Edición Impresa
Domingo 31 de Agosto de 2014

Fuego contra el fuego

La realidad argentina expone varios focos de complicaciones. Focos de "fuego" socioeconómico, para graficarlos. El gobierno nacional ha tomado la decisión de combatirlos con más fuego.

La realidad argentina expone varios focos de complicaciones. Focos de "fuego" socioeconómico, para graficarlos. El gobierno nacional ha tomado la decisión de combatirlos con más fuego. No hay un solo funcionario con capacidad de decisión de la administración K que, en privado, no reconozca que la recesión ha pegado más fuerte de lo que se creía en este 2014 aunque se vea obligado a disimularlo cuando se le acerca un micrófono. Un ministro fue gráfico con este cronista cuando contó la estrategia al respecto. "Nos subimos otra vez a la montaña rusa para el 2015". Las suspensiones de miles de trabajadores, el "parate" en las ventas con una inflación difícil hasta de estimar y, sobre todo, el temor generalizado a perder la fuente laboral han conformado un escenario que preocupa.

La presidenta ordenó olvidar todo tono de concertación o acuerdo y prefirió redoblar la instancia de enfrentamiento y dogmatización de su modelo. Lo hizo cuando aceptó la mirada del ministro Axel Kicillof que describe estas preocupaciones como la derivación de una confabulación internacional y vernácula para minar un proceso que se cree histórico. La culpa de todo, como el infierno sartreano, procede de la mirada ajena. El muy formado titular de Hacienda siente un destino adánico. Cree que el modo de pensar y ejecutar la economía encarnado en estos 12 años representa un comienzo iniciático que quedará en los libros que testimonien estos tiempos. El pasado merece apenas el desprecio. Pero no sólo cree que esto estará en los escritos argentinos, sino también en la historia universal. Si no, no se explica el tono que utiliza cada vez que arremete con la situación de los fondos buitre y en las admoniciones que reparte al juez Griesa (muchas justificadas, por cierto), a las Naciones Unidas, al sistema jurídico institucional de los Estados Unidos de Norteamérica y a cuanto pensamiento ose recordar que la tardanza y desidia en abordar este tema (torpeza enteramente kirchnerista) agravaron una situación que fue heredada.

El gobierno ha decidido que se prefiere solo antes que acompañado por los que lo critican. No admite espacio ni para la respetuosa y constructiva disidencia. Literalmente se encapsuló en sí mismo. Es preocupante, por ejemplo, que nadie haya salido a desautorizar al diputado oficialista Edgardo Depetri que dijo que los mismos que convocaron al escuálido paro del jueves pasado son los que organizan saqueos para diciembre. Si juega con fuego dialéctico es un irresponsable. Si sabe algo, se espera que vaya a la Justicia a denunciarlo o que un fiscal sin tanto afecto por su escritorio lo convoque mañana a primera hora. Claro que hay algunos (pocos y los de siempre) que desearían no ver llegar hasta el 10 de diciembre de 2015 a Cristina. Lo dijo con todas sus torpes letras Luis Barrionuevo, que pasa de irrespetuoso a la institucionalidad a chistoso de poca monta cuando asegura que "se da piquitos" con Hugo Moyano. Pero la realidad de un bolsillo trabajador golpeado fuertemente por la inflación, por un regresivo impuesto a las ganancias y por un endurecimiento de las condiciones laborales es incontrastable. Depetri debería saber que está en la Constitución nacional que él juró cuando asumió la banca de Néstor Kirchner el derecho a peticionar ante las autoridades. El kirchnerismo debería recordar que es (o fue) una expresión del peronismo que levantó siempre la bandera de la justicia social y que, hoy, está a media asta.

Empresarios que hasta hace poco aplaudían obedientes (muy obedientes) en la Casa Rosada se apuran por decir que la cosa así no va. ¿Alguien imaginaba ver a Cristiano Ratazzi o a Carlos De la Vega, por citar dos ejemplos emblemáticos, decir que el gobierno no entiende el rumbo? ¿No era irracional unos pocos días atrás escuchar al presidente de la Bolsa de Buenos Aires Adelmo Gabbi decir que jamás fue kirchnerista, resaltando la expresión "jamás"? Es cierto que cuando se haga el juicio de residencia de la memoria colectiva que ayude a entender el juego de trapecios y saltimbanquis de algunos, la cosa quedará saldada con los hechos y no con las palabras. Pero estas conductas muestran el tono de la crisis sobrevenida a 16 meses del fin del mandato de la presidenta Fernández. No alcanza con invocar la disparatada ley de abastecimiento impulsada por el kirchernismo para que algunos hayan recuperado su voz. A menos que se defienda el egoísmo a ultranza de solo defender el bolsillo propio.

Es impactante el desconcierto que genera esta misma crisis en las filas de la oposición. El Frente Amplio Unen puso a la luz que carece de amalgama seria para serlo. Hay radicales que miran con afecto a Mauricio Macri, otros que lo aborrecen, socialistas que reivindican a Adam Smith y está Elisa Carrió. "Carrió es Carrió", dijo con tautológica sinceridad el presidente de la UCR Ernesto Sanz, que no puede explicar cómo se es aliado de alguien que los ningunea o los desprecia todo el tiempo. El peronismo no K se olvida de asistir a la sesión que amplía el derecho a jubilarse de miles de argentinos (imperdonable indisposición de Sergio Massa) y el macrismo se pronuncia con sinceridad en contra de todo lo que implique sostener al Estado regulando el piso básico de necesidades satisfechas.

Sin embargo, la responsabilidad mayor de conducir estos meses en paz, sin incremento de alteraciones y con una propuesta de solución que no embrete a sus sucesores es del gobierno de Cristina Kirchner. Y, a decir verdad, esta gestión no parece hacerlo. Hasta se diría que se deleita con un escenario de conflicto y enfrentamientos del que cosechó en 2003 o en la crisis del campo. Habría que avisarles a estos estrategas (apenas dos o tres que pueden contar con el oído presidencial) que el destino del país es mucho más importante que su egocéntrico deseo de sufragios y que la ley fundamental dice que el tiempo constitucional de su mandato se agota en poco más de un año. Como debe ser en una República que respeta la alternancia y periodicidad de los mandatos. Salvo que se defienda otro tipo de régimen.

Comentarios