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Sábado 11 de Abril de 2015

“Hay que trabajar mucho en el cuidado del otro”

La psicoanalista e investigadora de la UNR Bettina Calvi dice que los accidentes de tránsito son otra forma de violencia.

El primer juicio oral y público por un accidente de tránsito que comenzó esta semana en los Tribunales de Rosario interpela a todos los ámbitos de la sociedad. Y en particular porque las víctimas eran jóvenes vidas. La educación, la escuela, no están al margen. ¿Qué se puede hacer desde estos ámbitos? “Hay que comenzar trabajando mucho en la construcción de lealtades, en el cuidado del otro”, propone la psicoanalista Bettina Calvi, investigadora de la Universidad Nacional de Rosario y directora del Programa Proteger (UNR), destinado a generar responsabilidad social en el cuidado de niños, niñas y adolescentes.
  En el juicio que se inició está imputado de doble homicidio culposo un joven de 19 años a quien acusan de haber provocado un accidente de tránsito manejando a excesiva velocidad y alcoholizado, al volver de una fiesta junto con un grupo de amigos. En ese siniestro perdieron la vida dos de ellos. No es el único hecho. En ese mismo juicio se escuchó a los abogados recordar que en 2014 murieron en la provincia 765 personas en accidentes de tránsito: más de una por cada día del año.

Constante inmediatez. “Todos los operativos de control de alcoholemia y demás son necesarios, preservan bastante, si no se hicieran tendríamos más accidentes. Pero por otro lado parece haber algo del orden de la impunidad, donde los chicos creen que pueden todo y que nada les va a pasar. Podríamos decir que es una característica de la adolescencia, pero que está exacerbada por varias cosas, también por lo que pauta el mundo adulto”, opina Bettina Calvi, quien también es docente e investigadora en la Facultad de Psicología de la UNR y en la Universidad Nacional de Mar del Plata.
  “Parece —continúa Calvi—— que vivieran en una constante inmediatez, donde no pueden imaginar demasiado, soñar con un futuro. Tiene que ver con el nivel de violencia y de impunidad que ven el campo social. Entonces lo que aparece es una gran ausencia, que es la responsabilidad hacia el semejante”.
  Sostiene que esa omnipotencia con la que suelen manejarse los adolescentes les hace creer que sus acciones “no tienen efectos ni sobre sí mismos ni sobre los demás” y por tanto terminan siendo otras “formas de violencia que van arrasando con la propia subjetividad y con los demás”.
  —Arrasar con la propia subjetividad y con los demás suena terrible...
  —Suena terrible, pero es producto de toda una historia nuestra. No se puede pensar la subjetividad por fuera del momento histórico social donde se produce. Si nosotros venimos de una cultura alimentada por el neoliberalismo, donde lo que importa es lo de cada uno, el individualismo más acérrimo, donde la solidaridad no se fomenta, donde en la escuela, por ejemplo, en lugar de transmitir que hay que ayudar al compañero se les dice a los chicos: “Bueno, cada cual trabaja con lo suyo, no se presta; el que no tiene se embroma y no trabaja”, entonces lo que se les está diciendo es que “no importa lo que le pasa al de al lado”.
  —Sin embargo, también hay buenos ejemplos de jóvenes participando, interesados. Se vio en la marcha del 24 de Marzo. ¿Por qué cuesta tanto revertir esa cultura del individualismo?
  —Porque creo que viene de arrastre. Y es cierto que hoy el panorama es distinto, que hay un montón de pibes trabajando en los barrios; en la militancia, lo que es maravilloso porque se ve otra vez un montón de chicos enarbolando ideales que durante mucho tiempo no se vieron. Mucha participación de chicos muy jóvenes en los centros de estudiantes de la secundaria. Esto es la recuperación de valores muy importantes para la subjetividad y es eso lo que puede aportar a un cambio. Por eso hay que seguir educando a futuro. Pero evidentemente también hay un resabio de ese neoliberalismo, con padres que han educado a sus hijos convencidos de que agruparse es peligroso, y mejor fomentar la competencia, la individualidad.
  —¿Por qué estas tragedias son otro tipo de violencia?
  —Si un chico maneja alcoholizado y sube a los amigos al auto está mostrando una falta de responsabilidad hacia el semejante, pero también una forma de violencia. Es una forma de violencia y una falta de ética hacia el semejante. Podemos pensar que la moral es un conjunto de normas históricas del que se nutren los principios con los cuales se legisla. Pero la ética es otra cosa. Si al imperativo categórico kantiano: “Actúa de tal manera que tu conducta pueda ser una norma universal”, lo pasamos a una manera más sencilla y decimos: “No hagas a otro lo que no quieres que te hagan a ti mismo”, eso parece que en estos hechos no funciona. Lo que vemos es un modo de conducta donde “no importa si tomo, total no va a pasar nada”. Hay personas que mueren atropelladas por quienes manejan de ese modo, también están los conductores que no se detienen ante un accidente. Esto es otra forma de violencia, porque son conductas que destruyen ese lazo con el otro.
  —¿Qué pasa con los referentes adultos, como la familia y la escuela?
  —Muchas veces los padres, por lo menos es lo que escuchamos en el consultorio, se preguntan hasta dónde permitir y hasta dónde no. Siempre pensé, y en realidad aprendí de quien considero mi maestra, Silvia Bleichmar, que no se trata de poner límites, porque en todo caso es una banalización del tema, sino de instalar legalidades: qué es lo que está permitido y qué es lo que no. Pero también hay modos de instalar esas legalidades. Así como uno no le dice al nenito: “Ay queridito no pongas el dedito en el enchufe porque te vas a hacer mal”, sino directamente le dice que no lo ponga, entonces hay que pensar cómo se les transmite a los hijos que de ninguna manera pueden manejar si no están en condiciones. Y si los padres notaron que manejó una vez no estando en condiciones, y en esto incluyo desde lo más grave que es que haya tomado como que no tenga la documentación necesaria, no debe permitirlo una vez más. Son legalidades que deben instalarse desde que el chico es pequeño.
  —En ese sentido, la ley de educación nacional fija en sus metas ofrecer desde el inicio “una educación integral y garantizar la formación de ciudadanos comprometidos” ¿Qué pasa con esta tarea de la escuela?
  —Hay que trabajar todavía bastante en las escuelas. Algunas toman el problema y realmente son continentes con los pibes, fomentan la solidaridad, la escucha; y hay otras que no, que se siguen manejando con modelos más autoritarios, que lejos de favorecer la instalación de legalidades imponen límites. Y los límites impuestos desde el exterior, el chico no lo toma como algo propio. Tiene que entender que esa norma es para él y para toda la comunidad donde vive. Por ejemplo, no se trata de que “no debe manejar si tomó porque lo puede parar un control de alcoholemia” o que “no puede salir sin los papeles por si lo paran”. Es porque no se puede, porque no está permitido y por lo que pauta la vida en sociedad. Creo que habría que acentuar estas cuestiones de la ética, del registro del semejante, de favorecer el lazo con el otro y de la solidaridad.
  —Hay mucho por hacer, pero ¿por dónde comenzar?
  —Pienso que hay que comenzar justamente trabajando la construcción de lealtades entre pares, el cuidado del otro, el registro de lo que las propias acciones pueden hacer en el otro. El “bullying”, que está de moda, en realidad no es otra cosa que el daño que puede hacer la propia acción sobre el otro. Hay que comenzar por tener ese registro que el otro sufre y si yo no quiero que me haga esto tampoco hay que hacerlo. Vivir en una sociedad es aceptar las normas que la pautan. Y, por ejemplo, si los padres reconocen que el pibe no sabe aún cuidarse no tienen que darle el auto, porque se lo está poniendo en una situación de riesgo. Y además les están dando un arma que pone en riesgo a los demás.

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