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Domingo 16 de Octubre de 2016

¡Feliz cumpleaños, Wells!

El 21 de septiembre se cumplieron 150 años del nacimiento de Herbert George Wells, uno de los más populares escritores de habla inglesa y padre, junto a Julio Verne, de la ciencia ficción moderna.

A diferencia de otras variantes del género fantástico, en la ciencia ficción se trata de que los textos tengan cierta justificación científica. Que sean, si no reales, por lo menos verosímiles y no simples fantasías arbitrarias y caprichosas.

Los relatos de Wells cumplen muy bien esta condición. En La máquina del tiempo, por ejemplo, el protagonista dice que el tiempo es una dimensión más del espacio, como el largo y el alto, y que, por lo tanto, deberíamos poder viajar al pasado o al futuro como lo hacemos hacia un lado o hacia el otro en el espacio. En La guerra de los mundos, el narrador explica que los marcianos no habían desarrollado defensas contra los microorganismos terrestres y por eso mueren, víctima de infecciones.

Celebremos el cumpleaños de Wells analizando otros de sus relatos (conocidos y no tan conocidos) y sus respectivos contenidos científicos.

Cuestión de peso

La verdad acerca de Pyecraft es la historia de un hombre muy obeso (el Pyecraft del título), obsesionado por su peso. A través de un amigo consigue una antigua receta hindú para adelgazar. Y da resultado, pero no como él esperaba: pierde todo su peso, sí, pero sigue siendo gordo. Cuando su amigo lo va a visitar lo encuentra, gordo como siempre, flotando como un globo contra el techo de su habitación.

Para mantenerse en tierra, el protagonista decide usar zapatos con suela de plomo, láminas de plomo cosidas a la ropa y, para mayor seguridad, llevar siempre una valija con barras de plomo.

En el espíritu de la ciencia ficción podemos analizar la verosimilitud de este relato. De la receta no podemos decir nada porque el texto no dice demasiado de ella. Pero ¿qué le pasaría a un hombre que, como Pyecraft, "no pesara nada"?

Un globo de helio, por ejemplo, flota porque pesa menos que el empuje que recibe del aire, de la misma manera que un barco flota porque pesa menos que el empuje que recibe del agua. Y Pyecraft flota porque pesa menos (de hecho, no pesa nada) que el empuje que recibe del aire.

Pero, aunque Pyecraft no pese nada, su ropa, sus zapatos y las pertenencias que lleva consigo, sí pesan. Si suponemos que Pyecraft pesara, antes de perder todo su peso, 250 kilogramos, el principio de Arquímedes nos permite calcular que recibiría del aire un empuje de unos 350 gramos. Ese empuje no sería suficiente para hacerlo flotar, porque su ropa, sus zapatos y todo lo que lleva encima pesarían más de 350 gramos.

Un Pyecraft razonablemente equipado tendría una cierta inestabilidad moviéndose en esas condiciones. Pero no necesitaría el excesivo lastre que se indica en el relato.

Transparente

El hombre invisible es una de las novelas más conocidas de Wells. Su protagonista, un estudiante de medicina llamado Griffin, descubre un método para volverse invisible y pretende instaurar un reinado del terror desde la impunidad que le daría su invisibilidad. El autor dedica todo un capítulo (adecuadamente titulado "Algunos principios importantes") a explicar cómo sería posible que una persona se vuelva transparente. En pocas palabras, el método consiste en hacer que su cuerpo (la carne, los huesos, la sangre) se vuelva tan transparente como el aire. En esas condiciones, la persona sería tan invisible como una puerta de vidrio perfectamente limpia. Sería, como dice el protagonista "casi tan invisible como un chorro de metano o de hidrógeno lo es en el aire. Y exactamente por la misma razón".

El razonamiento parece correcto, pero tiene un fallo: un ser completamente transparente no podría ver. Nuestros ojos absorben parte de la luz que llega a ellos y por eso podemos ver. Unos ojos perfectamente transparentes dejarían pasar la luz sin interactuar con ella. El hombre invisible sería, de hecho, "el hombre invidente".

Aunque esta dificultad no se menciona en la novela, es posible que el autor estuviera al tanto de ella. Cuando el protagonista termina de someterse al proceso de invisibilidad, quiere comprobar el resultado: “Fui al espejo y no vi nada. ¡Nada! Excepto una pequeña mancha donde debían estar mis ojos”. Esto sugiere que los ojos del hombre invisible no eran completamente transparentes y absorbían suficiente luz como para poder ver. Sin embargo, este detalle no es mencionado en el resto de la novela, donde se da a entender que la invisibilidad era completa.

Detener el tiempo

En la película Clockstoppers un científico inventa un reloj que acelera el funcionamiento del sistema nervioso y los sentidos. El portador de este reloj es capaz de registrar todo lo que sucede a su alrededor con tal velocidad que, en comparación, el mundo exterior parece detenido. Es, de alguna manera, un reloj que “detiene el tiempo”.

La idea de detener el tiempo acelerando la percepción proviene de El nuevo acelerador, un cuento escrito por H. G. Wells en 1901.

En este cuento no hay un reloj sino una droga. Pero el resultado es el mismo: el que la bebe ve incrementada la capacidad de su sistema nervioso como el portador del reloj de Clockstoppers. No solamente se comporta como si el tiempo se detuviera sino que puede moverse a velocidades mil veces mayores que lo normal.

El uso del acelerador tiene ventajas y desventajas. Por un lado, permite hacer muchas cosas en poco tiempo. Por el otro, se corre el riesgo de recibir un golpe mortal al chocar con algún objeto sólido a gran velocidad. Y hay otras cuestiones interesantes que el autor pasa por alto.

Por ejemplo ¿de dónde sale la energía que necesitan los acelerados para moverse a gran velocidad? A mil veces la velocidad normal, la energía consumida es un millón de veces mayor a lo normal. La persona acelerada debería comer enormes cantidades de comida para funcionar a esa velocidad, suponiendo que la digestión también se acelerara.

Otro problema es el de la fuerza. Los acelerados toman objetos y las mueven de aquí para allá a gran velocidad. Eso también requiere de fuerzas enormes. Por ejemplo, para levantar un objeto de un kilo de peso hay que hacer una fuerza mayor a un kilo. ¿Cuánto mayor? Depende de la velocidad a la que se lo quiera levantar. Para levantarlo a un metro de altura en un segundo hay que hacer una fuerza de 1,2 kilos. Para hacerlo en una décima de segundo, hay que hacer una fuerza de 21 kilos. Y, para hacerlo en una milésima de segundo (que es el tiempo sugerido en el cuento), la fuerza sería de doscientas toneladas. Desarrollar esa fuerza no es sólo cuestión de la velocidad del sistema nervioso, los músculos se desgarrarían inevitablemente.

¿Es necesario detenerse en estos detalles? ¿No es mejor relajarse y disfrutar de la prosa de Wells sin cuestionar su ciencia? Puede ser, pero también podemos hacer las dos cosas: disfrutar el relato como tal y, en una segunda lectura, experimentar el placer de discutir y entender una descripción científica. En ciencia o en ficción, Wells siempre puede ofrecernos doble diversión.

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