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Viernes 17 de Febrero de 2012

¿Qué se espera de la escuela?

Por Inés Dussel / Si bien la educación tiene más que ver con plazos largos, también su suerte se juega en decisiones diarias

¿Qué se espera de la escuela? La respuesta tiene poco de coyuntural, porque la educación tiene más que ver con los plazos largos que con los cortos, aunque su suerte también se juegue en las decisiones diarias. Lo que se espera del 2012 no es muy distinto a lo que se esperaba el año pasado, y quizás haya que mirar 20 años atrás o adelante para encontrar cambios dignos de mención. El sistema educativo es una construcción con horizontes amplios; esa es su ventaja frente a lo efímero y lo transitorio, y también su debilidad, porque cuesta moverlo rápido.

Los horizontes amplios no son sólo temporales. De la escuela se esperan muchas cosas, algunos dicen que quizás demasiadas. Se le pide que eduque integralmente en las distintas disciplinas y artes, que contenga emocionalmente, que garantice el bienestar físico de los chicos (por ejemplo, dando de comer), que incluya a todos, que enseñe las nuevas tecnologías, que forme moralmente, que eduque en los derechos humanos y la solidaridad, que enseñe a ser ciudadanos de una Nación, que sea hospitalaria con las familias. Parece exagerado pero no lo es: cualquiera que vaya a una escuela y vea actuar a un director o directora, verá que tiene que responder a esas y otras cuestiones en un solo día. Las demandas y expectativas son tan grandes como difíciles de combinar en una agenda escolar apretada y con pocos recursos para satisfacerlas.

Parámetros. También hay que decir que los sectores sociales suelen esperar cosas distintas de la escuela: algunos quieren computación, inglés, formación cosmopolita, una red de vínculos que después sirva como capital social para tener éxito social y económico; otros tienen expectativas más acotadas y desean que a sus hijos les enseñen lo básico, los disciplinen y/o los traten bien. Son las políticas las que establecen parámetros equivalentes para todos, y las que sostienen la importancia de tener una cultura común, aunque no siempre nos pongamos de acuerdo en qué incluye eso.

Parte de la explicación de por qué tantas expectativas, aunque sean distintas, tiene que ver con la continuidad del optimismo pedagógico. La escuela, o mejor dicho la escuela moderna, la de los últimos dos siglos, siempre estuvo rodeada de una gran confianza. “Educar al ciudadano”, “sacar a los pobres de la ignorancia”, son algunas de las promesas que los estados hicieron a sus ciudadanos, y que sustentaron el crecimiento educativo de los siglos XIX y XX.

Pero la historia no es sólo continuidad sino también rupturas. Esa confianza se quebró en los años ‘60 y ‘70, cuando el autoritarismo de esa vieja escuela empezó a ser evidente. También influyó la ola de desempleo de los más educados: los arquitectos taxistas o los ingenieros oficinistas mostraron que el diploma no garantizaba un mejor trabajo. Se acusó a las escuelas de ser aburridas, rígidas, poco significativas en la vida de los jóvenes. En esa época se tomó conciencia de la injusticia que implica el que los más pobres reciban la peor educación. Ultimamente se dice que las escuelas se volvieron irrelevantes porque la verdadera educación ocurre en los medios digitales y ya no se necesita al docente ni a los manuales para acceder a la información.

Más chicos. Y sin embargo, pese a tanto discurso crítico, es evidente que todavía se espera mucho de la escuela, y que las familias mandan a sus hijos a educarse más masivamente que antes. Hay una apuesta social por la educación que se renueva año a año. Aunque la crítica a la escuela tenga cada vez más eco en la sociedad, lo cierto es que la matrícula escolar es casi completa en los niveles primario y secundario. Hay políticas estatales como la Asignación Universal por Hijo o Conectar Igualdad que apuntalan y amplían esta apuesta social, pero hay que reconocer que funcionan bien porque hay mucho consenso en que la escuela es una institución digna de sostenerse.

Hay una cierta contradicción entre la expansión de la matrícula y de las demandas sobre la escuela, y la extensión de la crítica a la escuela. Parece que se le pide cada vez más a una institución obsoleta e incapaz. Algunos que suscriben a teorías conspirativas dicen que no es casual que, justo cuando se masifica la escuela, los sectores más ilustrados busquen convencer a los demás de que no sirve para nada. Pero la respuesta parece ser más compleja que una conspiración. La escuela, a pesar de todos sus grises y sus sombras, sigue alentando promesas de un futuro mejor y, por algún motivo, la mayoría de la población lo sigue creyendo posible.

¿Qué esperar de la escuela, entonces? Mantener activa la promesa no es una tarea menor. Que la escuela canalice las ganas de un futuro mejor, y que ese futuro tenga que ver con abrir puertas al conocimiento, compartir experiencias con otros distintos, ponernos en contacto con otras generaciones (las que viven, en los docentes, y las que murieron o están lejos, a través de los libros, las películas, las páginas web), son elementos que no habría que menospreciar. Lo que habría que esperar es que las promesas no sean vanas y que las escuelas tengan mejores condiciones para que el contacto con otros lenguajes se produzca efectivamente, para que los alumnos salgan mejor equipados que cuando entran, y para que la escuela habilite otros futuros en serio y no sólo en la expectativa. Pero eso es algo que hay que hacer con plazos largos y sin discursos tremendistas sobre el sistema educativo. Y es tarea de todos, no de la escuela.

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