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Sábado 25 de Junio de 2011

Filosofía para chicos o un debate para dar en el aula

La escuela puede ser un buen lugar para que los niños y niñas exploren en sus pensamientos

¿En qué estamos pensando cuando hablamos de construcción de la subjetividad en los niños? Para abordar esta pregunta, voy a situarme no en mi rol de educador, sino de padre. Tengo una niña de 6 años, y un niño de 10. Obviamente, más allá de los contenidos que explícitamente les enseñan en la escuela, ellos aprenden también otras cosas. Agostina aprendió a leer minúsculas, sin que nadie se lo enseñe; Julián, a manejar algunos programas de computación sin que el profesor se enterara. Pero, además, también fueron adquiriendo maneras de relacionarse con los demás, modos de pensar —y juzgar— sus propias capacidades, formas de posicionarse ante los conflictos que ellos o los otros generan. ¿Quién les enseñó eso?

En algunas de sus reacciones puedo reconocer “claramente” rasgos de mis padres o de los de la familia de mi esposa. Algunas otras cosas son, claro, las que en casa machacamos insistentemente. Pero, ¿y las otras?

Cuando hablamos de “subjetividad infantil” nos referimos al modo de ser que van construyendo los chicos cotidianamente. Parte de ese modo de ser fluctúa, pero otra se afianza con el tiempo. Se trata de un componente clave en la vida de cualquier ser humano, porque todo lo que se haga o se deje de hacer partirá de allí, de esa subjetividad. De ahí que Sócrates, allá en los confines temporales de la filosofía, les dijera incansablemente a sus conciudadanos: “Conócete a tí mismo”; “ocúpate de tí mismo”. No se trataba de que los atenienses dejaran de lado sus oficios y se dedicaran exclusivamente a la filosofía. Lo que él les decía era que primero debían ocuparse de su subjetividad, para luego desarrollar cualquier actividad. Porque si lograban construir una subjetividad éticamente buena, políticamente justa, cualquier actividad que desarrollaran luego iba a estar marcada por esa impronta. Hicieran lo que hicieran, iban a ser buenos ciudadanos.

¿Quién se ocupa hoy de la construcción de la subjetividad infantil? La respuesta a esta pregunta es compleja y extensa. Mencionemos algunas puntas que, sin dudas, merecen una exploración mayor que la que aquí desarrollaremos.

Como sostuvimos anteriormente, un lugar en el que se construye la subjetividad es la casa. Entendida ésta en un sentido amplio, que puede incluir varias casas concretas si se trata de una familia compleja. También los medios de comunicación construyen la subjetividad infantil. Uno de los puntos más relevantes en los últimos años ha sido la construcción de los chicos como sujetos de consumo. No es casualidad que cada vez más productos que no son, en principio, para chicos dirijan sus publicidades a ellos. En muchos casos, el consumo familiar es orientado por los chicos; son ellos los que conducen los carritos en el supermercado. Un caso particular dentro de las tecnologías de comunicación es el de los celulares y las computadoras. Si pensamos en la construcción de subjetividad debemos detenernos no tanto en qué pueden hacer los chicos con ellos, sino en qué hacen las tecnologías de comunicación con los chicos. ¿Cómo afecta el modo de ser de los chicos el hecho de pasarse horas concentrados en jueguitos de computadora? ¿Cómo los afecta la producción casi incesante de mensajes de texto que hacen circular?

Estrategias. Llegamos, finalmente, al ámbito que aquí más nos interesa: la escuela. En la escuela los chicos pasan buena parte de su día —en algunos casos, más que en su casa— y, además, pasan la mejor parte del día en cuanto a lucidez e interrelación con pares. Allí se construye la subjetividad. Pero, ¿quién orienta esa construcción? Lo más usual es que la construcción del “modo de ser” acontezca de modo imperceptible. Los chicos “van haciendo” una personalidad. Es allí donde algunos docentes y formadores de docentes sugerimos abrir un espacio para la filosofía. Esto es: que los chicos tengan un lugar y un tiempo específico dentro de la vida cotidiana del aula para explorar su propio pensamiento; para analizar su comportamiento, sus expectativas, sus anhelos; para crear con sus pares hipótesis acerca del mundo en que viven y del que quieren construir en el futuro. Con estrategias pedagógicas específicas, con herramientas diseñadas especialmente para este trabajo. Con docentes que tengan elementos para intervenir en el trabajo de los chicos provocándolos, “aguijoneándolos” para que planteen y afronten sus propias inquietudes. Como lo planteaba Sócrates —el viejo “tábano” de Atenas— pero en la escuela y comenzando desde pequeños.

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