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Viernes 26 de Mayo de 2017

Tiene 80 años, se recibió de abogada y completó su tercera carrera universitaria

María Dolores Ballesteros ya había estudiado enfermería y luego se dedicó a las Relaciones Internacionales.

A los 80 años recién cumplidos, María Dolores Ballesteros recuerda con cariño las palabras de su padre cuando le decía que ella había nacido para estudiar y no para lavar ollas sucias. Ahora, con su reciente título en Derecho, esta mexicana que tiene cuatro hijos y seis nietos lo evoca con nostalgia.
De joven ya se había graduado en Enfermería por una escuela incorporada a la Universidad Nacional Autónoma de México. Años después terminó Relaciones Internacionales en la UNAM, aunque no completó el trámite para obtener el título. Ahora, se recibió de abogada en la Universidad del Valle.
"Yo vivo feliz junto a los jóvenes, porque me inyectan salud, energía, entusiasmo".
La mayor parte de su vida la dedicó a trabajar como enfermera en el Instituto Nacional de Cardiología, el Centro Médico Nacional y el Hospital Español, además de otras clínicas pequeñas. Se especializó en medicina interna y gastroenterología y fue testigo del primer trasplante renal hecho en México. También ejerció la enfermería en Estados Unidos y Canadá, a donde cuenta que se fue sin papeles en distintas etapas de su vida.
La mujer montó su propia escuela de enfermería en su casa ubicada en la delegación Magdalena Contreras, en el Distrito Federal. También continúa ejerciendo la docencia y asegura que ha formado a más de 500 alumnos.
Lo de Relaciones Internacionales le "picó" por su interés por el trabajo humanitario de organizaciones globales como la Organización Mundial de la Salud.
En los últimos años, la convivencia con estudiantes y su infinita curiosidad la animaron a inscribirse en la carrera de Derecho. "Yo vivo feliz junto a los jóvenes, porque me inyectan salud, energía, entusiasmo", asegura Ballesteros, quien describe como "excelente" su último paso por las aulas: "Me fue maravilloso, porque me quedaba cerca la escuela y al ser mayor, siempre sentí el cariño de mis compañeros y profesores".
El mundo digital fue su gran desafío. "Me costó la lágrima el internet", confiesa, consciente de la dificultad de aprender algo cuando no se tienen las ganas suficientes. "Como no quería, no podía, pero luego tuve la necesidad absoluta de presentar trabajos y lo tuve que hacer", admitió.

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