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Lunes 05 de Octubre de 2015

Fútbol y catarsis del pito

Todos apuntan contra los árbitros y nadie contempla que sus errores forman parte del juego.

Echarle la culpa al árbitro es mucho más fácil que asumir los errores. Una verdad de Perogrullo comparable con aquella que sentencia que los errores arbitrales forman parte del juego. Las dos cosas son tan ciertas como las frases de final de partido en las que los protagonistas ni se acuerdan de los jueces. Para ello es condición sine qua non que el resultado haya favorecido a su equipo. Eso sí, si fue beneficiado con un penal a favor, el protagonista ni se acordará del “pito”. O en todo caso dirá, cordialmente: “Todos nos equivocamos”. En un fútbol supercompetitivo, parejo y ventajero como el argentino, hasta la más insignificante ventaja sirve para ganar. La mínima excusa se utiliza para justificar las miserias propias, que jamás son expuestas. Siempre la culpa es del árbitro.
  Germán Delfino dirigió mal en el Nuevo Gasómetro porque no tuvo un buen día y porque es de los más flojos del flojísimo plantel de árbitros argentinos. Una prueba tajante es que todo Central se quejó de su actuación y el Nuevo Gasómetro lo despidió bajo un coro insoportable de insultos. La explicación es bastante obvia: a ninguno de los dos lo benefició el resultado. Empataron, se neutralizaron y le sirvieron en bandeja el título a Boca. Y la culpa, claro, la tiene Delfino, que dirigió pésimo, pero no incidió en el resultado.
  Debió asistirlo Hernán Maidana para que cobrara penal de Caruzzo a Ruben. Increíblemente obvió el codazo de expulsión de Ortigoza a Ruben estando de frente a la jugada y lo que es peor, a un puñado de metros. Fue muy permisivo con Pichi Mercier, que fue muy mal contra Montoya.
  Hubo jugadas polémicas que debieron revisarse al menos tres veces por televisión. Así cualquiera. Pero además, tranquilamente se podría asegurar que no hubo penal ni a Lo Celso ni a Rolle. O que sí lo hubo. Moraleja: hay que darle la derecha al árbitro, que además debe lidiar con la simulación sistemática y la histeria colectiva.
  Delfino dirigió muy mal, pero no fue el responsable del resultado. En este torneo controló tres partidos de Central: ganó 1 y empató 2.
  Se podrían achacar a los flojos arbitrajes algunos resultados no beneficiosos para Central. Contra Atlético de Rafaela (6ª fecha, Delfino), Estudiantes (10ª, Pitana), River (14ª, Pitana). En la 18ª, frente a Newell’s en el Coloso, Pitana no cobró un alevoso penal de Casco a Nery Domínguez, pero no se habló demasiado de esa jugada porque el equipo de Coudet igual ganó.
  Tambièn se podrían enumerar partidos en los que fue beneficiado. Frente a Tigre (2ª fecha, Ceballos), Colón (7ª, Loustau), San Martín (9ª, Trucco), Aldosivi (16ª, Loustau) o Unión (22ª, Alvarez). También se podría mencionar el inexistente penal que cobró Ceballos y convirtió Larrondo contra Gimnasia, pero a esa altura Central ya se imponía 2 a 0.
  A todos les pasa. A veces ganan, y a veces pierden.
  Hay algunos números para seguir sustentando que los errores arbitrales forman parte del juego y que cada uno lleva agua para su molino de acuerdo con la conveniencia. Se tomará como parámetro al trío de líderes: Boca, San Lorenzo y Central.
  En el rubro expulsados, a Central sólo le expulsaron un jugador (Fernández contra Temperley) en todo el torneo y vieron la roja 6 rivales. A San Lorenzo le echaron 6 propios y 2 adversarios. A Boca 8 y 8. Unión es el equipo más “beneficiado” en este ítem: le echaron a 13 rivales.
  En el casillero de los penales, a Central le dieron 7 y lo penaron con 3. San Lorenzo 3 y 5, y Boca 8 y 1.
  El juego quita y da. Los árbitros perjudican o benefician por su precariedad para dirigir porque son influenciables de acuerdo al escenario, porque sufren presiones y porque tienen todo el derecho a equivocarse. Igual que jugadores, técnicos y dirigentes.

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