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Domingo 02 de Marzo de 2014

Habla con ella

Ciento ochenta minutos de elogios y palabras de auto reconocimiento custodiadas por un estruendoso silencio sobre temas que nunca se hicieron presente: la inseguridad y la inflación, por ejemplo, no fueron siquiera mencionadas.

Fueron casi tres horas de discurso con el tono y contenido que más le gustan a la Presidente: hablarse a sí misma y darse la razón. La apertura de sesiones ordinarias del Congreso de ayer mostró a una Cristina Fernández dispuesta a reivindicar a capa y espada todo lo hecho en once años de gestión sin admitir un solo flanco débil. Ciento ochenta minutos de elogios y palabras de auto reconocimiento custodiadas por un estruendoso silencio sobre temas que nunca se hicieron presente: la inseguridad y la inflación, por ejemplo, no fueron siquiera mencionadas.

La constitución nacional obliga al presidente de turno a dejar inaugurado el período de sesiones del Parlamento con un mensaje en donde debe darse cuenta de lo hecho y, además, proponerse las prioridades para los doce meses por venir. De lo primero, mucho. Del proyecto para el 2014 nada. O casi. Salvo el esbozo de iniciativas para proteger a consumidores y otra para limitar las protestas callejeras y piquetes (único tópico saludado por parte de la oposición), el deseo de insistir con las reformas de los códigos civil, penal y de procedimientos y, quizá el punto más interesante por lo plausible, la invitación a la oposición y a los juristas en general para pensar en un proyecto que supere el memorando de entendimiento con Irán, el resto fue mirar elogiosamente la década vivida.

Cristina cree que merece un reconocimiento con aplauso sostenido por lo hecho y, como no lo obtiene ni de los opositores ni de los medios que no comulgan con ella, se lo brinda a sí misma. Autoestima elevada o negación de buena parte de la realidad.

Claro que hay mucho para reconocer en este proceso iniciado en el 2003 cuando efectivamente el país bordeaba el abismo económico y social. Eso es tarea de la historia contada por los cronistas de hoy o por los investigadores del futuro. De un presidente en ejercicio se espera el repaso de lo hecho pero, esencialmente, el relato del horizonte que se prevé. Máxime cuando hay turbulencias serias que fueron olímpicamente ignoradas. ¿No tiene nada la doctora Kirchner para decir, se insiste, de la inseguridad? ¿Lo único que cabe decir de la crisis docente es que los maestros de antaño faltaban menos que los de ahora? ¿Qué aplaudían los legisladores con menos sesiones cumplidas en la historia cuando se mencionó el "presentismo" docente? ¿No es una provocación innecesaria decir que no es cierto que siete de cada diez jubilados ganan la mínima sino que son "sólo" el cincuenta por ciento de ellos? Ya no alcanzan las comparaciones con lo ocurrido en la (verdaderamente atroz) década del 90. Si después de once años lo máximo obtenido para un docente es un sueldo de cuatro mil quinientos pesos y para un jubilado un estipendio que no llega a los tres mil, el autoelogio deviene una afrenta.

El injusto tratamiento hacia los maestros pareció hacer girar hacia la derecha a la presidente. No fue un tropiezo cuando en un discurso similar de hace unos años dijo que este sector trabajaba apenas cuatro horas. En idéntico sentido pareció dirigirse cuando dio por justo el proceso que condenó a gremialistas petroleros condenados a perpetua por la muerte de un policía en Las Heras. Cristina ignoró las denuncias de confesiones hechas bajo tortura y violaciones al debido proceso acompañadas por sindicalistas muy cercanos a ella.

La presidenta, ante una Asamblea colmada en la que brillaron las ausencias inauditas de legisladores como Elisa Carrió o Pino Solanas (es muy autoritario negarse a cumplir el deber de estar en las bancas porque no les gusta lo que van a escuchar), volvió a cargar contra empresarios que han ganado mucho ("quieren matar a la gallina de los huevos de oro") y prometió sentarse con lápiz y papel para demostrar que no hay, por ejemplo, baja de producción de automóviles a raíz de la política económica de su gobierno. Ni las suspensiones de turnos de trabajo que empezaron a operar ya en varias plantas parecieron convencerla.

Por fin, la presidente reclamó humor a la clase dirigente y no se privó de ejercerlo con chistes que premiaron al ministro más mimado en el discurso ("Axel Kicillof, chiquitito pero cumplidor", en cerrada defensa por lo actuado en el caso YPF), indicando a qué lugar debían apuntar las cámaras de TV ("a vos, nene, que tanto mostrás a la oposición") o bautizándose como "la chica, bah, la abuela" a la que persiguen con las corridas bancarias. Alguno podrá decir que el humor exteriorizado en el lugar equivocado suele parecerse a la desubicación. Seguro lo es si el saludo con cartel francés al nuevo presidente provisional del senado, Gerardo Zamora, no debe ser leído como una ironía o un lapsus.

No es digno de la presidente Kirchner haberse empeñado en sostener esa designación. Zamora viene de haber querido burlar la constitución de Santiago del Estero atropellándola con un intento de re reelección. Cuando la Corte Suprema puso las cosas en su lugar hizo gala del nepotismo más obvio y nominó a dedo a su esposa como sucesora. Y, por fin, para no quedarse desocupado hizo renunciar al senador titular de su provincia para asumir la banca. Esas calidades institucionales ostenta Gerardo Zamora, el número dos en la sucesión presidencial.

No merece el reconocimiento de Cristina, salvo que haya sido un chiste de poco gusto. Ni tampoco del bloque de senadores del Frente Amplio Progresista que votó, inexplicablemente, su nombramiento. No le va a ser fácil al socialismo santafesino (ni a Norma Morandini ni a Luis Juez) justificar la mano en alto a favor de Zamora invocando la tradición que reza que el ejecutivo tiene derecho a la presidencia provisional. La tradición no tiene porqué darse de patadas con la república. También es cierto que corren tiempos difíciles para el partido de gobierno de Santa Fe que no sólo no puede explicar esto sino temas inmediatos y urgentes como el narcotráfico y la violencia del gran Rosario o la cada vez más preocupante dejadez y deterioro de las condiciones de servicios públicos y calidad de vida en la ciudad más importante de la provincia.

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