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Martes 14 de Julio de 2009

Fútbol e intolerancia

A través de los juegos es posible, a veces, conocer la verdadera personalidad de las personas. Si esta observación se hace extensible a toda la sociedad también se podría inferir, a través de las conductas masivas en el fútbol, cómo son los comportamientos de los pueblos...

A través de los juegos es posible, a veces, conocer la verdadera personalidad de las personas. Si esta observación se hace extensible a toda la sociedad también se podría inferir, a través de las conductas masivas en el fútbol, cómo son los comportamientos de los pueblos.

Lo que ha sucedido, y permanecerá al menos un año más, con la posibilidad del descenso de uno de los equipos de la ciudad a una categoría inferior del fútbol es el fiel reflejo de los argentinos: la intolerancia a la frustración. ¿Por qué es inadmisible para un hincha o dirigente de fútbol que su equipo juegue alguna o varias temporadas en un circuito de menor jerarquía? ¿Sería tan profunda y definitiva esa herida narcisista? Sí, resultaría intolerable, como también lo es perder ante el clásico rival. Por eso, al terminar cada partido, simpatizantes de uno u otro equipo expresan su ira destruyendo con piedras todo lo que se interpone en el camino. Este sentimiento y modalidad es aplicable a todos los equipos de fútbol, cuyos hinchas no toleran un resultado adverso y, con frecuencia, generan disturbios con sus secuelas de heridos y muertos.

Miguel Russo, el renunciante técnico de Central que se caracteriza por su seriedad y declaraciones equilibradas, dijo apenas terminó el partido contra Belgrano que “en esta ciudad no se puede ir al descenso”. ¿Por qué, si ya ha ocurrido alguna vez con los dos equipos de primera? Y la vida continuó.
Néstor Kirchner, salvando las distancias, también había dicho que si perdía las elecciones del 28 de junio la Argentina volvería al caos del 2001. Es que en la política, una instancia de un pretendido mayor nivel intelectual, ocurren situaciones similares al fútbol: los que no ganan las elecciones pocas veces pueden admitir, de buen grado, que la renovación es saludable y que perder también forma parte de la vida institucional de un país. De alguna manera tampoco toleran la frustración de la derrota y muchas veces los dirigentes, no sólo políticos, han producido a lo largo de la historia situaciones aún peores que los fanáticos de un club de fútbol.

El comportamiento de los hinchas, de algunos jugadores, técnicos y dirigentes de fútbol es el espejo de buena parte de la sociedad argentina y sus líderes, caracterizados por la intolerancia ante la adversidad y cargados de un exitismo narcotizante.

 

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