Edición Impresa
Sábado 21 de Febrero de 2009

"Hay padres que van a la escuela con una actitud prepotente"

Si la escuela y las familias se llevan bien, los chicos aprenden mejor. La premisa es simple, pero difícil de sostener en el día a día. "Es una relación que se debe construir desde el diálogo y el consenso", hace notar la pedagoga Silvina Gvirtz.

Si la escuela y las familias se llevan bien, los chicos aprenden mejor. La premisa es simple, pero difícil de sostener en el día a día. "Es una relación que se debe construir desde el diálogo y el consenso", hace notar la pedagoga Silvina Gvirtz.

Para Gvirtz, doctora en educación y docente e investigadora de la Universidad de San Andrés, la institución escolar debe buscar nuevos modos para comunicarse con los padres, y éstos no deben ir a echar culpas a los docentes, aun de manera prepotente, cuando se los convoca.

—Si la alianza padres-escuela funciona, ¿hay mejores aprendizajes?

—Sí, claramente la participación de la familia, y una buena relación con la escuela, es central para posibilitar mejores aprendizajes. Pero esa relación se tiene que construir desde dos lugares: la familia tiene que estar dispuesta, abierta, escuchando lo que dicen los docentes; y la escuela tiene que comunicar los métodos con los que va a enseñar, qué es lo que pretende de los padres y los chicos durante el año, cuántos deberes les van a dar. Para esto es importante que se busquen modos de comunicación diferentes.

—¿Como cuáles?

—A veces los padres están saturados de trabajo, tienen varios hijos y no disponen de tiempo físico. Lo que conviene es fijar una cantidad razonable de reuniones anuales y darles ese calendario por adelantado. También utilizar el email, el teléfono o el tradicional cuaderno de comunicaciones (según los medios económicos), de manera que la familia esté siempre informada de la marcha de la educación de su hijo. Son variables que mejoran la comunicación. Pasa que en ocasiones ante un llamado, los padres están entre la espada y la pared: no saben si faltar o no al trabajo, con miedo a perderlo, en especial en un año difícil. Por eso es importante que la escuela facilite el diálogo.

—¿No hay cada vez una tendencia creciente de los padres a desautorizar a los docentes?

—Sí, eso es muy típico de las clases medias y altas, donde el saber no tiene un lugar privilegiado, porque el valor es el dinero. Entonces, como el docente sabe pero no tiene dinero, se lo mira de reojo, mal. Es común ver a los padres que van a la escuela con una actitud prepotente, que hay que evitar porque le hace mal al propio hijo. Los problemas no se resuelven así, sino dialogando, consensuando y si es necesario una y otra vez.

La hora de las culpas.

—¿Y qué debe aportar cada uno a este diálogo?

—Se escucha mucho la queja. La escuela dice "los padres no vienen" y los padres no van porque la escuela utiliza modos muy viejos de comunicación. Hoy con internet, los teléfonos y hasta los cuadernos de comunicaciones, no hace falta que los padres estén siempre presentes físicamente. Pero, a su vez, las familias se quejan de los maestros "porque no los informan", no les gusta "lo que enseñan" o "la metodología que aplican" o van para justificar que su hijo "no hizo tanto lío". Allí es donde empiezan los cortocircuitos y donde el único que pierde es el chico. Es conveniente que cuando se va a hablar a la escuela sea pensando en cómo colaborar, en la resolución del problema y no echando culpas. A veces, desde la institución, es necesario poner límites ante ciertas inconductas y es muy valioso que los padres acompañen.

—Los docentes afirman que la participación de la familia va decayendo a medida que pasan los años ¿Es así?

—Cuando los chicos empiezan el jardín los padres están preocupados por hacer las cosas bien, cuando las cosas salen un poco mejor y los hijos crecen sienten que no tienen que estar tanto presentes. Y en el secundario si se propusieran otras alternativas de comunicación, no necesariamente las familias dejarían de comunicarse. Si bien está la figura del tutor, también hay que saber que es difícil asistir para hablar cada día con un profesor distinto. Otra razón es que las madres a veces dejan de trabajar en los primeros años de sus hijos y luego, cuando éstos crecen, vuelven al mercado de trabajo y eso dificulta su presencia.

—¿Qué pasa con las familias de clases menos favorecidas socialmente?

—No hay ninguna investigación que afirme que las clases bajas participan menos. Incluso es al revés: muchas veces como es el primer chico de la familia el que hace la secundaria, se esfuerzan mucho por acompañarlo. En varias ocasiones sucede, como en todas las clases sociales, que el chico no comprende al profesor y en el caso de las menos favorecidas, como no se puede pagar un profesor particular que lo ayude, el papá lo castiga diciendo: "No me estudia". Y no es verdad, es aquí donde hay que dialogar con el profesor sobre lo que es un problema de comprensión. Por eso es importante el diálogo entre escuela y familia, sino los padres terminan perjudicando al joven y en lugar de ayudarlo lo castigan. Es ahí donde la institución tiene que abrirse más y buscar estrategias más inteligentes.

—Es decir, no hay recetas ni modelos uniformes en esta relación.

—No, no hay recetas. Pero sí una necesidad de reforzar a través del diálogo esta relación entre escuela y familia, para entender lo que está pasando y ver cómo entre todos construimos una juventud que tenga un mejor futuro.

Comentarios