Cartas de lectores
Martes 15 de Noviembre de 2016

Incertidumbre mundial

Lo que parecía inconcebible sucedió: Donald Trump es el presidente electo de los Estados Unidos.

Lo que parecía inconcebible sucedió: Donald Trump es el presidente electo de los Estados Unidos. Hillary Clinton obtuvo más votos, pero la distribución de los votos de Trump le permitió ganar más estados y superar los 270 electores necesarios para ganar. La derrota en Estados como Florida, Ohio y Pensilvania fue letal para las aspiraciones de Hillary Clinton. La gran mayoría de los encuestadores aseguraba que ella sería la ganadora, pero las estimaciones volvieron a fallar, como en el Brexit británico y en el referéndum colombiano. Tal vez hubo cierto porcentaje de voto vergonzante en favor de Trump, que lógicamente las encuestas no podían registrar. Se trata de un triunfo histórico por varias razones. Trump se presentó como candidato a presidente sin haber tenido nunca un cargo político. Muchos dirigentes importantes del Partido Republicano le dieron la espalda o directamente anunciaron que votarían por Clinton. Casi todos los diarios de relevancia y las principales cadenas televisivas (con la previsible excepción de Fox) jugaron en favor de la candidata demócrata. No puede negarse que Trump reveló una gran audacia y confianza en sí mismo. Habrá que ver si mantiene esas cualidades para gobernar. Le espera un tiempo difícil. Si bien su partido tiene mayoría en ambas cámaras del Congreso, no es, por ahora, un líder partidario detrás del que vayan a encolumnarse automáticamente los legisladores republicanos. Más importante que eso será que pueda suturar las heridas que sus palabras han abierto en la sociedad norteamericana. En su discurso de la noche de las elecciones mostró una plausible moderación e incluso elogió a su adversaria, a la que horas antes prometía mandar a la cárcel. No le será fácil dejar de lado de un día para el otro sus promesas de campaña. Si lo hace, perderá el favor de quienes lo votaron persuadidos por ella, y si no lo hace agravará las divisiones y sembrará inútiles conflictos con otros países, como en el caso del absurdo muro que pretende construir a costa de los mexicanos. Tampoco podrá tan ligeramente retirar a su país de acuerdos comerciales como el Nafta, ni imponer un proteccionismo que suena bien en las tribunas pero es impracticable en un mundo tan interrelacionado. Estados Unidos vive horas de incertidumbre. Al día siguiente de las elecciones comenzaron protestas en muchas ciudades contra el ganador, bajo el lema "Not my President" (No es mi presidente). Esta peligrosa división de la sociedad afecta uno de los capitales más valiosos de la nación del norte: el respeto de las reglas y de las decisiones mayoritarias. En más de dos siglos de historia los Estados Unidos nunca sufrieron un golpe de estado. Votaron escrupulosamente a su presidente cada cuatro años aunque estuvieran en guerra civil o externa. Los perdedores aceptaron siempre en forma inmediata los resultados. Cuando hubo problemas por algún sistema de votación defectuoso, como en 2000, la Corte Suprema dijo la última palabra y fue acatada pacíficamente. Trump fue muy lejos con sus expresiones xenófobas, machistas y vulgares. Ofendió a una parte considerable del país. Debe ahora volver sobre sus pasos e intentar recomponer el tejido social. Ni su personalidad ni su trayectoria permiten afirmar que esa tarea vaya a resultarle simple. Sus primeros gestos como presidente electo han ido en el sentido positivo. Incluso algunos nombres que trascienden sobre su gabinete llevan cierta calma en cuanto a que, pese a las extravagancias de la campaña, su gestión no será irresponsable. Hay que esperar y ver.

Jorge R. Enríquez

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