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Jueves 25 de Junio de 2015

Fronteras

Las casonas señoriales con sus alarmas, rejas y jardines se alternan con viviendas modestas, de frentes despintados.

Wilde tiene algo equivocadamente fronterizo. Sobre todo si uno se para en la rotonda y adivina, hacia el oeste, el tramo en que la avenida Eva Perón se transforma en ruta y se aleja hacia Funes. Tiene algo equivocadamente fronterizo porque parece marcar una división que no es tal; algo que termina y otra cosa diferente que inicia al otro lado de la línea imaginaria.
A veces me gusta caminar sus veredas irregulares y solitarias en las últimas horas de la tarde, cuando el sol se desgaja entre las copas de los árboles que bordean el Jockey y se aquieta el ir y venir de camiones del Mercado.
A la mañana es otra cosa, sobre todo hacia el lado de Mendoza. Desde antes del amanecer, el rugido de camiones que entran y salen del Mercado de Concentración y su paso trepidante por el bulevar se instalan como un rumor de fondo. El asfalto emparchado guarda las huellas de ese tránsito continuo, y en el paisaje sobreviven marcas de otros tiempos. A veces, cuando vuelvo en la K y me bajo en la rotonda de Mendoza y Wilde, paso frente la as ruinas de una antigua parrilla y comedor con aspecto de parador de ruta. Tiene un toldo de chapa que se estira hasta la calle, afirmado por adoquines y ladrillos para evitar los embates del viento, y un cartel corroído en el que el óxido se comió algunas letras. Me gusta imaginar sus años de esplendor. O, por lo menos, el tiempo en que la gente se refugiaba del sol bajo ese toldo de chapa para comer algo al paso. Al lado, unas cubiertas apiladas —con la infaltable cubierta puesta en forma vertical, con letras pintadas en blanco al borde de la vereda— señalan la presencia de una gomería.
Me gusta caminar los barrios a los que voy a parar. Es mi forma mínima, siempre insuficiente, de romper con cierta inevitable sensación de ajenidad. Por diferentes circunstancias me pasé la vida yendo de un lugar a otro sin salir nunca de la ciudad y perdí el concepto de barrio por el camino. Unos años frente al parque Independencia, otros en la zona de Jujuy y Dorrego, más tarde a Bella Vista. Después me fui para Alberdi. La separación me empujó primero a Echesortu y más tarde a Fisherton. Dejé un departamento de un dormitorio y me vine a Fisherton para tener más espacio: un dormitorio para mis hijos cuando se quedan a dormir, y un escritorio para mí que a veces persigo la escritura como algunos persiguen la felicidad —y justo alquilé una casa sobre calle Wilde sin saber que un siglo atrás el tipo le decía a Miguel Cané que estaba bien, relativamente bien, pero que sólo estaría feliz cuando se dedicara a escribir novelas—. Pero lo más parecido a un concepto de barrio que me queda son aquellos años en calle Jujuy y los amigos que todavía conservo. Suena absurdo, lo sé: ni siquiera entonces era un barrio. Cuando alguien me preguntaba dónde vivía —o cuando llamábamos a la radio: en esa época todavía llamábamos a la radio para pedir un tema o dejar un mensaje y decir Pablo, de Echesortu; Martín, de Triángulo; Alejandro, de Tiro Suizo; Diego, de Rucci— yo tenía que decir “del centro”. Yo quería decir otra cosa, pero tenía que decir “del centro” y parecer un careta. Pero todavía estaban los paredones y los trenes cruzando Wheelwright, y la apertura al río era tan inimaginable como la proliferación de edificios, y en ese entonces eso se parecía a un barrio.
Después sí fui a parar a barrios. Pero para entonces yo ya salía a trabajar a la mañana temprano y volvía a última hora de la tarde, y el barrio no era más que el marco en el que se encontraba mi casa, la referencia ineludible que tenía que dar para orientar a los demás. Era el barrio de los otros. El barrio nunca es el lugar donde uno vive, sino aquel en que creció.
La zona en que hoy vivo tiene altos contrastes. Incluso en áreas reducidas, en caminatas breves que no se extiendan hasta la opulencia de la zona residencial. La actividad febril sobre la avenida Eva Perón —con sus vidrieras continuadas y la saturación visual de marquesinas y carteles— se diluye por completo en las cuadras interiores, dándoles paso a veredas verdes y calmas y fachadas residenciales que muy de vez en cuando le ceden lugar a un kiosco o almacén. La agitación diurna de Wilde se transforma en desolación desértica en la madrugada. Las casonas señoriales con sus alarmas, rejas y jardines se alternan con viviendas modestas, de frentes despintados o eternamente inconclusos, con zanjas abiertas y reposeras que se sacan a la vereda en las tardes de calor.
A mí me basta con salir a la puerta y cruzar la frontera del bulevar. Si elijo la derecha, me adentro en la geografía particular de esa especie de pequeño barrio dentro del barrio que se forma alrededor de las calles Joaquín Lagos y Tucumán, un óvalo sin salida que indefectiblemente te devuelve a calle Wilde. Hay una garita de vigilancia en la primera esquina. Las casas tienen jardines cuidados, techos con tejas, carteles de alarma ADT, autos nuevos asomando en las cocheras. Si tomo hacia la izquierda, en cambio, y me adentro por el Camino de las Carretas —la continuación de Urquiza al oeste de Wilde, que pasa por detrás del Jockey y se extiende casi hasta el arroyo Ludueña—, el paisaje no tarda en cambiar. De un lado está el paredón interminable detrás del que se asoma una hilera de pinos y los tejados; del otro las veredas de tierra, la zanja amplia, las casas despintadas o sin terminar, los alambrados divisorios, algún caballo que pasta, la basura acumulada entre los pastizales, los carros que nunca se ven del otro lado del muro, las huellas de una realidad no tan benévola en cada esquina.
El bulevar tiene algo equivocadamente fronterizo porque parece marcar una división que no es tal.
El muro no.
Me queda mucho por recorrer. Yo observo, sigo caminando el barrio, trato de apropiármelo de algún modo. A lo mejor escribirlo sea una de las tantas formas. A lo mejor escribirlo sea mi modo particular, extravagante, inútil, de tratar de entenderlo y pertenecer.

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