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Martes 28 de Febrero de 2012

Hoy los chicos se quedan sin Aurora

Hacia el final del año pasado me tocó seguir de cerca una charla entre madres. El tema era la participación de los hijos en los actos escolares.

Hacia el final del año pasado me tocó seguir de cerca una charla entre madres. El tema era la participación de los hijos en los actos escolares. Con distintas experiencias a cuestas, cada una tenía algo diferente para cuestionar, desde que -como es tradición- "nunca se escucha nada" por lo malo del sonido, que "hace mucho calor (o frío)", que los "numeritos" preparados son poco originales y una que otra agradecía no haber sido convocada para evitar hacer "un papelón" en el escenario. También había algunos reconocimientos.

Sin embargo, la charla pareció distenderse y cada una coincidió casi a modo de confesión que si había un momento emotivo, que de sólo pensarlo provocaba cierta inquietud interior, era cuando la bandera asomaba en manos del abanderado/a o en el izamiento acompañado de la repetida Aurora.

Ese estremecimiento que gana el cuerpo, toca el corazón y suele transformarse en algún que otro lagrimeo escondido no es casual: es la síntesis de aquel aprendizaje emocional logrado casi exclusivamente en la escuela.

Aprendizaje alcanzado a fuerza de figuritas recortadas, de lecciones compartidas (hasta las memorizadas también algo suman aquí) y sobre todo de palabras narradas y unidas con el hilo de la didáctica, que son las que mejor cosen las maestras.

La dilección por la bandera es un aprendizaje sutil y mágico, que lleva tiempo, el mismo que transcurre un chico por su escolaridad, y a la vez uno de esos que perdura para siempre y cada tanto logra sacudir hasta al más indiferente. Y, por si fuera poco, da paso a la memoria.

Viene bien saber que el 80 por ciento de Alta en el Cielo (la enseña más larga) ha sido cosido en las escuelas. Y es más que saludable que este emblema colectivo sea una herramienta superadora de persistentes miradas chauvinistas o de aquellos desfiles donde los alumnos debían marchar emulando a los soldados.

Esta es una razón especial que vuelve lamentable que las clases no comiencen en el Bicentenario de la creación de la bandera, que la figura de Manuel Belgrano no acompañe lo que debiera ser un histórico inicio del ciclo lectivo, justamente en la provincia donde el héroe de las batallas de Tucumán y Salta izó por primera vez la enseña patria.

El paro docente que arranca hoy era absolutamente previsible, y por tanto remediable. Ya en noviembre los maestros habían pedido iniciar las negociaciones formales, aún en enero. Y hasta antes del último feriado de carnaval, se escuchó a parte de la dirigencia gremial pedir una reunión urgente, porque tal como explicaban ante tal emergencia "el feriado no debía correr para funcionarios y delegados".

También era público que la aspiración del magisterio era un incremento que rondara el 25 por ciento (para empezar a conversar), y que la discusión se daba en el medio del poco oportuno aumento de la dieta que se asignaron los legisladores, y de algunas que otras comidillas que alimentaron la indignación de los docentes santafesinos.

Entre ellas figuran la asignación de 12 horas cátedra a la ex ministra de Educación de Binner, Elida Rasino, ahora diputada nacional por el FAP para enseñar educación física; la aprobación de una reforma para el secundario que sigue cosechando más crítica que consentimientos, y el despido de siete profesionales de los Equipos Socioeducativos por haberse "sindicalizado".

Entonces, los más de 29 mil votos de rechazo a la propuesta oficial (107 la aceptaron) que llegaron el viernes pasado sólo confirmaron lo que todos podían intuir ni bien se conoció el ofrecimiento del 14 por ciento para febrero y un 7 por ciento para julio dos días antes.

Lo que sí resultó llamativo fue la amenaza de la ministra Letizia Mengarelli de descontar los días de paro. En especial, porque ese método, propio del ingeniero Bondesío, aquel ministro de Reutemann rápido para reprimir medidas de fuerza y desacreditar a los maestros, parecía superado para el magisterio.

Lo que viene ahora tampoco es novedoso. El prestigioso sociólogo argentino radicado en Brasil, Julián Gindin, en su libro "Pensar las prácticas sindicales docentes " (Herramienta Ediciones), analiza esto nada novedoso de por qué los gobiernos dejan que el malestar docente se convierta en conflicto, apostando por un lado al desgaste ante la sociedad y por otro a la división del gremio.

Basta recordar que como en ningún otro caso el sueldo de los maestros es tema de debate público, en el que todos juzgan cuál es la cifra más conveniente que deberían ganar, aunque pocos se animan a decir si aceptarían entregarse tan desinteresadamente a esa tarea por la retribución ofrecida.

Es común escuchar así que "maestros eran los de antes" porque daban clase "casi sin cobrar ni quejarse", o bien son sólo aquellos que "hacen dedo para ir a escuelitas perdidas en el campo", "atraviesan cerros para impartir sus enseñanzas" o "educan en lugares recónditos".

Pareciera que un maestro tiene que sacar los trapitos al sol de su oficio y contar que además de desarrollar el currículum convenido, trabaja con pibes golpeados, en riesgo, víctimas de la droga, de la discriminación y de todo tipo de violencias; que les compra los útiles que no llegan, que pinta salones, que ordena los gastos del comedor escolar y hasta consigue ropa, entre otras tareas, para justificar su reclamo salarial.

Es verdad que ni todos son santos ni se comprometen de la misma manera con la tarea. Pero si la educación funciona, si -como dice el pedagogo Pablo Gentili- las escuelas funcionan, es gracias a la mayor parte del magisterio.

Eso lo sabía Belgrano, para quien la educación tenía un lugar de privilegio en sus convicciones, tanto que propició la instrucción de los más pobres, de las niñas, el desarrollo de las artes y de las ciencias. Y pensó que eso había que hacerlo con sueldos dignos para los educadores.

Hoy los niños y niñas santafesinos están privados de ese legado de Belgrano. Quizás el primer paso para recuperarlo sea reconocer la dimensión del trabajo de enseñar, esa que genera por ejemplo aprendizajes tan perdurables como el entrañable amor por la bandera.

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