Sábado 10 de Octubre de 2015

Fuertes vientos de guerra global

En foco. Con las operaciones militares directas de la aviación rusa en territorio sirio, las principales potencias ya intervienen en una guerra civil que transita su quinto año y que amenaza extenderse de forma muy peligrosa. Hay intereses políticos y estratégicos muy distintos y el final está abierto.

Con la participación directa de Rusia en la guerra civil siria, otro gran jugador de la escena internacional se sumó a una lucha armada que transita por su quinto año y que cada vez más amenaza globalizarse. Si bien el respaldo de Vladimir Putin al todavía presidente sirio Bashar al Assad ha sido histórico, los bombardeos de la aviación rusa contra fuerzas rebeldes, especialmente las de Estado Islámico, han marcado un giro drástico en su estrategia política y militar.

La guerra civil en Siria se inició en marzo de 2011 en el marco de la fracasada Primavera Árabe que intentó sin éxito (con la excepción de Túnez) terminar con las dictaduras y traer democracia y libertad a millones de habitantes que jamás las han conocido.

El ejército sirio de Al Assad viene resistiendo el embate de formaciones rebeldes heterogéneas, que van desde las moderadas hasta las fanáticas y delirantes. No sólo Rusia, sino Irán y las milicias libanesas de Hezbolá que sustenta, han sido hasta ahora quienes impidieron que la guerra civil termine con el derrocamiento del presidente sirio, un dictador que ha reprimido a su pueblo a sangre y fuego y que tuvo que deshacerse de armamento químico por la presión internacional.

Pero los grupos que se le oponen forman un caótico cuadro variopinto que a primera vista aparece mucho más impredecible que el propio Assad. Si el balance militar finalmente se inclina hacia ese lado quedarían pocas esperanzas de que la guerra pueda ser detenida en el mediano plazo.

Hay varios grupos rebeldes que controlan distintas partes de lo que fue Siria, entre ellos el Estado Islámico que ha proclamado un califato no sólo en suelo sirio sino también iraquí. Todos pelean contra Assad, pero también entre ellos, con lo que el futuro de esa región del Medio Oriente es más que incierta. Hasta ahora, según los cálculos más conservadores, el conflicto ha causado la muerte de unas 250 mil personas y otras centenares de miles han tenido que emigrar a Europa, como se ha visto trágicamente en el último mes.

El Estado Islámico asoma como la fuerza rebelde más poderosa, no sólo por los progresos militares que ha obtenido en poco más de un año desde que se desprendió de Al Qaeda y se dio a conocer, sino por la brutalidad de sus procedimientos. Decapitaciones y otras formas de asesinato de quienes no muestran obediencia (sean musulmanes o cristianos) a medida que han ido conquistado territorio es una práctica habitual de este grupo criminal. Esclavizan sexualmente a mujeres, arrojan desde edificios a homosexuales y destruyen todo el patrimonio cultural de la zona porque lo consideran opuesto a su interpretación religiosa fanática del islam.

Además de los rusos, la coalición occidental liderada por Estados Unidos, que incluye a países árabes, también viene interviniendo en la zona con ataques aéreos y apoyo a un sector de los rebeldes más moderados. Jordania, por ejemplo, también completó una operación militar aérea luego de que uno de sus pilotos que cayera en territorio controlado por Estado Islámico fuera decapitado. Francia, Australia y Canadá también operan desde el aire con bombardeos selectivos.

Como si todavía faltaran más protagonistas, los kurdos (un pueblo aún sin Estado propio) que cuentan con una zona autónoma en el norte de Irak y con Erbil como capital, también se han enfrentado a Estado Islámico y lograron detenerlo cuando amenazó sus ciudades. Los kurdos demostraron ser la fuerza más confiable y organizada militarmente de la región y por eso cuentan con el apoyo de distintos países occidentales.

En Yemen. No sólo se combate en Siria e Irak sino que bastante más al sur, en Yemen, se desarrolla otra guerra civil que tiene poca difusión internacional. Rebeldes hutíes, musulmanes shiítas apoyados por Irán, han tomado hace meses gran parte del territorio e intentan sacar definitivamente del gobierno al presidente del país. Una coalición internacional liderada por Arabia Saudita e integrada por Emiratos Arabes, Kuwait, Bahrein, Qatar, Jordania, Marruecos y Egipto han enviado aviones militares para bombardear posiciones rebeldes, aunque aún el conflicto no se resuelve.

Según las Naciones Unidas más de 5.200 personas, entre ellas 2.300 civiles, son las víctimas fatales desde que comenzó la revuelta en marzo pasado. Todos los días, como el jueves último, hay muertos por atentados o bombardeos aéreos.

En Yemen, con notoriedad, se dirime el enfrentamiento histórico entre las dos fuerzas musulmanas más poderosas de la región, Arabia Saudita e Irán. Los primeros son árabes musulmanes sunitas y los últimos persas musulmanes shiítas y hoy se disputan con más fuerza el liderazgo político y militar en una región absolutamente convulsionada y con serios peligros de estallar en una escalada bélica de difícil pronóstico. Por eso, Arabia Saudita, principal aliado árabe de Estados Unidos, se opuso al reciente acuerdo norteamericano-iraní sobre armas nucleares. Ese acuerdo, además de haber “convencido” a Occidente de que Teherán no buscará la bomba atómica al menos en los próximos diez años, desbloquea cifras millonarias que Irán tenía en bancos occidentales (que estaban congeladas por las sanciones económicas) y que ahora podrá disponer, se espera para beneficio de su pueblo y no para respaldar su carrera armamentista y la de grupos terroristas que financia y sostiene.

En Israel. En medio de todo este complicado panorama se ubica Israel, el más poderoso militarmente de la región, pero con un desarrollo geográfico y demográfico que es superado en centenares de veces por sus vecinos árabes. En esa zona del Medio Oriente el conflicto es principalmente con los palestinos, que han logrado conformar la Autoridad Nacional Palestina en la franja de Gaza y Cisjordania a través de los acuerdos de Oslo de 1993, pero aún no han podido constituir un Estado nacional. Los propios palestinos están marcadamente divididos en sectores moderados y dispuestos al diálogo, como el que lidera Mahmoud Abbas, y los grupos fanatizados donde sobresale el grupo Hamás, cuya intención final es la destrucción del Estado de Israel.

Los israelíes también están divididos entre los sectores dispuestos a hacer concesiones territoriales y alcanzar un acuerdo con los palestinos y los partidarios del gobierno de derecha del primer ministro Benjamin Netanyahu, (que ganó las últimas elecciones) que insiste con su política de apoyo y desarrollo de las colonias en tierras palestinas ocupadas. Netanyahu dice aceptar la solución de dos Estados, uno hebreo y otro palestino que convivan con fronteras seguras, pero no genera condiciones reales de negociación. No se entiende por qué no detiene la construcción de nuevas colonias en Cisjordania y se sienta a negociar con el sector moderado palestino y así neutralizar políticamente a los que desde Gaza lanzan misiles que no tienen otra finalidad que la de asesinar civiles israelíes indefensos.

La semana pasada militantes de Hamás admitieron haber matado a tiros y frente a sus hijos a un matrimonio de colonos israelíes en Cisjordania, con lo que la habitual espiral de violencia viene creciendo sin pausa. A ese doble crimen les sucedieron víctimas de ambos lados en otras situaciones también trágicas, no sólo en los territorios ocupados sino dentro de Israel.

Con un conflicto que lleva casi siete décadas y sin solución a la vista, no hay que esperar otra cosa que no sea más violencia y la inútil pérdida de vidas de palestinos e israelíes. Una tercera intifada (levantamiento) palestina no sería nada sorprendente.

En Estados Unidos. Con este belicista panorama regional en la zona más convulsionada del planeta, la verdadera preocupación debería centrarse ahora en la política norteamericana y en el resultado de las elecciones presidenciales de noviembre del año próximo. Si personajes de la más recalcitrante derecha republicana como Donald Trump, por ejemplo, tuvieran posibilidades de llegar a la Casa Blanca el escenario sería muy grave. Fuentes diplomáticas norteamericanas no creen que Trump ni siquiera gane las primarias de su partido, pero su inmediato seguidor es Jeb Bush, ex gobernador de Florida, hermano de George W. Bush e hijo de George H.W. Bush. Ese apellido augura por sí solo pocas chances de pacificación internacional.

Datos peligrosos. Estados Unidos y Rusia intervienen militarmente en Siria con objetivos diferentes y sus aviones controlan un espacio aéreo cada vez más transitado. Pero a Estado Islámico, enemigo común, no pueden desarticularlo sólo con los ataques desde el aire. Los países musulmanes están enfrentados no tanto por su origen sunita o shiíta sino por el liderazgo político y militar de la región. Las milicias libanesas del Hezbolá y militares iraníes operan en suelo sirio. Los kurdos tienen pendiente la constitución de su Estado nacional y los turcos se lo quieren impedir. Turquía, también, denunció a Rusia por violar su espacio aéreo para operar en Siria. Yemen es un polvorín incontrolable y va camino a convertirse en una nueva Siria. Hamás, desde Gaza y con apoyo de Irán, quiere eliminar a Israel. El Estado palestino no asoma como posible en el corto plazo por, entre otras cosas, la política de asentamientos israelíes en Cisjordania.

Son sólo algunas señales, faltan otras, de que la guerra amenaza con globalizarse.

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