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Martes 26 de Febrero de 2008

¡Se cayó el sistema!

Corridas. Gritos desesperados. "¡Se cayó el sistema!", aúlla un cronista de Información General. Los redactores de todas las secciones luchan por evitar lo inevitable, se empecinan en castigar insistentemente el F2, la tecla que rescata su nota de una muerte intempestiva. No hay caso: la pantalla no reacciona, el teclado no responde a los golpes...

Corridas. Gritos desesperados. "¡Se cayó el sistema!", aúlla un cronista de Información General. Los redactores de todas las secciones luchan por evitar lo inevitable, se empecinan en castigar insistentemente el F2, la tecla que rescata su nota de una muerte intempestiva. No hay caso: la pantalla no reacciona, el teclado no responde a los golpes, habrá que escribir el material nuevamente... cuando el sistema vuelva a mostrar señales de vida. La vez anterior fueron tres horas de espera. "¿Habías guardado alguna vez?", pregunta alguien. Se escuchan insultos.

Ocurrió cientos de veces. Hoy no es tan habitual pero, hace unos ocho o diez años, la escena se repetía cada tanto en la redacción del diario. Eran épocas en que los periodistas extrañaban a la Remington y maldecían a las computadoras como si se tratara de seres dedicados a hacerles la vida imposible. Una relación tortuosa que continúa hasta hoy y que dejó en el camino montones de anécdotas.

Primero fueron unas pantallas verdes monstruosas que parecían sacadas de viejas películas de guerra. Los materiales se tenían que "fotocomponer": cuando el periodista terminaba de escribir, daba la orden de justificar (toda la nota se ajustaba al tamaño de la columna del diario), prendía un cigarrillo o tomaba un café (el proceso demoraba largos minutos) y después mandaba a imprimir el "fotocompuesto", la tira de papel que los armadores, cola y trincheta en mano, pegaban en la página. Pero nunca faltaba el gracioso que, cuando el periodista se mostraba de lo más concentrado en la redacción de una nota, pasaba junto a la computadora , presionaba "justificar" y la máquina se quedaba unos cinco minutos pensando. Otra vez insultos.

Más tarde llegaron unas terminales más parecidas a lo que hoy se entiende como computadora. El sistema de redacción era un tanto complejo para los periodistas, ya que apenas si se asemejaba al Windows 95 de aquellos días. Ni siquiera contaba con un mouse, el teclado era la única opción: F2 para guardar, mayúscula+F3 para medir la cantidad de líneas, F5 y F6 para el salto de párrafo, se seleccionaba texto con el teclado numérico y se pegaba con el 3... Eran decenas de combinaciones imposibles de recordar. Y el sistema era más inestable de lo que se podía tolerar.

Había algunas fórmulas mágicas. Estaba el que había descubierto como pegar un cable de agencia sin que se perdiera el formato, control+N permitía recuperar un material perdido (si los dioses colaboraban) y con control+U se pasaban los textos de mayúscula a minúscula. Hasta que, otra vez, "¡se cayó el sistema!" y la nota pasaba a mejor vida. Ante la impotencia de una pantalla que no obedecía a sus mandos naturales hubo quienes apelaron a la violencia, sin éxito, por supuesto. Alguna vez un periodista quiso combatir la caída del sistema al grito de: "¡Control P, control P!"... La combinación control+P jamás tuvo utilidad alguna.

Un corte de luz significaba la suspensión absoluta de tareas. Solamente se podía esperar. En medio de un apagón que dejó a oscuras a toda la ciudad, un secretario de redacción llamó por teléfono, preocupado. "¿Con qué energía cuentan?", quiso saber. "Una linterna y dos encendedores", respondió con una honestidad envidiable el periodista que en ese momento utilizaba la escasa luz para intentar ver si con esas cartas podía hacerle frente al "truco" que le había cantado un armador.

Hay quienes se adaptaron mejor que otros a las nuevas tecnologías. Google es de uso cotidiano y los redactores escriben directamente en la maqueta de las páginas, no sin algún tropezón en el proceso. Hace mucho que no se cae el sistema (toco madera) pero no es del todo extraño que un material desaparezca como por arte de magia, que un e-mail imprescindible se niegue a entrar o que, de repente, un título adopte la tipografía que se le venga en ganas. Por supuesto, hay que escuchar entonces a los más viejos recitando: "Cuando yo entré a este diario...".

Ya no quedan redactores que extrañen la Remington. La tecnología simplificó de manera brutal el proceso de escribir y reescribir un material, de diseñar una página y modificiarla en apenas un instante. Aunque quedaron algunos anacronismos que los periodistas más jóvenes aceptaron sin demasiadas preguntas: si alguien quiere aprobar un material tiene que "darle fotocomponer", aunque ya no aparezca más una tira de papel.

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