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Domingo 13 de Agosto de 2017

"Con Fontanarrosa nos pasaba lo mismo que a los números diez con Maradona"

Artista plástico, ilustrador y dibujante, el rosarino Héctor Beas cumplió 50 años desde que publica como el oficio de su vida. Una historia de película.

"Dibujo desde que nací", exagera, pero no tanto, el Gaucho Beas, el laureado artista plástico, ilustrador y dibujante rosarino que cumplió medio siglo desde que comenzó a publicar en revistas rosarinas, a partir de adoptar el dibujo como el oficio terrestre, como diría Rodolfo Walsh, de su vida. En realidad, el Gaucho empezó a garabatear de pibe en un viejo cuaderno Avon. "Mi prima Haydeé encontró un cuaderno con un dibujo mío, de cuando tenía seis años". Nacido el 2 de enero de 1943 en una vieja casona de Laprida al 1100, "a 20 metros del (Teatro El) Círculo", Héctor Guillermo José Beas es hijo de Guillermo Beas y de Mafalda Marengo, quienes lo criaron desde niño en el puesto de la Estancia La Dolores, en Arequito, donde trabajaban.

Aunque más lejos aún, los Beas, como los argentinos, también bajaron de los barcos. "Beas viene en la tripulación del (barco) Sebastián Gaboto. El apellido era De Beas, de Navarra, con influencia de los moros, como en toda España", revela el Gaucho, a sus 74 años, enfundado en una típica bombacha de campo, alpargatas, pañuelo al cuello, chaleco y boina, en la punta de la mesa de su pulpería del corazón de la ciudad de Pérez, un encantador sitio que hace juego con su ideología nacional y popular.

—¿Cuándo supiste que lo tuyo eran el dibujo y, en definitiva, las artes plásticas?

—Siempre quise dibujar, pero no sabía si iba poder vivir del dibujo. La primera oportunidad apareció en la década del 60 con la revista La cebra a lunares, de Manuel Aranda, y en 1966 conseguí hacer la primera muestra en la Librería Ciencia, de Gilberto Krass, que estaba en Santa Fe casi Entre Ríos, al lado de la vieja LT2.

—Krass fue un pionero de las galerías de arte en Rosario, donde también exponía el pintor rosarino Juan Carlos Mastromauro, que además era maestro joyero en la vieja Escuela Crisol...

—Tal cual. Krass hizo sus primeras muestras en la Librería Ciencia antes de abrir la primera sala de arte de Rosario. Y Mastromauro, de quien me sorprendió su muerte, era un amigo. Muy buen pintor y alguien muy querido, con el que compartimos muchos años en el arte y en la vida.

—Debe ser difícil ser dibujante en Rosario con el Negro Fontanarrosa...

—¡Y qué te parece! Es lo que les pasaba a muchos números diez con Maradona. El Negro le decía a la gente que lo consultaba: "Yo te puedo enseñar humor, pero para aprender a dibujar andá a verlo al Gaucho. ¡Cómo dibuja ese hijo de puta, lástima que sea tan vago!".

—El Negro siempre decía que era un buen humorista, pero que como dibujante era "correcto".

—Exacto. El dibujo no era su fuerte, pero el Negro era un humorista extraordinario y un gran escritor. Todos los referentes dicen que soy un dibujante fuera de serie, pero el monstruo es Fontanarrosa.

—¿Sos la musa de Inodoro Pereyra?

—Se inspiró en mí. En una nota que le hicieron en una charla en el Museo de La Capital le preguntaron dónde nació la idea de Inodoro y él contestó: "No te voy a decir nada referencial, pero nació en un gaucho de Pérez, que era un traficante de chorizos y chinchulines trenzados". Y yo estaba atrás de él porque le llevaba la silla de ruedas.

—¿A Quino le pasa lo mismo que a Fontanarrosa con sus dibujos?

—Una vez estábamos comiendo y le dije a Quino: "Me parece que usted está modificando sus dibujos". "No, si yo tengo que calcar mis dibujos. Lo único que reconozco que cambié son las manos de mis personajes. Antes eran rayitas y después, con el Negro, les hice los dedos".

De bancario a artista plástico

"A los 17 años entré a trabajar de aprendiz en la oficina de Cuentas Corrientes del Banco Provincial de Santa Fe, cuando abrieron la sucursal de Pérez, donde iba a caballo y lo dejaba en la puerta. Y allí crecí como empleado, secretario del gerente, contador y cuando me llegó el nombramiento de gerente mandaron una nota que decía que no se podían usar barba ni bigote, salvo que fuera bigote estilo militar, y que sólo se podía usar camisa celeste, de mangas largas o cortas, pero no arremangadas. Entonces decidí que no podía seguir trabajando en un lugar donde tenía que vestirme como un militar, además de que ya venía con la idea de intentar vivir del dibujo, así que llamé a mi señora y le dije que renunciaba. Cristina, mi mujer, lloraba", recuerda Beas la decisión que cambió su vida.

—¿Pero no era "quemar las naves" dejar el trabajo en el banco para intentar la aventura de vivir del dibujo?

—Y... algo de eso había. Dibujaba para mí, hacía dibujo artístico y amaba los dibujos de Hugo Pratt, que hacía Misterix. Un día caminaba por el centro y encuentro a un amigo que me dice "se va a abrir un diario, El País en la Noticia". Fui y hablé con Diez, el director, le mostré mis dibujos, pero me dijo que necesitaban caricaturas y me preguntó si sabía hacerlas. "Sí, pero no las traje", le mentí enseguida.

Entonces me volví a casa y entré a copiar caricaturas como loco, a Sabat, a Lino Palacio. Hice un montonazo hasta que conocí a Roberto O’Keeffe, que era un dibujante profesional, que me trató como a un hijo dilecto y pude reproducir su enseñanza. Me salvó Roberto porque yo no sabía qué era un chiste.

   —¿Dibujaste en todos los diarios rosarinos?

   —Y los cerré a casi todos... Cerró El País y me quedé en La Tribuna, después pasé al Semanario Rosario y a La Capital, donde dibujé 25 años. Trabajé con el plomo, con el offset, en frío y con la computadora; es decir que soy uno de los pocos que pasé por los tres sistemas de impresión de los últimos 50 años.

   —¿Por qué rechazaste casi todas las invitaciones del exterior, desde Grecia hasta Japón?

   —Me llegaron muchas invitaciones, pero soy muy reacio y además tengo problemas con el idioma. ¿Qué voy a decir en griego? En 2004, cuando me invitaron en la Exposición de Humor Saint Just le Martelle, en Francia, pedí una traductora. Me invitaron de un montón de muestras, pero no voy porque no me entra el caballo en el avión...

Un gaucho de acá

La vieja Revista Risario, donde también dibujó Beas, tenía una frase que decía: “¿Cómo va a ser bueno si vive a la vuelta de casa?”. Y algo de eso quizá le ocurra al Gaucho, quien dibujó en Hortensia, Humor, Mengano, La cebra a lunares, Risario, Humi y Satiricón; en los diarios El país en la noticia, La Tribuna, Rosario, La Capital y en otros 23 periódicos del interior.

   En este sentido, su amigo y discípulo, el dibujante Freddy, sentado a su lado cuenta que “Fontanarrosa, él y Crist seguían a Pratt. Ellos tres eran dibujantes y Pratt era un historietista que revolucionó el dibujo. Hay una edición con tres dibujos de los tres que no sabés cuál es de cada uno. El título es «Ni Fontanarrosa, ni Crist: Beas»”.   “Pratt era un genio. Rompe con toda la línea del dibujo, introduce el blanco y el negro. Hacía una línea y vos veías el horizonte”, define Beas.

   —¿Qué habrías sido si no fueras artista plástico, ilustrador y dibujante?

   —Yo quería ser aviador, pero del Ejército. Hasta que pasaron los bombardeos de la Plaza de Mayo, cuando la Marina y la Aeronáutica bombardearon a su propio pueblo, en uno de los pocos casos en el mundo, fue una masacre y se fue a la mierda el sueño de ser aviador militar.

   —Es el comienzo del terrorismo de Estado, silenciado por la historia oficial.

   —Totalmente. Fue un ataque de la Marina y de la Aviación a su propio pueblo.

   —¿Cómo viviste la clausura de la Revista Línea, en Buenos Aires, a principios de los 80?

   —Fue de terror. En 1981 yo vivía en Rivadavia y Rincón, en un viejo edificio que quedaba enfrente del Café de los Angelitos, donde desayunaba y a la noche me iba a escuchar tango. Yo vivía en el noveno piso y en el quinto estaba la Revista Línea, que dirigía el historiador José María Rosa, el “Pepe”, donde yo era jefe de Arte. El edificio tenía departamentos a los que entrabas directamente desde el ascensor. Y me acuerdo que ese día bajé del ascensor y me apuntaron dos milicos con un FAL, uno de cada lado, no sabés el miedo que tenía. No podía ni hablar. Revisaron todo, tiraron todo y nos llevaron como a 30 en un camioncito a una comisaría, en un lugar que nunca supe dónde quedaba. Nos clausuraron la revista antes que a Humor, pero, felizmente, no nos hicieron nada, quizá por la figura del Pepe Rosa, un historiador de mucho peso. Nos hicieron un juicio y recuerdo que uno de los párrafos subrayados del expediente decía “lenguaje subversivo”, “imperialismo” y “latinoamericano”.

   —¿Eras consciente del riesgo que corrías?

   —No. La verdad que era un inconsciente. Una noche, en un homenaje por el Día del Militante que hicieron en Buenos Aires, me llamaron para darme una distinción y cuando me paro me agarra un tipo que me dice: “¿Usted es Héctor Beas? Usted es un demente. Me mandaba los dibujos con su nombre, que eran contra la oligarquía”. Y la verdad que el tipo tenía razón porque yo era un inconsciente, era un loco, pero nunca se me ocurrió ponerme un seudónimo.

La pulpería del Gaucho Beas, su lugar en el mundo

La pulpería del Gaucho Beas es su lugar en el mundo. Una vieja construcción, que parece una casona de campo de principios del siglo pasado, sorprende al visitante que llega al fondo de la casa del artista plástico, ilustrador y dibujante Héctor Beas, en el corazón de la ciudad de Pérez.

   “En los 70 todo el mundo hacía un quincho, entonces se me ocurrió hacer una pulpería. El problema fue que me llevó como 30 años hacerla”, confía el Gaucho su loco berretín por la cultura nacional y popular materializado en un refugio para las reuniones con la familia y los amigos. “El primer problema fue encontrar un albañil que construyera como antes y que hiciera lo que yo quería”, revela Beas sobre la casona de ladrillos sin revoque, con puertas de madera y vidrio del siglo pasado, piso de ladrillos y su cuidado personal en cada detalle de la decoración.

   “Cuando estuvo la construcción terminada, en unas vacaciones saqué todo esto que tenía guardado en cajones, me compré como cinco mil clavos y me pasé un mes entero clavando adornos en las paredes”, recuerda sobre el comienzo de este lugar encantador.

   “Todo esto”, como dice el Gaucho, son artefactos, objetos y enseres de la vida del trabajador rural y de los oficios terrestres del siglo pasado, desde monturas, riendas y estribos hasta rebenques, lazos, utensilios, herramientas y hasta faroles del ferrocarril. La pulpería es una sala de unos 15 metros de largo por cuatro de ancho, con una extensa mesa de madera en el medio, coronada en el fondo por un par de mesitas de bar con sillas, con dos paredes con puertas con vidrio y ventanas, que dan al jardín con una galería, donde atesora un enorme parrillero.

   Los dibujos del Gaucho de caudillos federales como Facundo Quiroga, Estanislao López, José Gervasio de Artigas, el Chacho Peñaloza y Martín Miguel de Güemes alternan con un viejo poster de Perón y otro de una despedida de Los Chalchaleros.

   Así de mágica es la pulpería del Gaucho Beas, su lugar en el mundo, que alcanza el éxtasis con un asado bien regado y con la sabia letra de la zamba: “Hay un bombo, una guitarra y unas ganas locas de poder cantar”.

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