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Sábado 15 de Agosto de 2009

¿Por qué enseñamos filosofía hoy?

Por Graciela Vives (*) / "Dios no juega a los dados", protestó horrorizado Albert Einstein, cuando, en 1926, conoció el trabajo de un físico alemán, que tenía sólo veinticinco años de edad: Werner Heisenberg. En este trabajo, titulado Principios físicos de la teoría de los cuanta, se enunciaba un principio, conocido como principio de incertidumbre o incerteza, que habría de revolucionar la ciencia del siglo XX.

"Dios no juega a los dados", protestó horrorizado Albert Einstein, cuando, en 1926, conoció el trabajo de un físico alemán, que tenía sólo veinticinco años de edad: Werner Heisenberg. En este trabajo, titulado Principios físicos de la teoría de los cuanta, se enunciaba un principio, conocido como principio de incertidumbre o incerteza, que habría de revolucionar la ciencia del siglo XX.

Es imposible_ argumentaba Heisemberg _ determinar simultáneamente la ubicación y la velocidad de cualquier partícula y además toda medición modifica el comportamiento del objeto medido. Según su teoría, cuanta mayor precisión se logre al medir la posición de una partícula, más imprecisa será la medición de su velocidad. Y viceversa. Por lo tanto, nunca se sabrá donde está exactamente el electrón.

A los treinta y un años de edad, Heisenberg recibió el Premio Nobel. Se lo honraba como el físico más importante de este siglo. Pero no estaba solo. Otros físicos: Max Plank, Max Born, Nielhs Bohr, Louis De Broglie, Paul Dirac, Erwin Schrodinger, Wolfang Pauli, también recibieron el Premio Nobel por sus aportes a la física cuántica. Cada nuevo conocimiento, decía Heisenberg, nos pone en la encrucijada de Colón cuando decidió abandonar la tierra conocida.

Y así fue. En las tres décadas que mediaron entre 1900 y 1930, veinticinco siglos de sabiduría cimentada en los filósofos griegos se vinieron abajo.

Al resultar ser, la incertidumbre, un rasgo esencial del mundo subatómico, convirtiéndose el azar en una propiedad del interior de la materia, quedan cuestionados el principio de determinismo, la ley de causalidad y la noción misma de materia.

Por eso, Stephen Hawking, escribió en su libro Historia del Tiempo: “El Principio de Incertidumbre marcó el final del sueño de Laplace. ¿Cómo predecir con exactitud los acontecimientos futuros si ni siquiera se puede medir en forma precisa el estado presente del universo?”

Recordemos que el matemático y astrónomo francés Pierre Simón, marqués de Laplace, quien vivió entre los años 1749 y 1827, había dicho que bastaba conocer el estado del universo en un momento dado para saber todo lo que había sucedido antes y todo lo que iba a pasar después.

Sin embargo nos parece que, en el mundo de la vida cotidiana, es bastante habitual observar que las personas seguimos funcionando en base a supuestos que tienen que ver con la vieja lógica de la certezas, propia de la modernidad. Parecería ser que las creencias colectivas e individuales funcionan respondiendo al principio de inercia.

Nuestro pensar se torna metafísico y seguimos creyendo en supuestas verdades indubitables.

Nos convertimos en fundamentalistas y aunque experimentemos el vertiginoso fluir del río de la vida y podamos sentir, como Heráclito, que “el sol es nuevo cada día”, pensamos que “no hay nada nuevo bajo el sol”.

Pero ocurre que, a veces, esta misma lógica también funciona en el campo del saber en general y de la filosofía en particular.

El filósofo norteamericano Richard Rorty ha criticado esta pretensión de la filosofía en erigirse en tribunal supremo de la cultura, al adjudicarse una especial comprensión de la naturaleza del conocimiento y de la mente. Los filósofos _dice Rorty_ no tienen un conocimiento peculiar, superior, que puede conducirlos sin obstáculos hacia afirmaciones más ciertas o seguras.

Como profesoras de filosofía nos preguntamos entonces ¿Cuál puede ser el valor de la enseñanza de la filosofía en éste, nuestro momento histórico? ¿Cuál es el valor del aprendizaje de la filosofía?

Para intentar una respuesta a estas preguntas creemos necesario tener presente dos cosas. La primera, recordar que la Historia de la Filosofía es también la historia de la razón humana.

Y la segunda, recordar que nuestra época, llamada post-modernidad, está caracterizada, entre otras cosas, por la crisis de la razón. Siendo ésta la crisis de una razón absoluta, propia de un sujeto supuestamente universal, la cual funcionaría como un potente faro que iluminase la realidad para descubrir la verdad y así poder actuar en consecuencia, a fin de lograr el triunfo de la razón en todas las esferas de la vida.

No hace mucho pudimos ver por televisión, uno de los frutos de la racionalidad instrumental que nace con la revolución científica de los siglos XVI y XVII, pudimos ver, decíamos, lo que ocurría en un lejano lugar llamado Irak. Un ser humano, mi hermano según el proyecto revolucionario de 1789, era previamente iluminado por un foco de luz muy potente que permitía ver a gran distancia, para luego ser destruido, siendo esto otro producto de la misma razón instrumental, como medio al servicio de los fines de un grupo de personas, a las que no pudo derrotar una de las dos grandes superpotencias mundiales, según Noam Chomski: la opinión pública.

Algunas de esas personas a que hacíamos referencia anteriormente, residen en la otra gran superpotencia, el país donde Fukuyama decretó el fin de la historia: EEUU.

Como docentes que procuramos enseñar filosofía, creemos que es necesario seguir apostando a la razón. Pero a otro tipo de razón, una razón flexible, débil, gradual, falible que, por esto mismo, se va construyendo junto a otros, en el diálogo, ya no comparable a aquel reflector poderoso, sino análoga a pequeñas chispitas. Como ese mar de fueguitos que nos cuenta Galeano divisó el hombre del pueblo Neguá, en la costa de Colombia, en su ascenso al alto cielo. A la vuelta dijo: “El mundo es eso, un montón de gente, un mar de fueguitos. Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales.” La misma oscuridad del camino, que no conocemos, porque ni siquiera sabemos adónde llegaremos, hace necesaria la presencia de ese mar de fueguitos.

Por todo esto, nos parece conveniente enseñar filosofía a niños y jóvenes, de modo tal que la construcción de una racionalidad intersubjetiva y un pensar valorativo se vean posibilitados.

(*) El texto corresponde a la disertación de la profesora Graciela Vives en las “Primeras Jornadas de Historia y Ecuación” en San Lorenzo, el 29 de Octubre de 2004. La profesora y licenciada Graciela Vives se desempeñó como docente de nivel superior en el Normal Nº 2. Tuvo una intensa y reconocida trayectoria como profesora de filosofía en escuelas de nivel medio e institutos terciarios, de Rosario y la Región VI. También dictó cursos de filosofía con niños para docentes y, en 2006 accedió mediante concurso a un cargo titular en la carrera de Filosofía de la Facultad de Humanidades y Artes (UNR). Graciela Vives falleció trágicamente en agosto de 2008. Se publica en recuerdo y a pedido de sus colegas Marta Vennera, Liliana Ferroni, Rita Bonifacio y otras compañeras de tarea.

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