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Domingo 18 de Octubre de 2015

"Hay chicos que no salen del barrio por la hostilidad de la ciudad"

Carlos Salamanca es arquitecto con un doctorado en antropología social. Es colombiano, viajó a Francia para realizar estudios de posgrado y de allí llegó a Chaco para realizar trabajo de campo en comunidades qom.

Carlos Salamanca es arquitecto con un doctorado en antropología social. Es colombiano, viajó a Francia para realizar estudios de posgrado y de allí llegó a Chaco para realizar trabajo de campo en comunidades qom. Luego, se estableció en Buenos Aires y desde hace un tiempo también recorre las calles de Rosario por su actividad académica. Es un migrante, lo sabe. Él mismo siente sobre sí la trampa identitaria de la que habla Michel Agier. Esa contradicción con la que se convive, porque no se está ni en un lugar ni en otro.

Lejos está Salamanca de sufrir lo que otros padecen por éxodos producto de la violencia o planes económicos, pero culturalmente lo siente. Su entonación lo acerca a su Colombia natal aunque algunos modismos rioplatenses dibujan una sonrisa en sus interlocutores. Integra, junto a otros, el equipo docente que por estos días acompañará a Agier en el seminario que dictará en el Centro de Estudios Interdisciplinarios de la Universidad Nacional de Rosario.

En diálogo con Más extiende algunos de los conceptos de Agier sobre territorios cercanos, las ciudades, habitadas por propios y migrantes, como el de zonas de frontera, esos espacios que albergan a los que no son de acá ni de allá, ese limbo cargado de contradicciones.

"Lo indígena, como identidad, más que una cuestión inherente, una cuestión que no se mueve, que la gente lleva como enterrada en su cuerpo, es más bien una cuestión que se va negociando, se transforma, cambia, desde las comunidades mismas", advierte el antropólogo.

 

—¿Eso refiere a la trampa identitaria que plantea Michel Agier?

— Uno ve acá, por ejemplo, el caso de los chicos de comunidades indígenas que están en la Universidad, de familias indígenas, que están estudiando. Bueno, es la situación típica del mediador porque están en dos mundos. Lo que muchas veces sucede es que esos chicos llegan a sus comunidades y su gente les pregunta "¿qué te pasó, por qué cambiaste?".

Y yo he visto esa situación haciendo trabajo de campo, la gente es como que les reclamaba esa especie de urbanización. Pero, a su vez, esos jóvenes nunca llegan a ser suficientemente urbanos para los de Rosario, siempre están en el medio, negociando. Justamente el libro de Agier habla de eso, de estas situaciones en donde no se es ni de un lado ni de otro, se vive como en el intersticio, ahí hay toda una negociación y lo que yo resalto es que lo que ocurre es como un trabajo creativo, tanto colectivo como individual, para conocer qué es la identidad. Hoy esa situación se puede ver, por ejemplo, en producciones audiovisuales de esos chicos, hoy uno ve un video que hacen los chicos de barrios periurbanos indígenas y son como mestizos.

  —Esa situación genera problemas al momento de legislar, por ejemplo.
  —Hay diversos problemas, la legislación indígena en Argentina, y en otras partes del mundo, se queda corta para abordar problemáticas que ocurren en contextos periurbanos, la propiedad de la tierra, las cuestiones del acceso a la salud, la educación, es muy difícil establecer algo porque no hay una regla general. Agier señala que es un debate a dar porque aparecen contradicciones cuando se construyen políticas públicas sobre identidades que parecen fijas pero en realidad son tan dinámicas. Cuando él habla de este cosmopolitismo banal, de lo que quiere hablar, que me parece es clave, es que hay toda una población del mundo que es cosmopolita y no son los ejecutivos, ni las modelos ni los futbolistas, sino toda la gente que nunca termina siendo ni de acá ni de allá. Agier sostiene la necesidad de reconocer que el mundo se mueve, es dinámico y que lo seguimos pensando en torno a identidades, soberanías, fronteras, y eso hay que replantearlo.

  —Hay sectores en ciudades, como Rosario, por ejemplo, que se convierten en zonas de frontera por la cuestión de las migraciones internas.
  —Si, es así, tal cual.

  —¿Y esos espacios donde se establecen los migrantes no terminan siendo mecanismos de segregación generados por las propias ciudades?
  —Si, existe un aparato que tiene como áreas características en esos espacios de segregación. Se instala una situación de incertidumbre permanente, es una situación transitoria que se vuelve cotidiana y se extiende. Las fronteras se expanden en el espacio y en el tiempo. Se expanden en el tiempo porque lo que es transitorio se instala como permanente, entonces siempre vives como en un limbo, ahí, siempre a punto de ser expulsado, sin los derechos totalmente reconocidos para muchos migrantes. Pero también se extiende en el espacio porque no hay una situación clara de qué está adentro y qué está afuera, no solamente referido al acceso a la tierra sino también al derecho a la salud, la educación, documentación.
  —A la vez, esos espacios, como fronteras extendidas, funcionan como refugio de las comunidades que las habitan, claro que no siempre voluntariamente.
  —Son espacios que son contradictorios. Es más, la contradicción es una característica muy importante. El barrio es a la vez refugio. Muchos chicos de esos barrios no quieren salir de allí porque afuera les dicen “negros de mierda”, los miran mal, los detienen por portación de rostro, hay toda una segregación de los sujetos cuando salen de los espacios donde tienen que permanecer, lejos. Entonces, hay muchos que no conocen el centro de la ciudad. Ahí hay una segregación urbana espacial muy fuerte, hay una suerte de condición de refugio en el barrio, hay hostilidad, por eso es contradictorio, porque se da así, casi en forma obligada y también porque ahí pueden ser lo que son. Y eso uno lo puede ver en distintas geografías y no sólo con el indígena. Uno acá puede ver eso de decirle negro al pobre, donde lo que se da es una racialización de la pobreza. Uno se vuelve negro al ser pobre, en pocos países se da eso. Esto de los sujetos que intentan cruzar las fronteras da cuenta de la complejidad que hay para abordar la situación, uno no puede ni dar por hecho que están totalmente integrados, porque no es así, diluyendo las fronteras, porque están; ni que están absolutamente aislados, ni poniendo un muro, que es lo que algunos querrían, porque lo que haría es aplastar  la frontera. Es una situación de ambigüedad, esa es una condición, no es un momento transitorio.

  —No existe una foto estática de las ciudades, son conflictos permanentes.
  —Acá hubo mucho debate con todo el tema, con la gente de Chaco, se ha planteado en el debate público “devolverlos”, y eso cada tanto se reactiva. Y lo importante más que los actores superestructurales es lo que piensa la gente y ahí se reactualiza la historia, las historias de esas comunidades, muchas veces negadas.
  —En esta problemática también entran en juego determinados mitos. Recientemente la mirada hacia quienes huyen de países como Siria trae la idea en el país de que el argentino es solidario, y que el país recibe a los inmigrantes gracias a su historia de “crisol de razas”. Pero esas pensamientos, supuestamente bienintencionados, parecen chocar con la mirada sobre los migrantes internos.
  —En esto me parece que pueden verse tres ideas clave, la de civilización, la de raza y la de cultura. Y si tomas cualquiera de las tres verás que siempre han sido mecanismos de segregación. Samuel Huntington, que escribió El choque de las civilizaciones, muestra cómo es un discurso fundamentalmente guerrero, habla de violencia, usa metáforas de ejércitos para referirse a las sociedades, como si de verdad existiera una guerra. Uno puede ver en París que en los años 20 y 30 se hicieron mezquitas, no había tanta segregación en el espacio público, y ahora se están prohibiendo. Entonces es una cosa que se negocia permanentemente, y la civilización, la cultura, la raza se constituyen siempre como una herramienta para excluir. Y sobre esto del crisol de razas, que también funciona mucho en Brasil y Colombia, cabría preguntarse cuáles son esas razas, qué es lo que oculta ese proceso de mestizaje. Lo que oculta muchas veces es que poblaciones, no necesariamente o solamente indígenas, pobres, urbanas o semiurbanas, son racializadas.
  —Por estos días, los medios argentinos de comunicación han visto reflejadas historias de refugiados al borde de las lágrimas, pero poco se habla de la segregación interna.
  —Sí, hay en muchos países una doble moral, terrible, sobre todo una incapacidad de ver lo que está más cerca.

Bio. Carlos Salamanca es arquitecto y doctor en antropología social y etnología (2006 EHESS), becario posdoctoral del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet, Argentina) y desde el 2009 investigador de la misma institución. Desde  2001 a 2012 hizo trabajo de campo en varias regiones del país, principalmente con indígenas qom, pilagá y mbya lo que le permitió el análisis en perspectiva etnográfica e histórica de la relación de las territorialidades y formas de acción política indígenas en su interacción con el Estado y el resto de la sociedad argentina. Actualmente realiza un análisis comparativo acerca de las formas de acción política de pueblos indígenas de Argentina, Guatemala y Colombia frente a experiencias de violencia masiva.

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