Escenario
Sábado 14 de Enero de 2017

Generoso, pasional y sensible

La crónica de una charla revela la singular personalidad del músico, quizás el último patriarca del folclore argentino.

Desde 1957, cuando apareció su primer disco con títulos como "No sé por qué piensas tú", con versos de Nicolás Guillén y música de Horacio Guarany, o "La litoreña", zamba de su autoría, al igual que "Guitarra de medianoche", muchos de sus temas se convertirían en inmortales porque se los escucharía más allá de la reproducción de sus discos y de las versiones de escenario: los comenzarían a tararear los hombres y las mujeres del pueblo argentino mientras desarrollaban sus tareas diarias, o sonarían en sus cabezas mientras miraban un cielo estrellado o añoraban algún amor lejano. En realidad, se fueron incorporando a la cultura popular y comenzaron el proceso que las sumaría al folclore argentino aunque se tratara de obras con autor conocido.

Ayer Horacio Guarany se fue como ya estaba previsto en el gran misterio de la vida que tiene un comienzo, un recorrido y un inevitable final. Pero Guarany no le temía a la muerte. Quizá haya temido más a dejar de sentir y de expresar sus sensaciones. Y la presunción no es una elucubración temeraria sino una deducción que se desprende de su vida y de su obra. Por cuestiones profesionales tuve la oportunidad de conocerlo primero y luego mantener una forma especial de amistad con él. Creo que vale la pena relatar la anécdota que dio inicio a esa relación cuando Horacio ya era un patriarca —el último, quizá— del folclore argentino.

El primer contacto directo que tuve con Guarany no pudo ser más traumático. Se produjo por vía telefónica y apenas me presenté él contestó: "Vos me hiciste una nota?". En realidad nunca habíamos hablado, por lo que le contesté que quizá me estuviera confundiendo con algún compañero del diario en el que estaba trabajando. "¿Vos te llamás Marcelo Menichetti?", me preguntó. Luego de obtener mi confirmación afirmó: "Vos me hiciste una nota en Cosquín".

El silencio que se produjo fue pesado, ancho, espeso, casi insoportable porque, tras unos segundo de zozobra, entendí qué intentaba decirme. Se refería a la edición 39ª del Festival de Folclore de Cosquín que lo tuvo como una de sus figuras más convocantes. Yo había cubierto para "La Capital" la noche de presentación de Guarany, cuando lo homenajearon y le regalaron un caballo que recibió en el mismo escenario del festival. En esa crónica había expresado mi asombro por la convocatoria que lograba un cantor veterano y la pintura que hice del momento fue —debo admitirlo— un poco dura. Decía algo así como: "Resulta inexplicable la masiva convocatoria de un cantor que no canta, de un guitarrero que no toca y que apela a la cosmética. Aún así, consigue un nivel de convocatoria impresionante y logra enardecer a su público".

Insulto y carcajada. Palabras más, palabras menos, eso era lo que yo había escrito y esa era la nota a la que se refería Guarany. Su casamiento con una mujer rosarina explicaba que los familiares de su esposa le hubieran guardado los ejemplares del diario y que él recordara esa crónica en la que lo había herido por aquello de los "cosméticos". Que Guarany se teñía el pelo y la barba no era una novedad que descubría esa nota, sin embargo eso lo molestó y no se ahorró palabras para decírmelo.

"¡Qué hijo de puta!", me dijo continuando la incipiente charla telefónica. "¡Esas cosas no se dicen!", reclamó. Aunque él no me veía, pudo percibir el creciente rubor que me pintó la cara. Quedé mudo por unos segundos mientras rebobinaba y trataba de recrear aquella crónica que ya había olvidado. Pero como se trataba de un hombre astuto, tras la dura recriminación llegó una carcajada que descomprimió el momento.

Recuerdo que ensayé algún tipo de disculpas para procurarme una salida —imposible— del aprieto en el que estaba metido. "Fíjese —le dije— que en el fondo lo que escribí es elogioso, porque destaqué la cantidad de gente que convoca a pesar de todos esos detalles?".

Y en realidad escribí eso porque Guarany ya no cantaba sino que "decía" las canciones; tampoco tocaba porque, aunque se colgaba la guitarra y con la mano izquierda marcaba un tono, con la derecha hacía un rasgueo en el aire, a diez centímetros de las cuerdas. Al instrumento lo usaba para engancharlo y desengancharlo cuando comenzaba y terminaba cada canción, y para levantarlo por sobre su cabeza cuando arreciaban los aplausos de su incondicional público.

La conversación telefónica debía seguir porque Guarany estaba a punto de presentarse en el teatro El Círculo y ése era el motivo de mi llamado. Como él también sabía que debería hablar conmigo a pesar de todo, no quemaba las naves y se disponía a responder mis preguntas. Sin embargo, a lo largo de la extensa charla que mantuvimos, no se ahorró ocasión para repetirme el "¡Qué h? de p?.!", subrayando el epíteto con una carcajada como para que yo no olvidara que el asunto le había pegado por debajo de su línea de flotación. Entonces le dije que yo le iba a demostrar que sabía mucho más de él que lo que había escrito esa noche de Cosquín y que se lo iba a demostrar.

Finalmente terminamos la nota que se publicó el día que él actuaba en Rosario. Como yo me había quedado con un gran cargo de conciencia, aunque mantenía los conceptos que había escrito porque eran estrictamente verdaderos, decidí dejarle a su histórico empresario local, Pepe Grimolizzi, un video que habíamos hecho con Atilio Ielpi para un programa de difusión de artistas santafesinos que se emitía por Canal 5.

La invitación. A los tres o cuatro días de esa actuación me llamó por teléfono a mi casa para agradecerme el trabajo, elogiarlo _lo que me hizo sentir peor de lo que me había sentido antes_ y para invitarme a cenar con mi familia y la suya en Rosario. Esas llamadas e invitaciones se fueron repitiendo cada vez que venía a la ciudad, y un día me sugirió que escribiese su biografía porque quería tener otra visión de su vida que ya había relatado en un par de libros propios.

Desde aquel día se sucedieron muchos encuentros en hoteles, hasta en casas de sus familiares y la suya de Luján, el último refugio del cantor trashumante, verdadero y singular juglar del siglo XX que fatigó todos los caminos conocidos de su patria y también de la Rusia soviética, a la que llegó a finales de la década del 50, donde cantó para aquel pueblo que enseguida lo acogió en su seno. También filmó un par de películas y en un breve lapso se convirtió en un mimado por el público ruso. Ese fenómeno se repetiría en otros lugares, como Paraguay y Uruguay, por ejemplo, donde es aún hoy un ídolo de algunas generaciones mayores.

Paisano de a pie. Pasional y sensible; conquistador y loco; generoso y prolífico, Horacio Guarany salió de la nada y fue sembrando canciones por donde pasó. La primera imagen que evocamos de su rostro es con una ancha y blanca sonrisa. No es flaco legado para un paisano de a pie que escribió y cantó sobre la lucha, la amistad, el amor y la muerte: "Cuando me pille la muerte/ quiero esperarla cantando/ convidarla vino adentro/ quién sabe la salgo amando", escribió. La única muerte es el olvido y Guarany se encargó de perdurar dejando recuerdos por todos lados.

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