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Sábado 19 de Julio de 2014

Fuego cruzado

Cientos de cohetes caen sobre ciudades israelíes y toneladas de bombas en la franja de Gaza. Y ahora comenzó una ofensiva terrestre. Algunas claves para analizar el conflicto.  

Tratar de analizar la actual escalada bélica entre Israel y el grupo palestino Hamas, que gobierna la franja de Gaza, es una tarea muy difícil debido a que la complejidad histórica del conflicto y la habitual falta de conocimiento del tema hacen que cualquier interpretación se la tache de parcial o tendenciosa. Sin embargo, hay situaciones fácticas que debieran ser aclaradas y que pasan desapercibidas por los lógicos sentimientos que generan las pérdidas de vidas humanas.

En primer lugar, el grupo Hamás controla el ciento por ciento de la franja de Gaza sin presencia civil ni militar israelí y está catalogado como una organización terrorista por la Unión Europea y otros países. Su objetivo político para poner fin al conflicto es la eliminación del Estado de Israel, un absurdo imposible de materializar. Desde hace años instrumenta una guerra de desgaste y terror con el lanzamiento de cohetes sobre ciudades israelíes. Esos misiles pasaron con los años de ser de fabricación casera hasta los actuales de mayor tecnología que pueden alcanzar cientos de kilómetros y cubrir las principales ciudades israelíes. Un sistema aéreo de defensa los intercepta pero no a todos y así estos días se ha visto cómo algunos han logrado alcanzar ciudades muy distantes de Gaza. Incluso, Hamas tiene la capacidad de enviar drones, aviones no tripulados, con cargas explosivas o para obtener información de inteligencia militar.

En las ciudades del sur de Israel cercanas a la franja de Gaza (territorio autónomo palestino donde no hay un solo habitante israelí), las viviendas cuentan con una habitación extra que se utiliza como refugio antiaéreo y una sirena de pocos segundos avisa a los habitantes que deben introducirse en ese cuarto para evitar ser alcanzados por los misiles. Además, las escuelas de las granjas colectivas de esas zonas tienen montado sobre el techo una construcción especial de cemento armado que protege al edificio en caso de un ataque aéreo. Esta forma de vida y de incertidumbre de los israelíes lleva años.

La franja de Gaza está virtualmente aislada del mundo exterior tanto por Egipto como por Israel, que intentan prevenir el ingreso de misiles y otras armas a través de túneles. Tiempo atrás, una estrategia con operaciones suicidas consistió en el envío a Israel de jóvenes con explosivos adheridos a su cuerpo para hacerse volar en colectivos, supermercados o lugares de gran concentración de público. No sólo provenían de Gaza, sino de Cisjordania, donde sí Israel ocupa suelo palestino. Allí gobierna, con sede en la ciudad de Ramallah (a 83 kilómetros de Gaza), el sector de Al Fatah liderado por Mahmud Abbas, expulsado de Gaza a los tiros por Hamas, pero con quien hoy han acordado un endeble gobierno de unidad.

El actual cruce de fuego entre Hamas e Israel se originó por el recrudecimiento del lanzamiento de misiles sobre Israel y el secuestro y asesinato de tres adolescentes judíos de Cisjordania, a lo que le siguió el crimen de un joven palestino a manos de miembros de grupos de extrema derecha fanática israelí, que ya fueron detenidos por ese aberrante hecho.

En segundo lugar, y a contramano del objetivo de Hamas de destruir a su vecino Israel, cosa que no promueve en la actualidad el sector palestino moderado de Abbas, Israel acepta la solución global al conflicto con la creación de un estado palestino independiente, pero con fronteras seguras que no atenten contra su propia existencia. Sin embargo, el actual gobierno de derecha israelí poco hace para ese declarado objetivo al autorizar permanentemente la construcción de viviendas en las zonas palestinas que ocupa en Cisjordania, lo que es rechazado incluso por Estados Unidos, su principal aliado estratégico a nivel mundial. Es imposible sostener un discurso pacifista con un aliado moderado como el sector de Abbas y por el otro lado seguir aumentando la presencia de los colonos judíos en territorio palestino, cosa que ocurre en Cisjordania y no en Gaza porque Israel se retiró de esa franja unilateralmente y desmanteló las colonias en 2005. Lo mismo debería hacer Israel con sus colonias de Cisjordania, hoy sin dudas un imposible en medio de un gabinete israelí que cuenta como canciller a Avigdor Lieberman, más a la derecha que el propio primer ministro Benjamín Netanyahu. Lieberman postulaba estos días, y lo logró, una operación terrestre en Gaza, un despropósito que causará enormes pérdidas de vidas humanas entre israelíes y palestinos.

Desproporción militar. No hay ninguna duda que en esta nueva escalada de violencia, una más en los últimos años, el aparato militar israelí y su tecnología son infinitamente superiores al del grupo radicalizado Hamas. Los cohetes que logran caer sobre Israel generan poco daño en comparación con los ataque de la aviación israelí, que pese a estar destinados a golpear las rampas de lanzamiento de los cohetes y túneles terminan impactando a civiles inocentes, niños incluidos, que viven en medio de zonas empleadas para el combate. Pese a las advertencias del ejército israelí, telefónicas incluso y antes de los ataques para que se evacuen áreas que son objetivos militares, muchas veces se hace caso omiso del peligro inminente. En Gaza los habitantes no tienen refugios antiaéreos y es probable que tampoco sirenas que avisen de un ataque. Es por eso que las víctimas civiles fatales ya suman más de 200 entre los palestinos y sólo una del lado israelí.

Esta desproporción y la subsiguiente consecuencia en pérdidas de vidas humanas palestinas ubican a Israel con la peor imagen ante la opinión pública internacional, que naturalmente se identifica con el más débil. No importa el origen del conflicto, sus autores, su historia, sus ramificaciones ni justificación. Una imagen de un bombardeo israelí en Gaza con niños muertos vale más que mil palabras y explicaciones, aunque no pase lo mismo con las barbaridades que desde hace varios años se ven en la guerra civil siria o en Irak, donde la matanza de civiles, también mujeres y chicos, es imparable y ya parece que no preocupa a nadie.

¿Cómo parar esta ola de violencia que no derivará en otra cosa que más violencia y en la inmoralidad de más niños palestinos muertos? ¿Cómo hacer para que Hamas frene el lanzamiento de cohetes e Israel deje de atacar por aire y tierra?

Con grupos islámicos radicalizados que aspiran a eliminar a Israel del mapa o colonos judíos ultrarreligiosos (que poco aportan a la sociedad israelí) que consideran tener derecho divino para ocupar suelo palestino, no parece una tarea fácil. Y así lo demuestran todos los intentos fallidos anteriores que buscaron una solución pacífica.

Siempre sobrevuela la idea, sustentada en los hechos, que los grupos fanáticos y de extrema derecha de uno y otro lado reaccionan violentamente cuando se abre alguna posibilidad de negociación. El crónico conflicto les es funcional a mantener un status quo que los favorece, sea Hamas para perdurar en el poder en Gaza o los colonos judíos asentados en medio de poblaciones árabes. A nadie de estos sectores les favorecería una salida negociada y cuando asoma una posibilidad de distensión comienzan a arreciar los cohetes desde Gaza para que Israel defienda a su población con ataques aéreos, en una guerra de desgaste inacabable.

Israel, tal vez, perdió estos años la gran posibilidad de negociar con el sector palestino moderado de Abbas una salida pacífica en Cisjordania y así aislar políticamente al grupo radicalizado de Hamas en Gaza, con quien es imposible acordar una pauta racional de salida global al conflicto.

Pero para ello, y con razón, Abbas, desde Cisjordania, venía reclamando el desmantelamiento o al menos el congelamiento de las construcciones israelíes en su suelo, cosa que el gobierno de Netanyahu y Lieberman no estuvieron dispuestos a conceder o lo hicieron muy parcialmente pero nunca como una política de Estado.

Sólo una muerte palestina o israelí es condenable, repudiable. Pero ya van miles y miles de historias truncadas por la violencia a lo largo de los años. Por ahora, lo que la comunidad internacional debe forzar a las partes es a terminar con las hostilidades, que Israel retire su ofensiva de Gaza y que cesen los lanzamientos de cohetes sobre las ciudades israelíes.

Israel había aceptado el martes un cese al fuego propuesto por Egipto y lo cumplió durante seis horas, pero Hamas siguió disparando misiles, lo que demuestra que la protección de los civiles palestinos en Gaza es un tema secundario para sus líderes.

En un crónico conflicto que lleva generaciones el alto al fuego cruzado es hoy el objetivo de mínima. Más, por ahora, es mucho pedir.

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