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Domingo 18 de Octubre de 2009

Fiesta

Un mastodonte opulento y una canción. Fuimos a cubrir la fiesta de inauguración del casino junto con dos compañeros de fotografía de La Capital. Llegamos cuando era de día y las luces y el brillo aún no resaltaban su magnitud. No era necesario: la estructura del complejo se impone por sí misma, es como una catedral gris rodeada de palmeras y florcitas que se viene encima de uno en medio de la chata zona sur, una de las más pobres y castigadas de la ciudad.

Un mastodonte opulento y una canción. Fuimos a cubrir la fiesta de inauguración del casino junto con dos compañeros de fotografía de La Capital. Llegamos cuando era de día y las luces y el brillo aún no resaltaban su magnitud. No era necesario: la estructura del complejo se impone por sí misma, es como una catedral gris rodeada de palmeras y florcitas que se viene encima de uno en medio de la chata zona sur, una de las más pobres y castigadas de la ciudad. Tras esa mirada me acordé por primera vez de la canción de Serrat y la empecé a tararear para mis adentros durante toda la jornada.

"Gloria a Dios en las alturas recogieron las basuras de mi calle ayer a oscuras y hoy sembrada de bombillas. Y colgaron de un cordel de esquina a esquina un cartel y banderas de papel, verdes, rojas y amarillas...".

Recorrimos con mis compañeros el complejo lo más que pudimos, todo lo que nos permitió el delirio del público. Los contrastes son inevitables: el bonsai del baño del coqueto restaurante del hotel 5 estrellas, los difíciles nombres de sus manjares, los carísimos vinos, los mármoles... nada impide mirar a través de los inmensos ventanales y ver las modestas casas del barrio Las Flores donde a los vecinos aún se les inundan las calles o conviven entre yuyales y las zanjas. Una desigualdad que, en verdad, no inauguró el casino en esta ciudad, que puede palparse también en el noroeste, donde ya una decena de barrios cerrados se pavonean ante los ojos de los residentes de otra decena de villas.

"Y al darles el sol la espalda revolotean las faldas bajo un manto de guirnaldas para que el cielo no vea, en la noche de San Juan, cómo comparten su pan, su mujer y su gabán, gentes de cien mil raleas".

Pero esa noche nadie hablaba allí de injusticas, ni de las obscenidades de la riqueza. Bandadas de mujeres, celulares en mano y cargadas de misticismo, llegaban antes que fotógrafos y camarógrafos junto a Susana. Codazos, pisotones, apretujones. Si hasta la pobre Estela Raval quedó dando vueltas como una perinola en medio del gentío ante el rimbombante ingreso de la diva. En rigor, su entrada era lo único que importaba: ni otras figuras promocionadas, ni la presencia o ausencia de funcionarios, ni los directivos que quedaron relegados como verdaderos Susanos eran tan imprescindibles.

"Apurad que allí os espero si queréis venir pues cae la noche y ya se van nuestras miserias a dormir. Vamos subiendo la cuesta que arriba mi calle se vistió de fiesta".

La platinada señora de la TV estaba "impecable", "joven", "flaca", "divina", según los exaltados comentarios femeninos. Una vez más no importó que Susana ni siquiera supiera cómo dar vueltas la ruleta (lo preguntó varias veces antes de hacer girar la primera bola). A ella se le perdona todo. Es "tan espontánea" y "fresca", según sus fans, que se le perdona todo: los olvidos, los errores, el esconder un Mercedes importado en la estancia de Roviralta (hecho por la que fue procesada por encubrimiento de contrabando), que opine que "el que mata tiene que morir" o diga sin más "termínenla con los derechos humanos y esas estupideces". Todo se le perdona.

"Hoy el noble y el villano, el prohombre y el gusano bailan y se dan la mano sin importarles la facha. Juntos los encuentra el sol a la sombra de un farol empapados en alcohol magreando a una muchacha".

Esa noche nada importó. Más de uno se calzó las mejores galas, se perfumó, dio la vida por un sandwich o un canapé, se tomó hasta el agua de los floreros, merodeó entre las fuentes iluminadas y maquinitas y hasta probó suerte. Es que era una noche tan especial que hasta un varón ilusionado y convencido repitió al pasar la célebre frase de "billetera mata a galán". No importaba el día después, era una noche de fiesta. "Para problemas, hay tiempo; vivimos siempre entre los problemas, hoy vengo a divertirme", se consoló Catalina, una vecina del barrio quien ingresó entusiasmada al casino del brazo de dos amigas.

Creo que tenía razón: si a Susana se le perdona todo...

"Y con la resaca a cuestas vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el rico a su riqueza y el señor cura a sus misas. Se despertó el bien y el mal, la zorra pobre al portal, la zorra rica al rosal, y el avaro a las divisas. Se acabó, el sol nos dice que llegó el final, por una noche se olvidó que cada uno es cada cual".

Eso sí, ya pasaron los 45 años de peleas, los vaticinios demoníacos de la Iglesia y la Liga de la Decencia, los anuncios y promesas de políticos, los negocios y negociados, las divisiones a favor y en contra del juego y la estética del complejo, las obras; ya terminaron los sueños de una noche. Muchos auguraron reactivación y más trabajo: bienestar. Que así sea.

"Vamos bajando la cuesta que arriba en mi calle se acabó la fiesta".

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