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Sábado 10 de Octubre de 2009

Gol

Gol. El grito sagrado volvió a dejar roncos a los argentinos. El país que parece condenado a las divisiones eternas encuentra en el fútbol una redención extraña. Gol. No se lo puede explicar, se lo siente.  

Gol. El grito sagrado volvió a dejar roncos a los argentinos. El país que parece condenado a las divisiones eternas encuentra en el fútbol una redención extraña. Gol. No se lo puede explicar, se lo siente.
Es así: se le podrán dar miles de vueltas pero el intelecto no puede con el fútbol, un milagro colectivo que consigue unir lo que la economía, la religión o la política separan. ¿No fue Borges el que dijo no entender por qué veintidós tipos corrían detrás de una pelota? Ironías del gran viejo al margen, queda claro que no se trata de entender. Como en el baile, como en el amor, lo que corresponde es tirar por la borda los prejuicios y fluir en el río.
Ayer fue Palermo. A esta altura, qué duda cabe, un mito. Cuando bajo la lluvia helada que azotaba el Monumental el Loco clavó la pelota en el arco peruano en la agonía de un partido dramático, las tres letras mágicas volvieron a reunirse en un solo e indivisible bloque: gol. Así, una vez sola. Larga, casi eterna. Como se grita en el último segundo, cuando ya la esperanza abandona el cuerpo y el puñal de la resignación se clava a fondo. Gol. Para espantar bien lejos los fantasmas. Gol. Para nacer de nuevo.
A la selección de Maradona le queda, el miércoles a la noche, una parada terrible en el Centenario. De esas que forjan a los héroes. De esas a partir de las cuales viene la gloria o Devoto.
Pero mientras el gol esté con nosotros, mientras el gol nos acompañe, seremos mucho más que sólo once, seremos mucho más que sólo cuarenta y cuatro millones.
Seremos uno.

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