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Sábado 02 de Marzo de 2013

¿Hay placer en el aprendizaje?

Por Roberto Follari / Es tarea central hoy de la escuela competir con internet, la TV y los celulares, todas tecnologías de la velocidad y la urgencia

En tiempos "light" como los presentes, hay quienes creen que lo placentero es lo que no exige esfuerzo. El placer estaría en la poltrona; cuanto más relajamiento y menor intensidad de atención y concentración, más placentero sería un acto.

Freud nos enseñó otra cosa. Si la persona sana es la que se muestra capaz de "trabajar y de amar", asumiremos que lo psíquicamente fecundo pasa por una construcción, no por un simple abandonarse al goce inmediato. Este no produce sentido, no se atiene a valores, no da dirección a la existencia.

No en vano Freud insistió en que la madurez consiste en la capacidad de sostener espera para la satisfacción de la pulsión. La inmediatez para satisfacerse es propia de la infancia primera. No es que no haya relámpagos de satisfacción válidos para el adulto, como sabemos desde Artaud hasta W. Benjamin; pero sólo de ellos, no se vive. Hay que aprender la paciencia, el esfuerzo continuado, las metas a mediano y largo plazo.

Esto nos permite pensar la cuestión del aprendizaje. ¿Es fácil aprender? Habitualmente no. Aprender es modificar conductas o representaciones. Cambiar cuesta. Nada más fácil que la repetición, y nada más afín que ella a la comodidad, la molicie y el inmovilismo.

Esfuerzo. Aprender cuesta, y por ello no es cómodo. Pero cuanto más alta es la montaña, mayor es el gusto de ascenderla. De tal modo, el aprendizaje es una fruta acompañada de espinas; hay que pasar por éstas para llegar a degustar el fruto. Pero cuanto más duro es el camino, más grande es la satisfacción final.

Por eso un niño ríe el día que descubre que puede caminar. Se tambalea, cae a menudo, corre peligro de golpearse. Pero el logro de caminar, la alegría de los padres y hermanos al verlo, pueden más que el miedo al riesgo, que el dolor o la prudencia. Y el chico no dejará de caminar hasta hacerlo con facilidad. Igual cuando se juega por primera vez al fútbol, cuando se hace la primer partida de ajedrez, cuando se va por primera vez solo en bicicleta, cuando se aprende a nadar.

Los pasos previos cuestan. Aprender no es placentero; lo placentero es ya haber aprendido. Pero no hay producto sin proceso, no hay logro sin esfuerzo, no hay lo aprendido sin los pasos del aprenderlo. La expectativa del logro, el saber la satisfacción que nos espera al final, es lo que da sentido a las renuncias que implica el aprendizaje. Pues mientras estudio o me preparo no juego, no me divierto, no me puedo distraer ni entregar a mis impulsos primeros.

Expectativas. Hay casos en que el proceso de aprendizaje también puede hacerse entretenido, y en ese sentido hay posibilidades didácticas interesantes. Pero es claro que hay momentos en el aprendizaje que no serán fáciles ni gozosos; y que lo principal que da sentido a esos momentos es la expectativa del logro futuro, de que habrá una condición posterior en que esto que hoy nos cuesta, ya estará incorporado como parte de nuestras propia vida cotidiana, de nuestro "habitus" (como diría Bourdieu).

Es tarea central de la escuela hoy competir con internet y con la TV, más los celulares; todas tecnologías de la velocidad y de la urgencia. La costumbre de tener todo siempre y ya es fatal para la necesidad de aprender. Nos acostumbra a no esperar, a no esforzarnos, a que todo esté siempre listo y predispuesto.

Es difícil oponerse al facilismo, más cuando éste se vuelve estructural en nuestra cultura tecnificada. Un facilismo que no se advierte como tal, escondido en los pliegues cotidianos del uso de las TICs cada vez más omnipresentes.

Habrá que reaprender el silencio. Habrá que apagar celulares, habrá que dar espacio y tiempo a la autorreflexión y al ensimismamiento. Habrá que reasumir la capacidad de espera y una temporalidad diferente a la de la urgencia y el siempre ya.

Es más fácil decirlo que lograrlo, dada la afición impuesta a los jóvenes por el ruido y la estimulación permanentes. Pero es este el desafío de la época: retornar a una subjetividad capaz de centramiento y de autoconciencia.

Una subjetividad capaz de aprender, entonces. Porque tendrá disposición al esfuerzo y a la espera. Esas actitudes que cambian goce inmediato por placer lleno de sentido y de satisfacción por llegar a la meta largamente perseguida.

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