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Sábado 06 de Octubre de 2012

Género y educación: aquellos prejuicios que son invisibles

Por Alicia Pintus / Cómo influyen la familia y la escuela en la construcción de la identidad de género de alumnos y alumnas

Cuando Simone de Beauvoir dijo que "hombre o mujer no se nace, sino que se hace", produjo una verdadera revolución respecto de las creencias tradicionales sobre la clásica división de los sexos, separando la biología (sexo) de la construcción cultural de la identidad sexual (género).

El concepto "género" está ligado a la noción que considera a las identidades sexuales, independientemente del sexo biológico. Refiere a los significados que cada sociedad le asigna al hecho de ser hombre o mujer en un contexto socio-histórico-cultural determinado. Es una construcción cultural condicionada por la época y lugar, que incluye representaciones, creencias, valores, comportamientos. Atraviesa un arco amplio de las relaciones sociales, y permite ensanchar la indagación sobre la subordinación femenina y la dominación masculina hacia distintas formas de organización social, y en consecuencia, diversas formas de relación entre los actores sociales. "Género" no podrá escindirse del tratamiento de otras definiciones como: ciudadanía, persona, sujetos de derechos y obligaciones, formas de participación en el sistema y cultura políticos, y por supuesto, educación.

Proceso. La construcción de la identidad de género no es un proceso simple ni lineal. Comienza aun antes del nacimiento en el seno de la familia y continúa en los demás ámbitos de socialización por los que pasamos las personas, entre ellos la escuela. Las madres, encargadas de la crianza en la mayoría de las culturas, se comportan de modo diferenciado según se trate de hijos o de hijas para orientarlos en la construcción de su identidad sexual: los juegos, juguetes, narraciones y cuentos infantiles, colores y características de la vestimenta, y las acciones permitidas/prohibidas a unos y otras.

Esa identidad será reforzada por la escuela. La socialización "académica" les permite a alumnos y alumnas formar parte de la organización escolar, que se plasma en un "contrato didáctico", condicionando la vida cotidiana en las aulas y en la institución. En ese "contrato didáctico" no hay relaciones igualitarias. La relación pedagógica es claramente asimétrica, dado que el poder de los y las docentes es mayor que el de sus alumnos/as en todo sentido, y en el particular para decidir cuáles son los comportamientos más adecuados. Por su parte, los y las estudiantes hacen un esfuerzo para descubrir las expectativas de la generación adulta, que conduce el proceso educativo, afín de responder del modo más conveniente o apropiado. Así en la escuela se aprenden los contenidos escolares mientras se aprende a ser "alumno" y "alumna". Esto es: las características, comportamientos y expectativas son diferentes según se trate de un género u otro. Suele decirse que los niños son más revoltosos, pero prácticos, y que las niñas son más detallistas, pero habladoras e indiscretas. También se prejuzga el desempeño según el sexo: los varones se suponen mejores en matemática, y las chicas en lengua y las ciencias sociales. Además, por ejemplo, cuando las niñas llevan adelante conductas visibles negativas o de protesta y/o agresividad reciben mayores niveles de censura y reproche que las mismas conductas producidas por niños.

Ocultas. Muchas veces en los manuales escolares las mujeres se encuentran ocultas en el interior de la vida doméstica, reforzando la artificial dicotomía entre lo público y lo privado. Los héroes son hombres, y las mujeres están dedicadas a las tareas domésticas, y relegadas del protagonismo de la historia. También la familia suele aparecer con un modelo único, "tradicional". Así se reproducen esos esquemas en la organización y selección de los materiales y recursos didácticos, con una "ceguera de género" que impide darse cuenta de la problemática subyacente, y la reproducción de desigualdades naturalizadas.

Una de las pioneras del feminismo moderno, Mary Wollstonecraft postulaba en 1792 que hombres y mujeres deben ser educados conjuntamente para perfeccionar a ambos y hacer a la humanidad más virtuosa y feliz. El desafío sigue vigente.

(*) Supervisora docente de educación superior en el Servicio de Enseñanza privada (Spep).

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