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Domingo 27 de Mayo de 2012

Imborrables recuerdos

Llegaban desde las calles Ocampo, San Martín, España, para cumplir con el ritual del matiné, los domingos a las 14. Para muchos era la única salida del fin de semana. Los veía felices, alejados de sus padres por unas horas, con su propio dinero hecho bollo en los bolsillos.

Llegaban desde las calles Ocampo, San Martín, España, para cumplir con el ritual del matiné, los domingos a las 14. Para muchos era la única salida del fin de semana. Los veía felices, alejados de sus padres por unas horas, con su propio dinero hecho bollo en los bolsillos. "Tengo de esos años los mejores recuerdos", me dicen hoy quienes pisan los treinta.

Durante unos pocos años, a medidos de los 90, alquilé el cine Cervantes de Cañada de Gómez para generar un emprendimiento familiar. Me lo propuso el historiador Gerardo Alvarez que, en ese entonces, integraba la comisión directiva. Era un ritual. Los films llegaban en latas por ómnibus expreso, y se proyectaban en equipos que funcionaban a carbón, un material importado que ya, en ese entonces, era difícil de conseguir. Dábamos unas 20 películas por año en una época donde Cañada se había quedado sin cine.

Tuvimos enormes éxitos como "El Rey León" y enormes fracasos, muchos injustos, como "Gatica". Nos gustaba abrir ese cine más allá del dinero ganado. El griterío cuando se apagan las luces, el retumbe del zapateo, las onomatopeyas traspasaban las paredes como en una popular. Sé que allí había una ilusión. Estaban contentos hasta cuando la película era mala. Es que es cine es tan grande que, en esos casos, hasta jugaban a las escondidas.

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