Escenario
Sábado 05 de Noviembre de 2016

"Hay que aprender a tolerar las diferencias"

Paula Maffia, una de las integrantes del grupo, dijo que los "prejuicios sexistas" con la banda todavía persisten. Esta noche presentan su nuevo CD en La Lavardén

Hace cuatro años, con su primer disco ("Son y se hacen"), Las Taradas se convirtieron en una de las bandas más originales y de mayor crecimiento en el circuito alternativo. Con su look de "orquestina de señoritas", el grupo sorprendió rescatando del olvido canciones de las décadas del 40 y 50, pasando por géneros tan diversos como el blues, el folk, el bolero, el swing, la canzoneta napolitana, la cumbia y las rancheras. Paula Maffia (voz, ukelele y acordeón), Natalia Gavazzo (percusión y voz), Lu Martínez (contrabajo, bajo y voz), Lucy Patané (guitarra y voz), Rosario Baeza (violín y voz) y Marcela Galván Alberti (clarinete, saxo soprano y voz) regresaron en 2015 con su segundo álbum, "Sirenas de la jungla", un trabajo con una estética más oscura y un sonido más marcado y eléctrico. En este disco, además, suman géneros como el cuarteto y la milonga y se animan por primera vez a mostrar canciones propias.

   Las Taradas vuelven hoy a Rosario para presentarse, a las 21.30, en el teatro de la Plataforma Lavardén, Mendoza y Sarmiento. Con su impronta teatral y su solidez musical, el grupo mostrará los temas de "Sirenas de la jungla". En charla con Escenario, la cantante y multiinstrumentista Paula Maffia explicó por qué creció el público de la banda y aseguró que los "prejuicios sexistas" todavía persisten. También habló de su militancia feminista y defendió el 31º Encuentro Nacional de Mujeres que se realizó en Rosario el mes pasado y que levantó polémica.

   —¿Qué diferencia a "Sirenas de la jungla" del álbum debut?

   —Hay dos diferencias grandes. Esta es la primera vez que incluimos temas propios. Somos todas autoras, pero nuestro primer disco fue de versiones exclusivamente. Buscamos rescatar canciones olvidadas por el paso del tiempo, especialmente canciones de autoras mujeres. En este segundo disco nos aventuramos bastante en la composición. Algunas son canciones que nacieron de manera grupal y otras son individuales y las terminamos de componer entre todas. Este disco también es más oscuro, o menos alegre quizás, más dramático, pero también bastante bailable. Nos metimos en géneros más latinoamericanos y hay un sonido más duro, más marcado, porque en algunos temas empezamos a incursionar en instrumentos eléctricos como la guitarra y el bajo.

   —¿Hay nuevas influencias que hayan querido capturar?

   —Hay algunas fusiones extrañas. El tema que abre el disco, "Pájaro que deja el nido", comienza con un ritmo medio andino, como un carnavalito, y después se transforma en una cumbia colombiana clásica. Esta vez también incluimos cuarteto, un tema de ni más ni menos que de la creadora del cuarteto, La Leo. Estos ritmos que sumamos no son descubrimientos, son más bien una vuelta de tuerca artística. La indagación no va por otro lado en relación al primer disco, en todo caso hay una búsqueda estética un poco más osada.

   —¿Cómo se animaron a los temas propios?

   —Somos todas autoras, así que era cuestión de tiempo. Yo escribí "La preferida". Quise hacer un bolero apasionado, pero sin replicar esas letras del tipo "si me dejás me muero", donde la persona se entrega a un especie de efecto tanático porque su objeto de cariño no le corresponde. El bolero es un género dominado por los hombres, aunque hay muchas mujeres que lo cantan. Entonces las letras típicas de los boleros replican cuestiones de dominación de género, expresiones con "sos mía", "me pertenecés", "si te vas me mato". Yo quise hacer un bolero sin repetir eso.

   —El segundo disco es una prueba de fuego, sobre todo si con el anterior tuviste muy buena respuesta. ¿Cómo lo ves vos?

   —Puede ser que sea una prueba de fuego, porque salimos de ese lugar simpático de banda de recopilación, de banda festiva, y nos metimos con una estética un poco más densa. Me parece que este es un disco que gustó mucho más a los fans oyentes de música que al gran público que dice "ay, qué simpática esta banda de chicas, qué lindas".

   —¿De dónde viene esa marca teatral que distingue al grupo?

   —No sabría decirte, porque ninguna de nosotras es animal de teatro. Me parece que influyen los años que cada una tiene arriba de los escenarios, el hecho de que nos sentimos cómodas y el hecho de que somos un montón, entonces no estamos tan expuestas, somos como un pequeño pelotón. Más allá de que haya 400 ó 4.000 personas enfrente de nosotras, hay una cofradía tan grande arriba del escenario que me parece que nos da un vigor y un caradurismo importante.

   —Están tocando en lugares cada vez más grandes, como el Vorterix de Buenos Aires, y también tocaron en el Carnaval de Ouro Preto, en Brasil. ¿Por qué pensás que el grupo se está expandiendo?

   —Es una buena pregunta. Creo que estamos bendecidas por el boca a boca, la gente nos recomienda y gustamos. Hay varias cosas que influyen en esto. Una es que hacemos un repertorio que le gusta tanto a los niños como a los adultos muy grandes, pasando en el medio por gente joven y de mediana edad. Tenemos un espectro de público muy amplio. Puede ir un abuelo con un nieto a ver a la banda. Por otro lado también tenemos un compromiso muy grande con nuestras batallas y esto hace que mucha juventud comprometida con cuestiones de género se vea interesada y nos tome como una banda en serio. Eso también es una pata fuerte. Además todas somos músicas, todas cantamos, somos autoras y todas venimos de proyectos conocidos antes. Eso nos pone en una posición importante para la gente que sabe de música. No somos seis cantantes con una banda de tipos tocando atrás. Esto no es ninguna novedad, porque hay orquestas de señoritas desde que tengo uso de razón, pero parece que la gente se sigue sorprendiendo de que una mujer pueda ejecutar un instrumento. Eso también ha sumado. Por otra parte hay un revival de la música vieja, y en ese sentido fuimos un poco pioneras. En una época en donde todo el mundo estaba tocando rock nosotras abrimos una tangente para hacer versiones hace siete años. Y después empezaron a proliferar muchas bandas acústicas.

   —Ustedes tienen un espacio ganado hace tiempo. Sin embargo, ¿todavía se topan con prejuicios por ser una banda sólo de mujeres?

   —Permanentemente. Y es insólito. Una de las primeras preguntas que nos suelen hacer los periodistas varones o mujeres es por qué somos todas mujeres. A mí me parece increíble tener que andar justificando nuestras elecciones en el 2016. A la inversa nunca pasa. La mejor manera de demostrarle al periodista lo sexista que es esa pregunta es invertirla y decirle: ¿Vos le harías esta pregunta a La Beriso? Están naturalizando que una banda sea de varones. Si somos tantas mujeres como varones en la tierra, ¿por qué se siguen sorprendiendo de que las mujeres se junten?

   —¿Cómo se vencen esos prejuicios? ¿Es un camino difícil?

   —Yo suelo ser bastante dura con las respuestas. A esta altura ya no digo "somos mujeres porque estamos tratando de visibilizar tal cosa". No. Me di cuenta de que estaba inventando excusas. Somos todas mujeres y listo. Si alguna de nosotras decide cambiar de género no va a dejar la banda por eso. No es una condición sine qua non ser mujer para ser parte de la banda.

   —En una nota del año pasado dijiste: "Ser mujer merece una vida de militancia". ¿Creés que con las manifestaciones de "Ni una menos" se ha tomado más conciencia de los derechos de las mujeres?

   —Me parece que se visibilizaron, y a medida que eso pasa surgen nuevas problemáticas y todos nos replanteamos distintas cosas. Pero la verdad es que desde el paro nacional de mujeres han ocurrido hasta más femicidios que en los últimos meses. Es casi una reacción al lugar ganado.

   —A veces da la sensación de que esa militancia provoca muchos rechazos...

   —Claro. Lo que pasó en Rosario, justamente, lo dice todo. En Rosario hubo 70 mil mujeres marchando, de las cuales un grupo de 200 se encargaron de escrachar las paredes, lo cual a mí me parece completamente insignificante en comparación a lo que sería la visita de una barrabrava de fútbol o la visita de todos los fans del Indio Solari. El problema es que las consignas que se escribieron están pensadas para ser interpretadas por otras mujeres. Cuando ponen "Muerte al macho", cualquier persona que no está mínimamente informada en cuestiones de género dice: "Quieren matar hombres. Quieren aniquilar a los varones. Quieren abortarlos a los niños porque disfrutan del aborto". Para muchos esas consignas son algo desconocido, y lo desconocido genera terror. Además la sexualidad de la mujer todavía es misteriosa, y genera horror la mujer que goza de su cuerpo. Lo único que se logra con esas pintadas es estimular la imaginación perversa de las personas que no entienden ni les interesa entender. De una cumbre enorme y hermosa en donde se dieron talleres y se intercambió información, lo único que trascendió es que un par de chicas escracharon las paredes con pintadas, algunas más felices que otras, algunas más ingeniosas que otras...

   —Evitando las pintadas, ¿no se hubiese visibilizado más la verdadera naturaleza del encuentro?

   —Yo creo que cada una tiene el derecho de manifestarse de la manera que le parezca. Yo no saldría a pintar paredes, no me parece constructivo para mí. Pero si yo tuviese una hermana que fue violada por cuatro hombres, torturada y golpeada, yo creo que me quedaría muy corta pintando paredes. Me parece muy cruel juzgar la expresión de las demás, es casi una actitud masculina juzgar cómo otra tiene que expresarse y comportarse. Para mí los encuentros nacionales de mujeres son lugares de conexión maravillosos, por eso lamento muchísimo que la gente se quede con la idea de que es una especie de junta de brujas que hacen pintadas para pedir que castren a los hombres. Yo trabajo con hombres, amo a hombres y me junto con hombres. Obvio que son hombres que opinan igual que yo en relación a la mujer y al género. Y he aprendido a tolerar además a hombres que, a esta altura, ya sé que no puedo discutir con ellos, como puede ser mi padre o gente muy mayor. Son cambios que ellos quizás no pueden administrar. Pero apunto a que alguien joven pueda ponerse en nuestro lugar y apunto a que alguien más grande, que no puede cambiar su manera de pensar, sí pueda respetar la manera de pensar de los demás. Hay que aprender a tolerar las diferencias.

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