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Domingo 25 de Octubre de 2015

Fin de ciclo

La herencia. Con la economía y la inseguridad como mayores desafíos, el próximo presidente asumirá además en medio de una marcada intolerancia al pensamiento diverso. Gane quien gane las elecciones, la Argentina inicia hoy un cambio.

Sea cual sea el resultado de hoy, la Argentina inicia un cambio. Le pese a quien le pese, hoy finaliza un ciclo. Y no se habla de la obvia nueva nómina de funcionarios nacionales que asumirá el 10 de diciembre sino que se alude a la conclusión lisa y llana del concepto que alguna vez se soñó en estos 12 años de gestión kirchnerista de tener todo el poder por todo el tiempo.

La presidente y su esposo soñaron con una alternancia entre ellos, nada republicana, apenas filtrada desde el cristal de su propia sangre. Jamás creyeron que la incógnita de la existencia humana pudiera truncar ese deseo tan rápidamente. Por eso no hay sucesión del kirchnerismo químicamente puro. Por eso, ni esa envidiable voluntad voraz por el poder, pudo con el calendario.

Con claridad, Mauricio Macri y Sergio Massa no representan los ideales de este concepto de eternidad. Y, con algo de duda pero bastante de convicción, Daniel Scioli tampoco. El gobernador de la provincia de la provincia de Buenos Aires es la herencia apenas posible de los K con tanto beneficio de inventario como el que se les impone a los parientes no queridos. Las acciones de Scioli respecto de “enemigos del modelo”, coqueteando en algunos casos o acordando en otros (incluso con ejes del mal del periodismo que parecen ya haber bendecido al ex motonauta), más las omisiones de reacción ante tanta humillación sufrida para alcanzar su deseo de disputar el sillón de Rivadavia, lo colocan en el terreno de los desconfiables para el paladar santacruceño.

Sin embargo, lo que importa a la luz de estos comicios es un puñado de desafíos de convivencia republicana que deberá afrontar quien los gane. No se pretende aquí un balance de los gobiernos que culminan. Eso será motivo de otra tarea. Hay allí para ponderar. Pero de lo que ahora se habla es de un par de cuestiones que se consideran centrales a la hora de pensar el 10 de diciembre de 2015.

Descontando que la cuestión económica (inflación, inversiones, reactivación laboral, etc.) y la de la inseguridad galopante son de un inmediato clamor, el nuevo presidente llegará al poder en un clima de inusitada intolerancia al pensamiento diverso. Quizá esa sea la herencia cultural negativa que dejan los 12 años de gestión kirchnerista. Nacida a la luz de la necesidad de construir poder por parte de un presidente que apenas superaba el 20 por ciento de los votos en 2003, la no aceptación del opinar distinto fue creciendo de la mano de una estrategia deliberada, corregida y aumentada por Cristina Fernández. Si esto se pudiera enunciar como eslogan, debería decirse que el concepto de estos tiempos es “estás conmigo en todo o estás con el enemigo para siempre”.

La discusión con el campo, con los periodistas, con los años 90, con los fondos buitre, con los Estados Unidos de Norteamérica y tantas más, dogmatizaron los criterios al punto de poner estos temas en el área religiosa. Allí no hay grises ni mucho menos argumentaciones racionales. Hay verdades reveladas que se recitan como el padrenuestro y se toman anunciadas ex cátedra por quien conduce. ¿Si en los 90 anatematizados se fue privatista y compañeros del líder de pizza con champagne? No importa. ¿Si fue un error expulsar a los que en 2003 eran aliados y apenas disintieron? Debilidad inadmisible. Porque lo que yo hoy digo es, fue y, sobre todo, construye el futuro. Tres períodos constitucionales del poder se despiden en medio de una revolución relatada que no trepida en atropellar y negar las evidencias más obvias.

Esta intolerancia cultural conlleva, sin dudas, el avasallamiento de todo tipo de control institucional. Segunda herencia de estos tiempos. La ley, los organismos que la aplican y velan por su control, son meros obstáculos para aquel relato pretendidamente revolucionario. Piedras innecesarias y molestas que deben cubrirse por el asfalto iluminado de la idea que no admite discusiones. El discurso intenta (con éxito, en muchos casos) hacer creer que los códigos son lentos, los jueces aristocráticos (claro que los hay) y destituyentes y que rendir cuentas ante los organismos de control independientes es un gastadero de tiempo que se salda con los resultados de las elecciones. Ahí está, quizá, la mayor trampa. Si se ganan los comicios como los de hoy, no hay más que decir. La prepotencia de las mayorías de las urnas da derecho a prescindir de todo otro control distinto que no sea la expresión popular de un domingo como el nuestro. ¿División de poderes, publicidad de los actos de gobierno, alternancia del poder, respeto de las minorías, legalidad de los actos? Todas chicanas de los que no ganan elecciones, se explica. ¿Montesquieu, Carré de Malberg y sus seguidores? Republicanistas liberales pasados de moda en tiempo de populismos mayoritarios. Las autodenominadas transparencias y democratización judicial, los intentos de “limpieza” en la Corte suprema, el copamiento de Ministerios públicos de la acusación y la defensa, la desaparición virtual de la fiscalía nacional de investigaciones administrativas (¿alguien recuerda al ejemplar Ricardo Molinas?) o la cooptación de sindicaturas de Estado son el modo de eliminar controles “molestos”. La propia presidente saliente se horrorizó públicamente en un acto en la ciudad de Rosario porque un juez, lapicera y código mediante, podía despachar una medida cautelar ante su convicción primaria de la ilegalidad presunta de un acto de gobierno.

Estos son dos de los desafíos más de fondo que el presidente que emerja hoy de las elecciones enfrentará. O, seamos justos, hoy o el 22 de noviembre. Porque si hay segunda vuelta electoral se demostraría que los deseos de hegemonías totales siguen siendo un delirio. Si se disputa el doble turno de los votos, el sacudón de realidad para el que venga sería más fuerte.

En cualquier caso, es de celebrarse un nuevo recambio constitucional a través de los mecanismos previstos por la Carta Magna. ¿Habrá que discutir a futuro algunas cuestiones como este insólito ballottage acordado por Carlos Menem y Raúl Alfonsín de 45 por ciento o 40 con un 10 de diferencia? Claro. ¿Se puede seguir tolerando que hoy haya provincias con 180 opciones en colectoras, lemas y semejantes? De ninguna manera. Pero hay algo indubitable en estas horas: se vuelve a votar, se terminan mandatos que nunca pudieron pensarse eternos y se abre la esperanza de que quien llegue lo haga sentado en un sillón republicano y no en un trono religioso autopercibido como todopoderoso, indiscutido y, por ende, con rasgos de megalomanía poco democrática.

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