran concentración de público, como centros comerciales o estaciones de colectivos, donde la vigilancia sí es mayor.

Jerusalén. Tal vez por su historia milenaria en Jerusalén el panorama comienza a cambiar un poco. Se produce un rápido pasaje desde la modernidad a la antigüedad, sobre todo en la ciudad vieja, que atesora una gran importancia simbólica para las tres religiones monoteístas. La obra pública no se detiene tampoco en la parte nueva de Jerusalén, donde hace poco se acaba de inaugurar un moderno sistema de tranvías que llega casi hasta una de las puertas de la vieja y amurallada ciudad.

En Jerusalén se advierte mucha presencia de judíos religiosos, algo que preocupa a los laicos porque ven un avance importante de los sectores más conservadores de la sociedad israelí.

Durante una reunión de inmigrantes rosarinos con muchos años en Israel se habló obviamente de la Argentina, a la que algunos calificaron de surrealista. Fue tal vez una aproximada definición para describir, en un sentido amplio de la palabra, la historia argentina de los últimos 50 o 60 años. Pero la misma sensación, por otros motivos distintos, la tuve en Jerusalén. El Muro de los Lamentos, la pared occidental de un viejo templo hebreo destruido por los romanos, está dividido en un sector para hombres y otro para mujeres. Se puede llegar desde varios lugares y también atravesando los mercados cristiano, árabe o judío donde se vende de todo, desde tierra santa en bolsitas, crucifijos, libros sagrados, especias, estrellas de David y hay hasta una pizzería. Mientras los judíos ortodoxos pasan horas rezando en el muro, a pocos metros la Iglesia del Santo Sepulcro convoca a manifestaciones de fe cristiana impresionantes. Lo mismo ocurre en las mezquitas de la zona. Jerusalén es única.

En un trayecto que hice en un colectivo urbano de la ciudad nueva el pasaje estaba compuesto, entre otros, por judíos negros etíopes hablando en su lengua tribal; religiosos judíos occidentales vestidos como en el siglo XVIII; jóvenes rusas bien maquilladas y con ropa de última moda hablando en ruso y soldados israelíes conversando en hebreo.

El conflicto. Si bien hay distintas posiciones sobre el conflicto con los palestinos, advertí cierto pesimismo en cuanto a una salida negociada. Casi todas las opiniones que recogí fueron similares: "El problema no tiene solución". Parece como que la sociedad israelí hubiera desarrollado defensas para sobrevivir con esta dificultad crónica que tiene puntos altos y bajos de tensión, pero que siempre está.

Donde más se percibe que israelíes y palestinos tienen un asunto pendiente es en la zona sur de Israel más cercana a la franja de Gaza. Nunca me imaginé que dormiría una noche dentro de una habitación/refugio antiaéreo de un kibutz (granja agrícola colectiva), construida de hormigón armado especial que protege contra el impacto de los misiles caseros que lanzan desde Gaza a la población civil. El gobierno le ha añadido a cada casa en potencial peligro una habitación de ese tipo, que la gente usa como dormitorio, oficina u otros destinos, pero que siempre está lista para protegerse de los ataques cuando el Ejército emite el alerta rojo. Quienes viven en esa zona son los más escépticos a una salida negociada al conflicto aunque hayan apoyado en el pasado la retirada total de Israel de la franja de Gaza. "Ahora nos tiran de más cerca", dijeron algunos.

Una vida dura.
Ya sobre otras cuestiones de la vida en general de los israelíes me llamaron la atención algunos aspectos: largas jornadas laborales, una carga impositiva elevadísima, amplias distancias de traslados para ir a trabajar o estudiar pese a lo pequeño del país, y la problemática de los jóvenes para poder emprender una salida económica independiente de sus padres por la dificultad de adquirir viviendas, que tienen costos muy altos.

Como contrapartida, noté la preocupación que se pone para que la gente mayor viva una vejez digna a través de centros recreativos comunitarios. Visité uno de esos lugares en el sur del país y quedé verdaderamente sorprendido.

El israelí lleva una vida dura, de esfuerzo, trabajo y con la tensión permanente por un conflicto político con sus vecinos que no se resuelve. Y los jóvenes no son ajenos a esta situación: después de cumplir con tres años de servicio militar obligatorio para los hombres y dos para las mujeres, si quieren estudiar en la universidad deben pasar un examen de ingreso y conseguir los recursos para pagar matrículas anuales muy altas.

Lo sorprendente de la sociedad israelí, que últimamente también salió a las calles a protestar como los "indignados" de otras partes del mundo, es que la mayoría va encontrando la forma de acomodarse y superar las dificultades. Israel es un país que si no tuviera que destinar tantos recursos a la seguridad su grado de desarrollo sería inimaginable.

Desafío. Tuve la suerte de ver un Israel en calma, que progresa sin pausa y con un nuevo gobierno de unidad política. El desafío que permanece es el de siempre: cómo encontrar la fórmula de una salida negociada al conflicto con los palestinos para beneficio de ambos pueblos.

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