Cartas de lectores
Martes 28 de Junio de 2016

Insolencia cero

Comenzando con la lectura del mundialmente conocido Don Quijote de la Mancha encontramos que "en algún lugar de la Mancha de cuyo nombre no puedo acordarme"...

Comenzando con la lectura del mundialmente conocido Don Quijote de la Mancha encontramos que "en algún lugar de la Mancha de cuyo nombre no puedo acordarme", tomamos conocimiento que ya desde esa época el manco de Lepanto se constituía, sin imaginarlo, en un adelantado, a la luz de que en medio del siglo XXI, cada día nuestra capacidad de asombro nos recuerda esa emblemática frase del manchego a su inefable escudero Sancho "cosas vederes que non crederes". El caballero andante, montado casi siempre en su jamelgo Rocinante, expresaba de forma constante frases, sin saber de que estaba parafraseando a aquellos filósofos griegos, paladines de la corrección con la que deben conducirse los hombres. Claro, éstos se constituyeron en verdaderos ilusos como los iluminados que presentaron a la consideración pública una doctrina que se corresponde con la calidad de vida que todo ser humano debe hacer propia si quiere vivir separado de una sociedad en gran parte transgresora. Los ejemplos están a la vista, todas las expresiones filosóficas y un paradigma de un estilo de vida coherente con el sentido común, cual es el Contrato Social de Rousseau, verdadero compendio de una forma de conducirse del hombre, al que desgraciadamente no interesa inmiscuirse en ese precioso contenido. En el contexto de los tiempos modernos, la Carta Magna involucra no sólo al poder político sino que lo hace con el ciudadano común en lo inherente a derechos y deberes que lo comprometen para vivir en sociedad. Una inmensa pena sobrecoge al ciudadano de bien, despojado tantas veces de elementales principios de moral, manoseado vilmente y con suma ruindad y descaro que a todos los que comulgamos con aquella, nos rebela significativamente. No tenemos por qué ser objeto de tomadura de pelo, haciéndonos creer que lo que se hace está en la dirección correcta. Y no pasa sólo en los estamentos públicos, sino también en instituciones que dicen hermanarse con los ilusos que están creídos hallarse en el camino correcto, en la protección, en la solidaridad. De una realidad insoslayable. Mentiras, falacias al por mayor e hipocresía son una constante. El que dice la verdad, así planteadas las cosas, no miente, pero queda indubitablemente cuestionado precisamente por recordar ante concernientes, haber obrado con sentimientos que ha menester. Imperdonable postura del que pregona moral y luego borra con el codo lo que escribió con la mano. Pero, caramba, estamos inmersos en una gran familia, pero diría: de perros y de gatos (perdón por los canes y felinos), donde el respeto, la consideración y el compromiso moral, debieran constituirse en el estandarte que deben portar los que pregonan la responsabilidad, de aquellos que se involucran en obligaciones a sabiendas que no es fácil concordar como procede. Podríamos hablar de flagrancia y no nos equivocamos. La vida es bella, según un filme italiano de 1997, pero depende mucho de nosotros que así sea. De nada vale rasgarse las vestiduras pregonando la posesión de una creencia religiosa que más bien parece no un compromiso con el Altísimo, sino todo lo contrario. Él, está sí en lo que se dice su casa, pero más en la calle cuando el hombre entra en contacto con sus congéneres y es allí donde muchas veces la metamorfosis está presente. Una letra de tango dice "y eran todas mentiras, mentiras". José Ingenieros, si se levantase de su tumba, comprobaría desilusionado que el hombre mediocre aún existe.

DNI: 6.004.403

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