mas
Domingo 12 de Junio de 2016

Invitados al banquete

En Recetas, volumen II conviven diversas voces, gustos, opiniones, motivos, costumbres, manías, herramientas, consejos y sugerencias de artistas, curadores, periodistas, docentes y diseñadores que brindan pistas en la ardua tarea de mirar arte contemporáneo. Aquí algunas miradas

Mele Bruniard

Artista


Cuando estampé por primera vez mi madera Iskay-Hatun (Dos grandes, en maya-quiché), una gran alegría me invadió. Acababa de concretar en esa estampa un momento de mi ya lejana infancia.

   Tenía cinco años y mi padre nos llevó a los niños hasta el puerto de Reconquista para ver la crecida anual del río Paraná. Allí vimos a un yacaré hembra de gran tamaño que tomaba sol junto a varios yacarecitos. En forma inmediata la yacaré-madre tragó a los pequeños y los mantuvo en su espaciosa garganta.

   Nos fuimos.

   En 1992 recordé la escena y la dibujé en una cartulina. Corté la madera y al estamparla surgió en mi mente la necesidad de concretar un bestiario. La oportunidad fue en ese momento, sería para celebrar mis "cuarenta años en el grabado" con "cuarenta estampas" de "cuarenta por cuarenta". Hoy están por llegar al número cien.

   Toda obra surge de una necesidad interior, independiente de toda razón externa.

   Siempre el espectador se enfrentará ante el hacer del que se expresa por necesidad en las distintas técnicas y con los diferentes elementos que con el correr de las épocas se transforman dando lugar a formas inesperadas para el espectador, pero concretadas por el artista.

   El espectador no tiene otra alternativa que ser observador respetuoso y selectivo según sus necesidades.



Lila Siegrist

Artista, escritora


Pienso que una receta puede resultar un instructivo que asista a algún que otro desvalido (como yo) para acercarse, en este caso, a las prácticas artísticas contemporáneas. No me gustan los instructivos, no les hago caso a las recetas, no podría redactar un paso a paso; pero sí decir que bajar las expectativas ayuda mucho ante cualquier experiencia vital de relación. ¿Por qué no pensar en la posibilidad de una cita a ciegas, donde nada de lo ideado puede suceder?

   Lleguemos sin plan al arte, destruyamos los miedos y comprendamos que el mundo alojado en los museos es el repertorio vital de simples mortales, y en toda la generosidad que éstos pueden ofrecer. Vivamos la visita a las salas de arte como procedimientos festivos, deslimitados, des-regulados, y agradezcamos el anfitrionaje de las mismas, aun cuando éstas no siempre se propongan ser pródigos con amable etiqueta.

   Desinformémonos, y luego una vez allí, esperemos que las cosas que nos conmuevan y nos modifiquen comiencen a contagiar nuestra mente, y reposemos. Tomemos un cafecito en el bar o unos mates con pororó en el parque, conversemos con la compañía más cercana sobre lo recientemente vislumbrado, agitemos el debate. Reposemos de vuelta. No miremos nunca el río, es una competencia letal y desleal a la hora de retener arte. La fórmula no rinde: arte o paisaje. O sí, miremos el río, el resbaloso río, los patos silbantes, y olvidémonos del arte. Volvamos de noche, para ver sólo arte y oír el mudo río.



Rubén Chababo

Crítico


   Tarea nada sencilla definir qué es el arte contemporáneo. Porque tantas veces sucede que uno queda "como fuera", expulsado de aquello que ve. Recorremos salas donde los artistas despliegan los productos de su imaginación, nos detenemos frente a paredes con imágenes que parecen querer interpelar nuestra sensibilidad. Y tantas veces quedamos derrotados, como si en ese "combate" que se establece entre nuestra mirada y el objeto o la imagen que se despliega frente a nuestros ojos no hubiera otra cosa que un signo de interrogación que no promete respuesta alguna.

   Para consuelo de aquellos que se sienten expulsados del arte contemporáneo puedo arriesgarme a decir que existe un abuso, extremo, de muchos artistas respecto a su propia praxis: amparados en la idea de que nada hay que explicar, de que crear es divertirse, buena parte de sus producciones —o lo que ellos llaman producciones— no son más que bocetos, de esos que los verdaderos artistas se desprenden hasta alcanzar la resolución final de su obra.

   Las más de las veces, eso que nos invitan a ver, no alcanza siquiera al estatuto de un trabajo práctico escolar, y sin embargo está allí, pretendiendo interpelarnos con una impostada autoridad por estar cobijado en las paredes de un museo. Es allí donde nace o se cuece el desconcierto ante la pregunta que todo visitante a una sala o museo de arte contemporáneo se formula y que podría resumirse del siguiente modo: pero si está aquí significa que es valioso, que algo debo sentir cuando observo este objeto o esta imagen, alguna inquietud debiera producirme esto que veo.

   No es que seamos incapaces de sentir o interpretar aquello que se nos ofrece. Lo que sucede, habitualmente, es que allí, lo que hay, es puro simulacro, farsa de un discurso que ni siquiera ha logrado articularse, abulia creativa, puro balbuceo, una infinita afasia.

   Quedamos fuera de entender eso que llaman arte contemporáneo porque la alianza cómplice de curadores-instituciones y artistas ha elevado producciones al estatuto de valioso ratificando con su firma algo que dudosamente lo es. Por suerte, cada tanto, algo nos sorprende en medio de esa nada o de esa anomia. La aparición de esas obras son las que hacen que volvamos, cada tanto, a los museos, a ver en qué lugar destella lo novedoso. Acontece, una vez cada tanto. Y cuando eso sucede, puedo asegurar que la felicidad nos embarga por completo.



Norberto Puzzolo

Artista


   Dejemos la receta para más adelante y hagamos una analogía entre el arte y el arte culinario.

   Los dos necesitan de un soporte para su presentación, el plano en la pintura o fotografía, una base en la escultura y la propia sala en una instalación. En la cocina, una bandeja, platos, y hasta la mesa cubierta por un papel en caso de caranchear una boga a la parrilla —verdadero manjar por esta zona— a la vera del Paraná. Como este mismo museo.

   Seguramente su paladar ya está educado, hay comidas que le gustan más y otras menos, pero son las que están en todos los libros de cocina y cartas de restaurantes.

   Ahora usted está en el Macro, imagine que está de visita en un país lejano y exótico, donde los ingredientes y la cocción son diferentes de los de su cultura gastronómica familiar, de su país y hasta de la Fiesta de Colectividades. Si no quiere probar por lo menos mire, infórmese, trate de entrar en ese mundo, averigüe el porqué, si está el artista o un guía trate de hablar e intercambiar pareceres, "conocer es amar" decía Miguel Ángel.

   Para abundar con las frases hechas, deje de lado "esto lo hace cualquiera", ojalá llegue el momento en que en nuestra sociedad "cualquiera" sea médico, mecánico, abogado, panadero o artista y no un condenado a la exclusión.

   Por mi edad, "no me cocino en el primer hervor". Soy de los 60, cuando solíamos comer mermelada frente a determinadas expresiones culturales (otro cruce entre comida y arte), y voy a transcribir una frase dicha por aquella época por Juan Pablo Renzi en respuesta a una pregunta casi igual a la que habíamos respondido Eduardo Favario y yo: "Si un señor va a ver determinada obra nuestra, la comunicación se produce, lo que pasa es que él entiende que no se produce por lo siguiente: porque espera determinado tipo de comunicación, espera ver determinada producción como obra (tradicional) de arte".

   Una aclaración para entrar en confianza: usted puede estar viendo una gran obra, imprescindible, o alguna otra no tanto. No olvide, "en todos lados se cuecen habas" y "sobre gustos no hay nada escrito".

Comentarios