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Sábado 14 de Julio de 2012

Hacia la recuperación de los lazos afectivos

Por Horacio Belgich / El tiempo de ocio y recreación, una invitación a compartir palabras y miradas con los más chicos

Preguntarnos sobre el qué hacer y qué hacen en tiempos de ocio nuestros niños y niñas es una tarea compleja en nuestro tiempo. Nos encontramos en una época donde la hiperestimulación no se detiene, pues debemos tener en consideración que los flujos comunicativos veloces por internet que recibimos y reciben son también flujos, en ocasiones, cargados de agresividad, provocativos e irritantes, pues estimulan la respuesta inmediata.

¿Y con qué se complementa esta hiperestimulación agresiva? Se complementa con un corrimiento del lugar de la mujer como madre, del hombre como padre, y ello se corresponde con un sistema productivo; así, el tiempo de crianza que antes una madre y un padre compartía con su hijo ha disminuido notablemente. Hoy la mujer y el hombre reparten su tiempo en múltiples actividades, entre ellas la de ser madre, padre, trabajadores. Y una de las consecuencias de ese corrimiento es la disminución del contacto afectivo y corporal entre el adulto y el niño.

Ese contacto es reemplazado con un acto cada vez más privado, que es el acto de mirar televisión. Los niños en Argentina de entre 6 y 17 años pasan tres horas diarias como promedio frente a la TV; porque es el medio predominante en la vida de los niños y niñas. Se debate actualmente en Europa si deben autorizarse plenamente los programas televisivos para niños de 0 a 3 años; ese debate se produce a partir de que existen opiniones encontradas, pues hay países que creen que deben seguir en el aire, pero con mayores controles, mientras que otros, como Francia, se oponen a su existencia argumentando que separarían al niño aún más del cuerpo del adulto, del contacto sensorial, del tiempo destinado a compartir experiencias lúdicas. Y estos programas televisivos también emitirán estímulos acelerados.

Momento histórico. Debemos agregar que nos hallamos, además, en un momento histórico que C. Castoriadis denominaba "el avance de la insignificancia", esto es, un tiempo donde se generaliza el culto a lo efímero, a lo transitorio, que coincide además con el fuerte sentimiento de precarización, de incertidumbre.

Asistimos entonces a una comunicación enrarecida, donde proliferan los malentendidos; pero esto no debe asombrarnos, pues si analizamos la subjetividad infantil respecto de la multiplicidad de comunicaciones que pueden mantener de manera simultánea y múltiple —chatean con varias personas a la vez, por ejemplo—, veremos cómo esta capacidad se confronta con los tiempos secuenciales, programados, ritualizados y lentos de la escuela. Los aprendizajes requieren hoy de cierta sincronicidad entre velocidad y lentitud.

Seguimos sumando elementos que complejizan nuestra época; y esta es la dificultad de socialización que presentan muchos niños y niñas, por la fragilidad de la atención frente al otro, y ello conlleva un efecto novedoso, el poco contacto físico y simbólico que se produce entre los niños, con una importante disminución del juego, del tocarse, del conocerse a partir de los sentidos. Por ello debemos tener en cuenta que la sustracción del cuerpo del adulto responsable produce estas consecuencias: la evitación del otro. Además, los niños reciben más palabras de los aparatos electrónicos que de la madre o el padre, en tanto es una generación que aprende el lenguaje — y sabemos de la importancia normativa del lenguaje—, sin el contacto físico y afectivo suficiente con el adulto. Por ello es necesario que el tiempo de ocio de los niños y niñas sea un tiempo para compartir afectos, miradas, palabras, sensaciones y por que no secretos.

Pues este compartir nos remite al ejercicio de la autoridad, especialmente en el ámbito familiar, porque si las normativas están transmitidas por el lenguaje, pero también por la presencia física del otro que las impone, y si la constitución subjetiva de la actual generación de niños prescinde del otro, aquella transmisión de autoridad y normatividad no es eficaz. Por ello, no sirve aumentar las sanciones o la autoridad, pues se está perdiendo la conjunción contenedora y estructurante: cuerpo, lenguaje, afectividad.

La palabra. Por lo tanto, debemos considerar que esta generación de niños y niñas construye una subjetividad que se halla separada de aspectos vitales del otro, pero también de aspectos de sí misma, pues si la palabra es transmisora de normatividad, lo es también, esencialmente, de afectividad. Existen pocas probabilidades de reconocimientos mutuos con esa palabra ligada al afecto, entre adultos y niños —y entre niños—, con juegos y afectividades conjuntas. Si esos juegos y afectos no se generan, podemos percibir entonces cierta fragilidad subjetiva, pues la presencia del otro es discontinua, competitiva, rivalizante. Ese tiempo compartido es un tiempo de juego y gratificante; y es fuertemente productivo.

En estas circunstancias, es necesario comprender que las políticas educativas deben orientarse a transformaciones institucionales en las escuelas, en tanto pueden crearse rituales a través de los cuales se revalorice la presencia del otro; nos referimos a la presencia viva, física, vital del otro, y ello es una propuesta para estos tiempos de ocio. Estos rituales pueden gestarse de manera autónoma en cada familia y en cada escuela. Estamos hablando de rituales que involucren el reconocimiento mutuo, donde haya tiempo para que cada uno pueda encontrarse con los propios aspectos afectivos, los propios temores, los propios deseos, y la convicción de que el otro es un semejante, con sus diferencias. Entonces, hablemos con los chicos cuando tengamos oportunidad.

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