Brexit
Domingo 20 de Noviembre de 2016

"Hay que defender las pequeñas utopías"

El filósofo español Francisco Jarauta analiza, en diálogo con Más, el escenario actual a la luz de Utopía, la obra clave de Tomás Moro. Una nueva época histórica y el cambio en el tablero político mundial.

Francisco Jarauta estuvo hace un par de años y se describió como un escéptico apasionado. El filósofo español, amante de la historia del arte, se refirió por entonces a la ciudad como construcción cultural. Al escucharlo se podía sospechar que su escepticismo más bien provenía de una desilusión. Por eso convocaba a una nueva, o no tanto, ilusión, decía que había construir pequeñas utopías "porque las cosas no son como las habíamos pensado". Y no estaba errado. Ahora, de vuelta en Rosario, se lo nota impactado por el triunfo de Donald Trump en Estados Unidos, porque no creyó que ocurriera, y ante eso analizó la actualidad del escenario internacional. Y una vez más invita: "Hay que seguir soñando".

Jarauta es catedrático. De esos que atraen las miradas por la claridad en su exposición, porque maneja los tonos, los giros idiomáticos. Le gusta explicar, le gusta presentar sus ideas como construcciones junto a otros. Hay algo en él que recupera la voz de la filosofía como posiblidad de pensamiento con otros. Dialoga, siempre, aunque sólo se escuche su voz en una conferencia. Siempre convoca a algún interlocutor. En esta oportunidad los invitados fueron Tomás Moro, ante el quinto centenario de su obra Utopía, y Picasso y su paradigmático cuadro Las señoritas de Avignon.

Invitado por el Centro de Estudios Interdisciplinarios de la UNR, Jarauta dialogó con Más a pocos días de llegar al país y luego de estar como voluntario en un campo de refugiados sirios en Grecia. "Vamos a seguir soñando", prometió.

—¿Qué alumbra hoy la obra de Tomás Moro?

—Digamos que cinco siglos después los horizontes son absolutamente diferentes, no tienen nada que ver con la sociedad de 1516. Él es canciller de Enrique VIII, contra cuyo despotismo toma posición, y ante la imposibilidad de elaborar una declaración frontal escribe Utopía. Supuso en su momento una radical innovación dentro de lo que fue la tradición de la literatura utópica, que no tiene un canon, un modelo, sino que con gran libertad va expresando, en cada uno de los momentos, lo que sería el proyecto oculto, un deseo, a veces sólo un sueño. Sueño, deseo, proyecto político se encuentran en algún lugar. Todas las civilizaciones se han visto interrogadas sobre dos cuestiones fundamentales, la del comienzo u origen y la del destino o fin. En ambos casos hubo una respuesta o se ha buscado dar una respuesta. Digamos que en el mundo antiguo apareció esa idea, que me atrevo a reconocer como la idea más temeraria que ha pensado la humanidad, pensar el origen bajo la metáfora del paraíso. Después todo resultó triste, un poco triste. Expulsados, exiliados, refugiados, son todas facetas del mismo viaje: expulsados del paraíso. Obviamente, es una de las construcciones más eficaces, por un lado, pero también de las más problemáticas, por el otro.

—¿La isla Utopía de Moro se conecta, entonces, con ese paraíso?

—Las Arcadias, las islas afortunadas, las Atlántidas siempre aparecen como lejos. Se solían situar en islas a las que nadie nunca había tenido acceso. Y cuando Moro llega con su texto se produce una interrupción, del barco desciende un personaje, los habitantes, desde la tierra firme, le preguntan: "Usted, ¿quién es?". El se presenta: "Soy Rafael Hitlodeus". "¿Y de dónde viene usted?", "vengo de la isla Utopía". Es la primera vez que entra en escena alguien que dice venir de tal lugar y que se vincula. Pero así como Marco Polo, pongamos de ejemplo, a su regreso va contando aquellas maravillas, El libro de las maravillas, con él la escucha es muchísimo más ansiosa. Porque ese texto aparece en un momento en el que el denominado Mundo Nuevo comienza a ser operativo, se han producido los primeros grandes descubrimientos transoceánicos, cuando todavía no existe un mapa de los océanos, eran otras tierras. Y comienza a ser generador de una gran ansiedad epocal. Se busca un nuevo mundo, estamos saliendo del Medioevo, pero sobre este mundo todavía no hay programa, tampoco forma: la gran fortuna del libro de Moro es que se produce en una situación crucial, de búsqueda y de escucha, aparece ya otro mundo.

—Ese libro entonces puede leerse como una parábola de ese mundo incierto que es puro deseo. Parábola, para algunos, entre ingenua y optimista.

—Yo creo que hay ingenuidad porque en el futuro no hay discurso. Sobre el origen y el futuro, como decía Rousseau, sólo hay conjeturas, y obviamente la imprecisión acompañará siempre al discurso utópico. Nunca hablamos de algo seguro, sobre el futuro hacemos un dibujo. Ese dibujo tendrá verosimilitud o simplemente será una proyección de nuestro deseo. En el caso concreto de Moro aparece en el segundo capítulo, cuando le preguntan: "¿Y cómo es la vida en Utopía?". Va a proponer, entonces, una serie de ideas totalmente ajenas a la cultura del siglo XVI y que podríamos situar en el corazón del siglo XIX. "En la utopía se trabaja muchísimo". Quienes escuchan se preguntan asombrados sobre ello porque estaban en la ilusión de hacer coincidir utopía y paraíso. "En la utopía no hay propiedad privada", "los niños no son de los padres, son de la comunidad", ideas absolutamente revolucionarias que no tendrán acogida fácil porque contrastan con otra normatividad, otro programa.

—Casi un libro de ciencia ficción...

—No, me resisto a aceptar esa lectura porque la ciencia ficción hace una simulación desde presupuestos científicos de posibles sociales, yo tampoco considero que 1984, el libro de Orwell, sea ciencia ficción. Sería ficción, cierto, pero desde una perspectiva de la interpretación de lo social, posiblemente al ritmo que seguimos nos situaremos en ese escenario.

—¿Cada época sueña su futuro?

—Soñar, siempre. Hay épocas más pacíficas, otras más ansiosas, evidentemente las que buscan el futuro son las que están más marcadas por la incertidumbre, la inseguridad, la ansiedad. Hay períodos que son lentos históricamente, placenteros, apacibles, pacíficos; hay otros que son ansiosos, agitados, convulsos, se precipitan, revolucionarios. Hay tempos que corresponden a la evolución y hay tempos que corresponden a la revolución.

—Entonces, vale preguntar, ¿en que época estamos?

—Buena pregunta, indiscutiblemente estamos ante un nuevo período histórico. Tenemos la suerte, o la fortuna, de vivir en una época de profundos cambios, de transformaciones irreversibles que modifican totalmente los parámetros con los que se ha creado la cultura moderna. Bauman ha escrito su famoso libro, justo para una conferencia a la que le invité, en la que dijo que nos hemos convertido en observadores globales. Estamos viendo cómo pasa el tren de la época, queremos una y otra vez subir a ese tren pero pasa a una velocidad superior a nuestra reacción. Pasa, observamos y allí reconocemos que todo está cambiando. Si miramos 50 años atrás y lo contrastamos con el mundo actual, nos encontramos con que los referentes simbólicos con los que era pensada aquella época ya no sirven, y ocurriría todavía más si el desafío de la mirada se proyectara sobre el futuro.

—¿En esta nueva época cuál sería el sueño? ¿Se está construyendo un sueño?

—Es cada vez más urgente volver a pensar ese sueño y no aceptaré nunca algo que dicen algunos: que nos estamos encontrando con una época posutópica. No, hay que volver a pensar ese sueño. Durante este mes de julio pasado mi esposa, amigos y yo trabajamos como voluntarios en un campo de refugiados sirios, kurdos, afganos en Grecia, cerca de Tesalónica, y ahí escuché a unos voluntarios decir que es más urgente reconstruir el corazón de la humanidad. Yo me he empeñado en pensar, humildemente pero con generosidad, una nueva idea que articule lo social, un horizonte moral para la humanidad, hay que pensar con un concepto fuerte de humanidad. Esto lo dijo Kant, lo dijo Marx, lo pensamos nosotros. Siendo herederos sin testamentos, asumimos esa responsablidad moral.

—¿Y qué es lo se ve?

—Esto nos lleva a ser testigos de cargo de un proceso en los que esos valores no solo vienen a menos, se debilitan, sino que son sustituidos por otros, los que dicta un pragmatismo a todos los efectos, que hacen que nuestras sociedades se adapten sin resistencias a esa mimetización a un nuevo tipo de materialismo. La secularización de los valores nos deja en intemperie y sobre todo perplejos, porque no tenemos la carta de navegación para transitar por ese futuro.

—El reciente triunfo de Trump, para algunos, conforma una línea política o un eje político compuesto por Putin, el Brexit, Trump y Marine Le Pen, con posibilidades de ganar en Francia. ¿Usted coincide con esa lectura?

—No exactamente, a lo que estamos asistiendo es a una gran sorpresa ante el triunfo de Trump en EEUU. Conozco bastante bien la sociedad norteamericana pero mis cálculos iban en otra dirección y me equivoqué, profundamente, y con un resultado que no solo es de sorpresa sino de convulsión, de profunda perplejidad, no lo puedo creer. Hoy puedo decir que hay dos Américas. Una que se enfrentaba como sociedad del miedo a dos fantasmas. Dentro de 25 años la sociedad americana sufrirá un zarpazo, habrá más latinos, afros, asiáticos que americanos propiamente dicho. Segundo, nunca se había evaluado que los efectos críticos de la globalización han afectado trágicamente a la sociedad americana del Middle West y a los Estados industrializados que han dejado de serlo. Trump ha hablado a esta población y ha reivindicado para ellos un American Dream que prácticamente se había desdibujado. El supuesto cosmopolitismo de la línea Obama-Clinton dejaba a la intemperie, sin interpretes políticos, a esta población, setenta millones que han sido los votantes de Trump.

—¿Y la relación Trump-Putin?

—Yo me voy a equivocar de nuevo, pero no creo en esa alianza, no creo en la posibilidad de reinvindicarla, a Trump no le interesa. Putin es un oportunista de la política y tiene una de las diplomacias que con más atrevimiento juegan en el tablero internacional, basta ver lo que está pasando en Siria, en esa guerra, Y por otra parte está totalmente bloqueado por un proceso de modernización de Rusia que se mantiene en unos niveles de crisis fortísima, la incapacidad de crear una clase media, la posibilidad de crear una pequeña normalización democrática, la inexistencia de la opinión pública. A Rusia le interesa y es la primera en felicitar a Trump pero no pasa por ahí el eje. El partner verdadero con el que tendrá que hablar es China o es Europa. Un política proteccionista a ultranza no se va a poder desarrollar porque la Organización Mundial del Comercio está exigiendo antiproteccionismo, más allá de lo que digan ciertos populistas. Estados Unidos no puede jugar al proteccionismo para salvar a setenta millones de americanos, porque el equilibrio financiero y económico va por otra parte.

—¿Europa es otro escenario clave?

—El triunfo de Trump tendrá reacciones en Europa pero van a ser más bien retóricas. En Francia, abocada a unas próximas elecciones, la gran debacle pasa por el Partido Socialista. La socialdemocracia ha perdido su territorio político, no sabe cuál es su espacio político propiamente dicho, y las dudas están ahí. En este momento si hiciera un pequeño mapa, a lo mejor me vuelvo a equivocar, hay un debate en la derecha en la que se juegan la candidatura siete candidatos, hay un Partido Socialista errático y un front nacional con Marine Le pen. Pienso en un ballottage, en un segundo turno, ella y alguien de la derecha francesa, que probablemente sea Alain Juppé. Que a las segundas elecciones no vaya el Partido Socialista, este sí que es un auténtico problema. Francia tiene que reorganizarse políticamente. Yo nunca creeré, pero me puedo equivocar nuevamente, que Marine Le Pen puede ser la presidenta de la república. No lo puedo creer. Todo esto desemboca, junto con la cuestión del Brexit, en otra cuestión más importante, que es cómo va a evolucionar Europa.

—También algunos analistas ven similitudes en el escenario de Occidente con el período de entreguerras...

—Tampoco me atrevería a hacer esa extrapolación. Ese período compulsó realmente la salida de la Gran Guerra cuando se firman los protocolos de Versalles. Queda derrotada Alemania y se produce por parte de las potencias triunfadoras toda una redistribución de las áreas del mundo. Se trata de construir nuevas hegemonías y ante esa situación se produce un fenómeno chocante que es la Alemania derrotada. Una Alemania que había vivido 50 años absolutamente histéricos, desde la unificación de Bismarck tras la derrota francofrancesa, derrota de Francia, un período completamente ansioso, histérico, que busca convertir a Alemania en una potencia industrial y militar y que desemboca en todo lo que motivó la Gran Guerra del 14, con una Alemania derrotada que no puede situarse en ningún lugar. Yo he vivido muchos años en Berlín, y vivo aún ahí, y Berlín conserva toda esa atmósfera de nerviosismo que va desde la Rosa Luxemburgo del 21 al 23 hasta el incendio del Reichstag del 33 y la aparición de ese nacionalsociacialismo. En este momento todavía queda una "legitimidad democrática" (remarca las comillas). No creo que estemos tan cerca del abismo. Sí asistimos a una situación complicadísima, donde nos encontramos con un planeta completamente complejo y sin las instituciones políticas que garanticen su gobierno. Estas instituciones políticas han sido sustituidas por un consejo de administración constituido por las grandes corporaciones, ninguna de ellas han sido elegidas democráticamente, alguien habla sin reparos de un tecnofascismo. Evidentemente la elección de Trump va a modificar las estructuras geopolíticas que han servido para entender la política internacional de los últimos treinta años, que van a quedar heridas de muerte. No sé hasta qué punto, todavía me resisto a pensar, Trump pueda hacer borrón y cuenta nueva, porque hay muchas mediaciones. Se lo decía Obama en la reunión tras su triunfo, "no se olvide de que usted es el presidente de EEUU y según los padres de la Constitución este país es el país de la libertad, del reconocimiento del otro, de la tolerancia". Trump y lo que provoca es un ejemplo pertinente del cambio de época, porque su pensamiento implica a todo el sistema que estamos acostumbrados. Hoy asistimos a un fracaso de la política tradicional y a una urgencia por construir un modo de política nuevo.

—Ese cambio de época del que venimos hablando también lo es en lo cultural. Los grandes medios también quedaron en offside en la elección de Trump. ¿El votante se maneja por fuera de ese sistema?

—Sí, tal cual, es un público que está asociado a los canales de información a través de la identificación, de una forma directa. El mundo pasa por los canales de los media, no se trata de construir algo objetivo sino de mimetizar. No nos olvidemos de que Trump es un gran manager de la comunicación.

—¿Y qué sueño es posible sobre lo queda?

—Vamos a seguir soñando. ¿Qué vamos a soñar? Obviamente lo decía antes de una forma ética, tenemos que pensar un mundo para todos, garantizar un proyecto moral para la humanidad. Es mi sueño, que al final exista una sociedad profundamente desigual y que de alguna forma haga posible la construcción de ese nuevo mundo. Te pido que no preguntes cómo, no es mi competencia. El mundo de las grandes utopías se ha terminado, así lo pienso. Quiero ser coherente, hay que defender las pequeñas utopías, las microutopías, hay que construir pequeñas utopías, quizá la utopía de Rosario, o de tu barrio. Es decir que vamos a encontrarnos quienes coincidamos en tales ideas en un proyecto social en el que allí se harán reales aquellas ideas. Obviamente, podrán decir esto ya supone una profunda abdicación. Es como cuando los utopistas sociales, Fourier por ejemplo, decía la revolución se pas possible, entonces construyamos un falansterio donde reunirnos, o como decía Moro, la isla Utopía, vivamos así, vivamos así. Me cuesta mucho renunciar a ese ideal kantiano de un horizonte moral para la humanidad.

señoritas.jpg


Las señoritas de Avignon

Francisco Jarauta es además de catedrático en filosofía un estudioso del arte. En su paso por Rosario se refirió a la obra de Tomás Moro, pero también analizó una obra clave de Picasso, Las señoritas de Avignon, en una conferencia que brindó en la Bolsa de Comercio. La obra es considerada, no sin polémica, como un hito fundante del cubismo.

Las señoritas de Avignon tiene una historia muy particular. Corresponde con un período de 10 meses, de octubre de 1906 hasta julio de 1907, donde "Picasso hace un balance respecto a su obra anterior y establece un diálogo abierto con todo lo que está viendo, desde Cézanne a Matisse, hace un tête a tête con ellos. Esa obra es un verdadero monumento a su crisis personal", señala Jarauta.

"Ahora bien, esta reflexión y todos los dibujos correspondientes a los siete cuadernos preparatorios para Las señoritas... representan una de las obras más pensadas y construidas. Yo defiendo esa obra como la obra fundadora del arte del siglo XX. Alguien diría que está compuesta contra Matisse, porque Mattise en 1906 está haciendo una pintura demasiado complaciente, y él recupera para el arte otra dimensión, otro compromiso. Lo curioso es que terminada en julio de 1907, siendo como es Picasso un poco exhibicionista, no se presenta en público hasta 1916. En el año 12 se hace una descripción aproximada por un amigo, porque la obra está depositada en la casa de un amigo, pero nadie ha tenido la fortuna de verla. En el 16 se presenta e inmediatamente se produce una convulsión total, muy pronto los intereses se polarizarán. Breton dirá que ese es «el cuadro fundamental de esa época»", explica.

Y agrega: "El próximo año se va a celebrar el centenario del Guernica, un cuadro que tiene todo el aura que ha significado, pero desde el punto de vista formal, técnico, de la historia del arte, Las señoritas de Avignon es infinitamente más importante".

Comentarios