Edición Impresa
Jueves 04 de Febrero de 2016

Husmear en el armario y no morir en el intento

“Carol” no se llamaba “Carol”. Y Patricia Highsmith, después de “Extraños en un tren” y antes de “El talentoso Mister Ripley”, decidió llamarse Claire Morgan.

“Carol” no se llamaba “Carol”. Y Patricia Highsmith, después de “Extraños en un tren” y antes de “El talentoso Mister Ripley”, decidió llamarse Claire Morgan. Con ese seudónimo firmó su única novela romántica en medio de su obra de suspenso, y -además- con dos mujeres como protagonistas, una audacia a principios de los 50. Pero la autora no lo pensó en esos términos. A ella -creadora de la saga de retorcido Ripley- tampoco le gustaba que la encasillaran como “escritora de suspenso” (aunque después publicara un ensayo con ese nombre). Ella sostenía que escribía historias “interesantes”, y que los relatos interesantes necesitan tener intriga y suspenso. Así que “Carol” -un examen sobre el cataclismo del primer amor, ya sin importar si es hétero u homosexual- todo surgió por casualidad.
  Fue, según contó muchos años después, cuando para ganar unos dólares, en la Navidad de 1948 tomó un empleo temporario en una tienda por departamentos. Allí atendió a una mujer “rubia y con un tapado de visón, que parecía irradiar luz”, que la hizo sentir “extraña y mareada, como si hubiera tenido una visión”. Tan fuerte fue la impresión que esa noche, en dos horas y en ocho páginas, diseñó la estructura completa de “El precio de la sal”, como se llamó la novela antes de ser “Carol”. Highsmith recordaba en 1989 lo “timorato” que podía resultar su personaje cuarenta años después. Pero cuando el libro se publicó en 1952, se transformó en un fenómeno catártico para hombres y mujeres que le agradecieron en cientos de cartas verse reflejados en una novela que por primera vez no los estigmatizaba.
  Cuatro años antes de la publicación de “Carol”, Gore Vidal, uno de los jóvenes más prometedores de la aristocracia política de Washington tiraba a la basura la carrera que le había planeado su abuelo. Vidal -que antes había sido una joven promesa que escribía edificantes novelas sobre el coraje viril en la guerra- publicó “La ciudad y el pilar de sal” sobre una trágica relación homosexual. En 1959 Vidal también coescribió junto a Tennessee Williams el guión de “De repente el último verano”, versión de la obra teatral con Katharine Hepburn, Elizabeth Taylor y Montgomery Clift, donde el tema está teñido por la fatalidad.
  Vidal y Highsmith coincidieron en que los homosexuales en la literatura estadounidense de los 40 y 50 “tenían que pagar por su desviación cortándose las venas o ahogándose en una piscina” (Highsmith) o estaban condenados a ser “desgraciados en su matrimonio y a suspirar por los chicos de la Marina” (Vidal). Highsmith, que hizo correr bastante sangre por sus novelas, rompió con el maleficio. En su única novela romántica no hay piscinas con cadáveres ni gente cortándose las venas. Tampoco apeló al estudio sicológico de “La muerte en Venecia” ni del amor platónico de “El banquete”. En “Carol” se ubicó en el medio y creó para sus personajes un escenario que se adelantó a su época. Y después se desentendió del tema para siempre.

Comentarios